Una promesa del tenis paralímpico

Yuri Montaño Pulido, Comunicación Social y Periodismo

Esta es la historia de Juan Sebastián Rodríguez, un joven que se alió con su discapacidad para ser tenista profesional.

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Foto: Archivo personal

Nació el 8 de septiembre de 1997 en Bogotá. A su madre, Blanca Leonor, le avisaron a los siete meses de embarazo que su único hijo venía con complicaciones.  

Cuando Blanca dio a luz a Sebastián, el niño nació sin la pierna derecha y con el pie izquierdo torcido; sin un riñón y como por cosas del destino y del Dios que profesa, también fue diagnosticado con escoliosis y con espina bífida, una malformación que alteró el desarrollo de su médula espinal durante la gestación. 

Desde que tiene memoria, Juan Sebastián ha necesitado de una silla de ruedas para desplazarse, pues sus enfermedades no le permitieron caminar. 

Su padre desapareció antes de su llegada al mundo, pero su madre no lo ha abandonado ni un instante desde que nació. Blanca ha sido su apoyo incondicional y el amor que lo inspira a cumplir sus sueños. Es un hijo celoso, y no le agrada la idea de que su madre tenga novio. 

Blanca educó a Sebastián como a un niño común y corriente. Siempre lo instó a valerse por sí mismo, y le enseñó que las limitaciones más que físicas son mentales.  

De pequeño era un niño tímido, pero no porque se sintiera inseguro de sí mismo, sino porque las personas en ocasiones le daban un trato diferente al resto, y esto lo hacía sentirse incómodo. 

Su clase favorita era Educación Física. Siempre ha sido un apasionado por el deporte, y el fútbol le encanta. Cuando estaba en quinto de primaria, su mamá le regaló un baloncito, y lo llevó a clase un día en que el profesor les dejó a él y a sus compañeros jugar lo que quisieron. Él se tiró al suelo y empezó a jugar fútbol como pudo: con los brazos y arrastrándose por el balón. Desde ese día, todos sus compañeros jugaban fútbol a la manera de Sebastián, y terminaban siempre con los uniformes vueltos nada de toda la tierra y la mugre que se les quedaban impregnadas. 

Cuando hacían pruebas de atletismo en la clase, siempre lograba un buen tiempo, y, aunque no corría a la par de los más rápidos, nunca fue el último de la clase. 

El único deporte que no pudo realizar en el colegio fue el salto triple. Cuando lo practicaban en clase, ahí sí le tocaba quedarse mirando. Para mantenerlo ocupado, el profesor lo ponía a llamar lista. 

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Practicó natación durante su infancia. Su sueño era ser uno de los mejores nadadores de Colombia, y no estuvo lejos de lograrlo, pues llegó a entrenar con la selección Bogotá y a perfilarse entre los mejores juniors del país. 

Sin embargo, cambió la natación por el tenis cuando cumplió 15 años, en el 2013. Su mamá lo llevó al tradicional club bogotano de tenis El Campín para que probara el tenis por hobbie; y, aunque acudió escéptico a su primera cita con el deporte blanco, le terminó gustando más que la natación. 

Empezó entrenando solo los fines de semana de manera recreativa. Pero, en ese año, su entrenador hasta el día de hoy, Edgar Alexander Pinzón, lo fichó y lo incorporó a la Corporación Semillas sin Barreras. Allí entrenaba todos los días y hacía de dos a tres horas diarias de preparación física, técnica y táctica. Eso le permitió encaminar su juego hacia la competencia y el alto rendimiento. 

Pinzón lo llevó a su primer torneo profesional, el Colombia Open que se disputa en Cali. En este torneo y como se dice en tenis cuando los jugadores pierden con facilidad, “lo pelaron” y fue eliminado en primera ronda. 

Después del Colombia Open, su carrera subió en picada. Sebastián ascendió rápidamente en el ranking junior de tenis en silla de ruedas y llegó a ser el número 1 de Colombia y 23 del mundo en su etapa juvenil. 

En el 2016 fue convocado a la Selección bogotana de tenis paralímpico y participó en el Barranquilla Open Copa Cediul, en donde se llevó la medalla de oro en la modalidad de dobles y sencillos. 

Uno de los recuerdos más gratos que le ha dejado el tenis es la victoria que obtuvo en dobles en la Copa Guga Kuerten de 2017, en Florianópolis, Brasil; donde el principal organizador y ex número 1 del mundo, Guga Kuerten, le entregó el trofeo de oro. “No todos los días te premia Guga”, dice. “Eso me hizo sentir que iba por buen camino”. 

En el 2018, ingresó a la Selección Colombia. Actualmente es el número 3 de Colombia, después del barranquillero Eliécer Oquendo y del bogotano Manuel Sánchez; y en el ranking mundial ocupa el puesto 172. 

Sebastián tiene 22 años y, del niño tímido que fue algún día, hoy solo queda el recuerdo. Se considera a sí mismo un hombre simpático y, entre risas, dice que, “si no fuera tenista, seguramente sería modelo”. 

El año pasado le amputaron el pie izquierdo porque un virus le estaba carcomiendo el hueso. Pese a que este pie no le servía de mucho, cuando le dieron la noticia de que se lo iban a quitar, no se puso muy contento; pero cuando se percató de que no tendría que comprar más zapatos ni medias se le pasó la nostalgia. 

“Yo entro a una zapatería y agradezco todo lo que me estoy ahorrando”, dice entre las carcajadas que exhala a todo momento. Así asume su realidad Sebastián: riéndose de ella, usándola para su divertimento. No se tiene ni una gota de pesar. 

Como los mejores tenistas, es competitivo. No le gusta perder. Mantiene una comunicación permanente consigo mismo mientras entrena y compite. Se lucha cada bola al estilo de Rafael Nadal, que, según él, se parece al suyo. “Si tuviera que asemejar mi juego al de alguien, seguramente sería al de Rafa. Damos todo hasta el final”, afirma. 

Grita y celebra cada punto que gana con euforia, pero, cuando pierde, no le gusta que nadie se le acerque hasta que logra calmar la ira, el llanto y la impotencia que le producen la derrota. “Puede que pierda, pero hago lo imposible para que el otro juegue incómodo”, dice. 

Vive en la localidad de Bosa y entrena en el Centro de Alto Rendimiento ubicado junto al Parque Simón Bolívar en pleno corazón de Bogotá. Se tarda dos horas de ida y dos de regreso en su trayecto diario. No le importa tener que lidiar con el mal servicio del sistema de transporte, el tumulto de personas y la falta de cordialidad cuando no le ceden el lugar preferencial, con tal de ir a entrenar. 

Cuando le preguntan si para él es más gratificante ganar un torneo famoso como un Grand Slam que coronar un torneo común, dice que todas las victorias las siente igual. “Para mí un torneo grande y uno pequeño son lo mismo”, dice. “El esfuerzo que hago día a día para llegar a ambos es igual”. 

Es cristiano, y, aunque dice que Dios le hizo bullying por dejarlo a medio hacer, Él es su principal baluarte. No le gusta pedirle cosas materiales, solo quiere que le permita cumplir su sueño de marcar un precedente en el tenis en silla de ruedas de Colombia y el mundo, y que los niños que practican este deporte se sientan inspirados por él. “Lo único que le pido a Dios es que no me vaya a morir sin lograr mis sueños en el tenis”. 

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