El Bronx: shopping de las drogas

Daniela Bonilla, Comunicación Social y Periodismo

La historia del director de cine que revivió la vida del Bronx con sus producciones audiovisuales, pero también hizo parte de las 3.500 personas que visitaban el lugar en 2016. 

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Foto: Jefferson García

Parecía un mundo diferente, nadie se imaginaría jamás que tras cruzar ese umbral se encontraba la oscuridad. Era un mundo lleno de mugre, olores fétidos y penetrantes; era un ambiente tenso en medio de una multitud de gente que vivía entre ratas, basura, y sangre. Nadie nunca imaginó que esta dimensión de película de terror desconocida existiera entre nosotros. Se hallaba en pleno centro de la capital colombiana, le llamaban el Bronx, y allí dentro estaba Jefferson Cardoza, que a sus 13 años olvidó el infierno que habitaba y en su lugar, veía mundos fantásticos.  

 

Jefferson nació y creció entre flores y legumbres en la plaza de Paloquemao, la plaza más grande de mercado de Bogotá, un lugar tropical lleno de colores y sabores. Tuvo una infancia feliz. Su madre Silvia Herrera vendía flores, los girasoles más hermosos de todo el lugar: con pétalos bien amarillos, radiantes como el sol. Por eso era tan conocida allí y pudo ofrecerle a Jefferson una buena calidad de vida. 

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Desde pequeño, Jefferson se caracterizó por ser un niño inquieto y avispado. En el colegio le gustaba llamar la atención y armar revueltas, no le gustaba quedarse quieto y por eso a sus 13 años empezó a trabajar en la plaza para ganar su propio dinero. Pero esto significó cambiar gomas, chupetas y barriletes, por moños de marihuana, cripy y corinto.  

 

Estudió en la academia Militar Mariscal Sucre, vestía uniforme militar, pelo rapado y marchaba a diario alrededor de una cancha de futbol. Por fuera, se veía como un niño disciplinado y correcto, pero en su cabeza rondaban pensamientos alocados, amaba la adrenalina y tenía ansias de explorar ese mundo oscuro del que sus compañeros de clase hablaban: “El Bronx”. 

 

“Era un niño inocente, pero fue creciendo y perdiendo aquella inocencia. Era estudioso y trabajador, nunca imaginamos que le llegaran a gustar las drogas”. Estas fueron palabras de su tío Johan, quien siempre solía ser su cómplice, lo escuchaba y lo cubría en sus pilatunas, pero no se imaginó que “el pequeño Jeff” llegara a un punto tan desgarrador, al de la droga y la perdición. 

 

Jefferson estaba en quinto de primaria, solía salir de sus clases a las 12 del día y se dirigía a la plaza a trabajar, pero ese martes, su puesto en la plaza quedó vacío. Jefferson, junto con sus compañeros de clases, decidió ir al Bronx, a ese misterioso lugar del que muchos hablaban pero pocos conocían.  

 

Ese día, Jefferson entró por la carrera 11, una de las tres entradas al Bronx, y aunque en la pared resaltaban con tinta roja las palabras "Cristo te ama", nunca sintió tanto miedo como aquel día. A medida que se adentraba en este lugar oscuro y fétido, su respiración se hacía más fuerte y sus manos sudaban. 

 

Lo primero fue esquivar los carros cartoneros, con sus dueños que dormían sobre ellos, o a un lado. Sentía algo de familiaridad con el lugar, se parecía a la plaza de mercado donde trabajaban sus padres, pero en vez de frutas y legumbres, ofrecían drogas, alcohol, armas y granadas. Era una multitud inimaginable, no era posible caminar sin chocar con alguien más, las filas para comprar en cada “bunker” eran interminables, parecían las de un día de black friday en una tienda de electrodomésticos, o la salida de un partido del Real Madrid- Barcelona. 

 

Se estima que por día unas 3.500 personas visitaban el lugar, según un informe oficial de la Alcaldía Mayor de Bogotá en 2018. Y los fines de semana la población crecía a 5.000, no por nada le decían “el shopping de las drogas”. 

 

Unos solo entraban a comprar; otros a comprar y consumir; otros alquilaban pieza para quedarse una noche; y otros no salieron jamás.   

 

Era cierto, era un mundo nuevo, como entrar a otro país con sus propias reglas y seguridad. Para eso estaban “los sayayines”, los sicarios que custodiaban el lugar. Entre las calles, caminaban con fusiles y encapuchados. Sobre los techos también había gente armada, “los campaneros” alertaban de la policía y al que robaba o intentaba hacerlo se lo llevaban a las "perreras", cuartos llenos de caninos furiosos.  

 

Finalmente, tras recorrer las calles del Bronx, llegaron donde “Lalo”, que vendía dosis de todo tipo a precios muy bajos y quien se convirtió en gran amigo de Jefferson. Un informe oficial de la Alcaldía Mayor de Bogotá estima que los habitantes del Bronx gastaban aproximadamente entre 20.000 y 50.000 pesos diarios en drogas; sin embargo, en comida, solo entre 100 y 1.000 pesos. 

 

Lo que empezó como una simple curiosidad, terminó convirtiéndose en un estilo de vida. “Me parecía muy chévere estar en un lugar tranquilo fumando, la policía no te molestaba, había bares con rockolas, música, un buen ambiente, te atendían muy bien y me sentía cómodo, seguro”, cuenta Jefferson. 

Precisamente esa era la particularidad del Bronx, asegura un antropólogo profesor de la Universidad del Rosario en un informe oficial publicado por la Policía Nacional en 2017, que permitía un espacio donde era libre el consumo, y es por eso es que hoy, después de 4 años de la intervención de la policía en que fue desalojado el lugar, aún existen personas que se lamentan por su desaparición. 

 

Jefferson cada vez que entraba a este lugar, tardaba más en salir. Allí se ocultaba de sus padres, hasta que inevitablemente se enteraron de la situación, por sus continuas desapariciones, pues faltaba a clases y su puesto en la plaza permanecía vacío. 

 

A pesar de la opinión de sus padres, Jefferson no dejó de asistir al Bronx. Ya era conocido allí, tenía su “parche” de amigos con los que se reunía a consumir, entre ellos su amigo del barrio, Diego.  

 

Alexander Virachatá, compañero de estudio de Jefferson, también recuerda las épocas en que consumían juntos. Cuenta que su parche de amigos y el de Jefferson se reunían para fumar, o como ellos le llamaban, “darse unas ‘marivueltas’. 

 

Jefferson dejaba de lado sin darse cuenta poco a poco las cosas que amaba: su familia, sus amigos, la plaza de paloquemao. Cada vez sentía más al Bronx como su hogar. 

 

Poco a poco Jefferson empezó a notar algo en su amigo Diego. Cada día nuevo que volvía al Bronx, lo encontraba con la misma ropa, la misma de hacía dos días, tres días, semanas… se dio cuenta de que su amigo había caído en el fondo de este mundo de cuento, la adicción al bazuco le arrebató todo lo que tenía, probablemente hasta la vida, porque Jefferson no volvió a verle nunca más. 

 

Una noche, Jefferson, lleno de incertidumbre por el paradero de su amigo, hizo una búsqueda incesante entre bares, taquillas y bunkers. Finalmente se fue a casa sin encontrar respuesta alguna, y esa madrugada del viernes 27 al sábado 28 de mayo, más de 2.000 policías, con apoyo del Ejército, desalojaron por sorpresa el Bronx.  

 

La historia Oficial del Bronx que figura en la página de la Alcaldía Mayor de Bogotá, asegura que su desalojo, en el segundo mandato de Peñalosa, fue el inicio para acabar con ese horror, en donde el menor de los crímenes que allí ocurría era el tráfico de estupefacientes. Además, de 2.053 habitantes de calle que salieron del Bronx, 618 terminaron con éxito su proceso de recuperación y más de 1.000 siguen en los centros de atención dispuestos para ellos. 

 

Entonces, Jefferson abrió los ojos. Observó con sentido común ese “mundo fantástico” que apenas era un ambiente donde se combinaban los olores penetrantes de los desechos de basura y la sangre seca; olores todos que permanecían por horas en su nariz. Ese día abrazó a sus padres, comprendió el dolor que les causaba por las largas noches de insomnio y sus continuas desapariciones. 

 

Jefferson, impulsado por su padre, Jorge Cardoza, decidió estudiar Dirección y Producción de Cine y Televisión, en la Universidad Manuela Beltrán, y hoy lo describe como “la decisión que me volvió a la vida”. 

 

A pesar de la tristeza e incertidumbre por el paradero de su amigo, Jefferson decidió usar el cine para plasmar todas sus vivencias y canalizar esas emociones, y fue así como creó el corto “28 de mayo”. 

 

Esa producción recrea precisamente la vida en El Bronx y el día de su desalojo. Jefferson utilizó imágenes del circuito de seguridad instalado en las calles de Bogotá y la participación de actores naturales usando sus “panas” del lugar para plasmar unas de las escenas más escalofriantes y reales que se han vivido en la ciudad, en el día del allanamiento. 

 

Jefferson quiso encarnar a Diego, el personaje principal del corto, a quien llamó Ricardo. Mientras en la historia consume su dosis de bazuco, escucha  gritos provenientes de una casa y decide entrar, ignorando que jamás podrá salir. Lo hizo representando lo que imagina que pasó con su amigo. Por eso, al conocer la historia de Jefferson, se hace más impactante aún ver este corto de ficción, inspirado en la vida real. 

 

 “Este hecho histórico fue recreado para recordarle a la gente que si esto pasó, podría volver a pasar y que no lo deberíamos olvidar, porque esto ocurrió en Bogotá y afectó a mucha gente directa o indirectamente”, cuenta Jefferson. 

 

“28 de mayo”, por su historia tan enganchadora y real, ganó el premio de mejor corto en el Festival de Cortos de Bogotá “Bogoshorts”, un festival cinematográfico que se hace una vez por año, y que premia la realización y producción de cortometrajes de rango nacional e internacional. 

 

De esta manera, Jefferson salió de la vida del Bronx que poco a poco lo consumía para adentrarse en un nuevo vicio, el de crear historias, dirigir y producir cortos audiovisuales. 

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