Una vida, una historia, una fotografía y una cámara 

Esteban Andrés Vera Correa, Comunicación Social y Periodismo

Marco Correa y Luz Ángela Bolaños llegaron a la ciudad de Cúcuta en 1963 con una mente soñadora y solo una cámara en mano, para años más tarde tener un imperio fotográfico que estuvieron a nada de perder. 

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Foto: Esteban Vera Correa, Comunicación Social y Periodismo

Durante mi corta vida he admirado a muchas personas, jamás se me pasó por la cabeza que algún día fuese a admirar a aquellos que me daban de comer; esos mismos que vivían conmigo y que me llevaban a la empresa que para mí solo era su lugar de trabajo, pero detrás de todo eso había una historia de superación y amor por el arte. La historia que está a punto de ser narrada es la historia de una pareja muy joven que llegó a mi ciudad, la ciudad de Cúcuta, solo con una cámara en mano y una mente soñadora; es la historia de mis abuelos. 

A una semana de haber regresado de Bogotá, y en plena cuarentena por causa de la pandemia desatada por el Covid-19, le dije a mi abuela que nos sentáramos en el comedor porque le quería hacer una entrevista. Como raro en ella, se puso nerviosa; es muy tímida, y me hizo muchas preguntas con respecto al porqué de la entrevista; era su primera vez. 

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Ya cómodos le dije que iba a escribir una crónica sobre ella, mi abuelo, cómo fue que ellos se hicieron ricos con la fotografía y cómo es que ahora no tenemos nada en comparación con sus días de gloria. Recordando, se ríe y dice: “Su abuelo y yo éramos muy elegantes, siempre nos gustaba vernos bien, el día que yo tenía menos plata en la cartera no eran menos de 500 mil pesos, imagínese”. 

En 1959, Luz Ángela Bolaños conoció a Marco Antonio Correa en Bogotá. Ella vivía con una tía en Teusaquillo y él trabajaba en una licorera frente a su casa. Cuando me habla de él y recuerda cómo fue que se enamoraron los ojos le brillan y sonríe. Se expresa sobre su difunto esposo con orgullo. 

Después de conocerse y ser novios por unos años, se casaron y tuvieron a su primera hija, Nancy, mi mamá. En este periodo de tiempo, Marco pasó a trabajar en una fábrica de cueros, pero sus ganas de ganar más dinero siempre lo llevaron a buscar mejores oportunidades. Fue así como en el periódico, por pura casualidad, encontró un anuncio que decía “se necesita operador”. Este pequeño anuncio fue lo que les cambió la vida y, probablemente, me permite hoy estar aquí y narrar esta historia. 

Era un hombre al que le gustaba verse bien. En su primer día, el jefe le entregó una cámara fotográfica y le dijo que debía salir a las calles a tomar fotos. Para él, esto fue una sorpresa, nunca antes había tenido un aparato de esos en sus manos, y menos sabía manejarlo.  El jefe le dijo que se tranquilizara, pues tendría un compañero, Danilo, quien le enseñaría todo. 

Aprendió en menos de una semana cómo tomar fotos, gracias a Danilo. Y el foto-cine, como era llamado en esa época el arte de tomar fotografías a las personas en la calle, se convirtió en su trabajo. Meses después, la empresa los envió (a él y a Danilo) a Ibagué, y notó que en las otras ciudades del país no había mucho desarrollo como el que existía en Bogotá. La fotografía era algo que estaba siendo muy mal trabajado y por muy pocas personas.

 

Parte con Danilo y López a Cúcuta, que estaba creciendo a toda marcha y donde se decía que había mucho dinero y oportunidades. Efectivamente así fue. Luz llegó con la esposa de Danilo seis meses después cuando los hombres ya estaban acomodados. En este momento, Cúcuta solo contaba con fotógrafos de agüita, quienes eran los que tomaban fotografías pequeñas en los parques. Marco fue quien introdujo el patrón del foto-cine en esta Ciudad. El único local de foto estudio que había era el de Enrique Serrano Rey, pero este no era profesional. 

Marco, Danilo, Luz e Isabel solo contaban con un puesto de cajón en una droguería donde las dos señoras entregaban las fotos, mientras que sus maridos las tomaban y las revelaban. Debido a la calidad y a la innovación con el foto-cine, su clientela fue aumentando sustancialmente, tanto que el puesto de gabinete les quedó pequeño más rápido de lo esperado.  La gente tenía que hacer filas para recibir sus fotos. 

Se trasladaron a un mejor local. Adquirieron maquinaria para revelar y materiales fotográficos para vender, todo traído de Bogotá. Así empezaron a crecer, pero Danilo e Isabel decidieron regresar a Bogotá, mientras Marco y Luz, ya con cuatro hijos, prefirieron quedarse en Cúcuta. 

Marco al quedar solo empezó a buscar muchachos jóvenes para enseñarles a tomar fotografías como él lo hacía en las calles. Así Luz era quien atendía a la gente, Marco revelaba y los jóvenes tomaban las fotos. Como era de esperarse, el negocio siguió creciendo y cada vez estaban generando más ingresos. 

Decidieron mudarse, a un apartamento más grande, ellos dos y sus cuatro hijos, quienes estudiaban en los mejores colegios de Cúcuta. Y el negocio también se mudó con ellos, porque al igual que sus hijos, estaba creciendo. En este nuevo local, aún más grande, empezaron a contratar más personal, siendo ya ocho colaboradores, se invirtió en mejor maquinaria, las cuales eran ampliadoras más grandes y modernas, y tanques de revelado; además de abrir su primer estudio fotográfico. 

Años más tarde, revolucionan el negocio, y Foto Oasis pasa a constituir la nueva empresa: La Casa del Fotógrafo. Adquirieron más puntos de venta y estudios, e inauguraron el laboratorio, donde se contaba con una gran cantidad de empleados y maquinaria totalmente nueva, ya que se hicieron distribuidor autorizado de Kodak. 

Gloria Correa, la tercera hija de este matrimonio, al igual que sus hermanos, se encaminó hacia la fotografía, porque, como lo dice ella: “Este es el único medio que he conocido durante toda mi vida, desde que nací y hasta el día de hoy que tengo más de 50 años”. Para ella, su padre fue un hombre que por encima de todo ponía a sus hijos y a su esposa. Él era un hombre muy visionario, era él siempre quien planteaba los objetivos, miraba hacia adelante y el de las ideas para la empresa. Gloria optó por seguir el camino de sus padres trabajando en la empresa de la familia. 

En 1997, su padre empezó a replantearse el futuro de su empresa con la llegada de la era digital, desde ese momento él sabía que se venían tiempos difíciles, y claramente así pasó, hasta el punto de que casi la familia Correa queda en la quiebra. Para ese año, Marco hizo una inversión de más de 150 millones en maquinaria y equipos nuevos, importados desde México con Kodak, quienes lo asesoraron para estar a la vanguardia. 

A medida que adquirían cada vez más propiedades en Cúcuta para la empresa, también lo hicieron en otros lugares del país como Pamplona, Ocaña y Arauca. De la misma forma fueron adquiriendo propiedades para su uso y el de sus hijos. Llegaron a contar con alrededor de 80 empleados, seis puntos de la empresa en Cúcuta, cuatro repartidos en las otras zonas, y siete propiedades para uso de la familia entre la cuales estaban casas y fincas. 

Los Correa no podían estar mejor, todo era bueno para la familia de fotógrafos que se habían hecho ricos después de llegar con nada a esta ciudad, pero el sueño no les duró mucho. La empresa empezó a tener un declive poco a poco en sus ventas, ahora todos eran fotógrafos, había ya competencia y estos vendían el trabajo a menos centavos.  

A eso se le sumó el secuestro en Arauca de su segundo hijo, Jorge Correa, por parte de la extinta guerrilla de las Farc. Luz contó: “cerramos la sede de Arauca apenas recuperamos a mi hijo, no lo pensamos dos veces; mi esposo jamás quiso decirnos cuánto pagó, porque eso es un delito. Lo único que sé es que fue muchísima plata”. Y para completar, Marco fue diagnosticado con cáncer en la ingle, en lo cual se invirtieron más de 13 millones por cada quimioterapia. Pasado todo esto y ya con su hijo menor fallecido en un accidente de tránsito, la familia se mantenía en pie y estaba en crecimiento con la llegada de su tercera generación. A pesar de todo esto, lograron recuperarse muy bien y todo estuvo perfecto por un tiempo. 

En 2008, Marco nuevamente es diagnosticado con cáncer, esta vez en sus pulmones. Ya se había reducido el personal a 40 empleados, las sedes fuera de Cúcuta estaban cerradas y esas propiedades vendidas. La empresa quedó endeudada por más 180 millones después de la muerte de Marco.  

Luz, como siempre resaltó por ser una mujer luchadora y fuerte, sacó adelante su empresa y su familia, atravesó por momentos muy duros económicamente. En 2016, con tan solo 10 empleados en total y solo 3 puntos de venta, decide cerrar las puertas de su empresa por motivos de salud. 

Su hijo Jorge al ver esto, se encarga de tomar las riendas de la empresa y él junto con su hermana Gloria impiden que se cierre, y desde ese año han ido sacando a flote el legado de su padre. 

Uno de sus nietos, Raúl Iván Mejía Correa, al igual que su hermana y el resto de sus primos, creció en un ambiente donde vio a sus abuelos, padres y tíos trabajando con la fotografía en pro de la empresa. Hoy en día, este es el único de los primos que escogió ser fotógrafo y trabajar para la empresa. Para él, el ejemplo que le dio su abuelo fue un gran hito, porque antes de que Marco fuese empresario fue fotógrafo. Ahora a sus 27 años, este joven proveniente de un linaje de fotógrafos es docente de fotografía en la mejor academia de artes plásticas de Norte de Santander, Tallando Talentos, y ha participado en una exposición fotográfica de la oficina de ACNUR, del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados.  

Mariliz Urbina, una de las trabajadoras más antiguas de La Casa del Fotógrafo, estuvo con la empresa por más de 30 años. Nunca fue despedida por la falta de presupuesto. Recuerda: “La Casa del Fotógrafo, en sus inicios, era una empresa muy próspera”. En sus últimos años Mariliz experimentó un cambio de administración, y a pesar de este cambio dijo: mis últimos años fueron buenos; Don Marcos, Doña Luz y ya Jorge, al final, fueron unos patrones que me colaboraron mucho, nunca tuve problemas con ellos. Don Marcos era una persona muy alegre, bondadosa, caritativa, que le gustaba ayudar a la gente. Para mí fue un excelente patrón”.  

Marco Gómez, un gran amigo de Marco y de toda la familia Correa, es un fotógrafo que llegó en los años 90 a Cúcuta.  Llegó a La Casa del Fotógrafo porque era la empresa fotográfica más importante de la región. Marco Correa siempre destacó por ayudar a los demás. Entonces empleó a Marco Gómez, y pronto se hicieron grandes amigos. Cuenta que: “en esos años, la empresa de los Correa era muy próspera, pero que, al igual que la Kodak, fue decayendo. Para mí Marco y Luz fueron unas excelentes personas. Como empleado me brindaron muchas ayudas y cuando me convirtió en uno de sus clientes seguí manteniendo esa amistad con la familia, como lo hago el día de hoy”. 

En los últimos años bajo una nueva administración, la empresa se ha recuperado. Luz, mi abuela, sentada en el comedor de su casa, me dice que espera que sus hijos saquen adelante lo que ella y su marido construyeron.

 

Anhela que alguno de sus nietos continúe la tradición familiar. La miré a los ojos y le pregunté: ¿Por qué no lo cree? “Mis nietos ya estudian y se están enfocando en cosas muy distintas al negocio familiar”, me explica la abuela. Los hijos de Jorge, ni los de Gloria lo van a hacer, y ustedes los de Nancy mucho menos. O ¿usted lo va a hacer?”. A lo que yo respondí: “Pues eso es lo que yo quiero, abuela”. 

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