El banco verde de Bogotá

Jorman Romero, Comunicación Social y Periodismo

Cuando la ciudad se prepara para dormir, la plaza de las Hierbas calienta motores para afrontar un nuevo amanecer en el que olores y colores desfilan para mezclarse en un espectáculo cultural que deja en evidencia las raíces colombianas.

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Realizado por: Isabela Uribe, Gabriela Rojas, Juan Esteban Hernández, Paula Espeleta y Jorman Romero

A las 4 de la mañana de un lunes cualquiera la plaza Samper Mendoza, más conocida como la Plaza de las Hierbas, se puede confundir con cualquiera de las 44 plazas de mercado de Bogotá. 24 horas después, siendo las 4 de la mañana del martes, no es fácil entender que se trata de la misma plaza.

 

La sensación de estar en una pequeña ciudad nocturna es inevitable. Una ciudad de olores frescos y colores verdosos. Una ciudad de tradiciones y creencias, de hierbabuena, manzanilla, ruda, eucalipto y limonaria; de sabores dulces y amargos.

 

La plaza abre las puertas a las 5 de la mañana del lunes. Solo 3 vendedores que tienen su puesto dentro de la plaza y un habitante de calle esperan la apertura desde una hora antes. Los 9° centígrados de temperatura que abrazan la madrugada de la capital los tiene abrumados y revisan constantemente la llegada de la señora de los tintos.

 

Mientras esperamos que las puertas de la plaza se abran, don Víctor, habitante de calle, hombre pequeño, delgado y con una bufanda hasta los ojos, me cuenta cómo se gana lo del diario revendiendo la ruda que compra en la plaza. En la mano tiene un palo de escoba y una botella con atomizador que tiene un líquido rosado con el que rocía a las prostitutas del barrio Santa Fe para atraer a los clientes, una de las casi mágicas virtudes de la ruda.

 

“Hierba que no esté en la Samper Mendoza, no existe”, ese es el lema de estos comerciantes. Y es que en las madrugadas del martes y jueves se reúnen 400 vendedores a comerciar casi 300 variedades de hierbas.

 

Puntualmente abren la plaza. Todavía no hay luz del sol y solo se enciende una parte de las luces. Hace frío y no llega ningún cliente. Los vendedores empiezan a abrir las puertas de sus negocios y algunos a sacar esas verdes hierbas a la plazoleta. Todos en silencio empiezan su jornada que, bien saben, terminará al otro día pasadas las 10 de la mañana.

 

Es una plaza pequeña que se divide en 3 secciones: la plazoleta grande donde llegan las hierbas, una plazoleta pequeña al costado derecho en donde llegan las hojas de tamal, provenientes casi todas de la región del Tolima, y al costado izquierdo una plazoleta de comidas que funciona únicamente de día. Cada local debe pagar una mensualidad de alrededor de 150 mil pesos al Instituto para la Integración Social (Ipes).

 

De día la plaza se comporta casi como las demás. Hay algunos puestos de pollo y pescado dentro, e incluso hay un puesto donde venden verduras y plátanos. Nada de eso se abre en la noche. Si no fuera por el penetrante aroma a acre y salvia que produce la artemisia, esta plaza seguiría sin ser nada espectacular.

 

La plaza está ubicada en el barrio Samper Mendoza, un barrio de antaño en la Bogotá del siglo XX donde familias enteras vivían en casas inmensas y se reunían en la calle para ir, por un peso con cincuenta, al ya desaparecido Teatro América. De eso no queda nada. La industria y el comercio se apoderaron de las losas del barrio, así como la plaza se apoderó del mercado de las hierbas.

 

Hace 28 años los comerciantes convirtieron esta plaza sin vida en el espectáculo que es hoy. Doña Carmen, mujer de 71 años y de carisma bromista, me cuenta mientras organiza un arrume de valeriana que antes de llegar a la plaza los vendedores dieron vueltas por Paloquemao y por la carrilera del tren que queda justo al lado de lo que hoy es la plaza. “En cualquier lado que nos ubicáramos la policía nos quitaba y nos dañaba las maticas”, afirma.

 

Pasa el día y nada extraordinario ocurre hasta las 7 de la noche. Llega el primer camión cargado de cintronela y la jornada finalmente empieza.

 

A las 8 de la noche ya se empiezan a alinear por las calles adyacentes camiones de todas partes del país: Cundinamarca, Boyacá, Tolima y los Llanos Orientales son algunos de los lugares de donde partieron estos camiones hace algunas horas. Los vendedores, mayoría campesinos -y quienes no, hijos de ellos-, comienzan a llegar para abrir los puestos e instalarse en la plazoleta junto a sus hierbas. Pasan los minutos y empiezan a dibujarse los caminos que forman las hierbas en el piso.

 

La plaza empieza a cobrar sentido de la mano de colores verdes, amarillos, naranjas y púrpuras, de olores a manzanilla, menta, artemisia, albahaca y hierbabuena.

 

Hay plantas que curan enfermedades, otras que traen prosperidad y, por supuesto, condimentos. En cuanto a las dos primeras, don Darío, hombre grueso y de baja estatura, me explica que cada planta tiene su uso y su correcto manejo. “Usted no puede mezclar una planta tibia con una fría y hacer un agua porque no le va a servir”. Mientras tanto otros vendedores como doña Carmen creen que cualquier planta sirve siempre y cuando se use con fe. “Usted se puede tomar una pasta si quiere y mientras la use con fe, le va a hacer algo. Eso depende mucho de las tradiciones de nosotros”, me dice convencida.

 

A las 11 de la noche casi todo ha sido descargado y los vendedores esperan a los compradores que llegan poco a poco. Mientras tanto, y con una temperatura por debajo de los 12° centígrados, los vendedores se valen de todas las artimañas para evadir el frío: tinto, aromática, aguardiente y hasta whisky.

 

Doña Lilia, mujer de unos 55 años, delgada y de voz dulce, me ve caminar por la plaza y me invita a tomar un tinto. Tiene el puesto 105. Maneja su cafetería desde hace 25 años y todos en la plaza la conocen. Cada noche prepara 3 o 4 ollas grandes de tinto, unas 60 arepas y otros productos que vende durante la jornada. Como la cafetería de doña Lilia hay un par más, pero también hay 2 personas que recorren la plaza con 14 termos y bolsas de pan que venden a 300 pesos.

 

Los compradores que se acercan a esta hora, faltando 20 minutos para la media noche, son de otras ciudades. Esta plaza no solo surte a Bogotá, sino que también provee las hierbas que se compran en gran parte del país. Hay bastante gente, pero todos tienen claro que el verdadero “boleo” no ha comenzado. Se siente una calma profunda. Nadie corre. No se oyen gritos.

 

Montañas de hierbas se levantan y se transforman en camas para decenas de vendedores que deciden dormir y descansar un poco. Las personas se acuestan sobre las hierbas y con una cobija o un trapo en la cabeza duermen como si estuvieran en su propia cama. Algunos no necesitan acostarse y con solo inclinar la cabeza logran conciliar el sueño.

 

Llega la media noche y nadie se da cuenta.

 

A las afueras de la plaza ya se han acumulado más de 20 camiones por cuadra. Personas con lista en mano y con cotero a las espaldas –persona que hala las carretillas para transportar la mercancía- van comprando bultos de hierbas. El cotero se inclina, echa al hombro y descarga en una de las 40 carretas de la plaza por la que paga una pequeña mensualidad al Ipes. Así se van llenando los camiones para darles paso a otros que hasta ahora llegan.

 

En ese ir y venir llega una familia en un Renault 9 rojo. Son una pareja de esposos y un hijo de 11 años. El pequeño carro lo llenan de hierbas desde el baúl hasta el asiento trasero y para completar la carga echan encima del carro 2 bultos más. Arrancan presurosamente porque a 2 horas de camino Fusagasugá los espera.

 

Pasada la 1:30 de la madrugada, a 10° grados centígrados, los arrumes han disminuido un poco su tamaño. Ya no circulan tantas carretillas y la plaza ha entrado en un estado de reposo mayor. Se ve más gente durmiendo.

 

Aprovecho para fijar mi atención en la parte más mística de la plaza: los puestos de medicinas esotéricas. Acá se consigue remedio para todo lo que alguien pueda necesitar: dinero, amor, prosperidad, salud y suerte. Don Miguel, hombre alto y quien ha trabajado con esos productos desde el inicio de la plaza, me aclara que aunque estas mismas propiedades se encuentran en las hierbas, estos locales venden los extractos condensados en esencias. “Acá principalmente vendemos jabones, esencias y riegos. Todos son lo mismo pero la presentación es diferente”. También se encuentran cosas más específicas como la uña de gato o la chanca piedra para combatir el acné y hasta los cálculos en la vesícula.

 

En medio de esa calma momentánea que ofrece la plaza a las 2 de la mañana, una señora de ojos verdes, rostro descarnado, chaqueta de cuero y un mazo de naipes se pasea por los pasillos del fondo de la plaza ofreciendo leer las cartas. Cobra dos mil pesos y en cualquier lugar de la plaza se sienta para hacer su magia. Cuando termina pide propina y si encuentra confianza hasta pide que le gasten un cigarrillo.

 

A medida que se acercan las 4 de la madrugada el mercado se reactiva y se llena de compradores locales. Mucha más gente se ve llegar a la plaza y la calma que habitaba se pierde. Los coteros corren más de prisa. Todos se han despertado. Los caminos formados por las hierbas se vuelven angostos y los coteros piden permiso constantemente. Los locales que no se habían abierto durante lo que va de la madrugada finalmente abren las puertas.

 

Afuera ya casi no hay espacio para que los carros lleguen. Cuadras enteras están ocupadas de camiones y camionetas de carga. Entre ellas una Dodge del 67 con platón que en el parabrisas se identifica como Poncho.

 

Por el lado de la plazoleta de la hoja de tamal el mercado es igualmente intenso. A medida de que los arrumes de hojas van bajando de los camiones, inmediatamente se van yendo de la plaza.

 

A las 5:25, en medio del agite, el cielo empieza a dar sus primeros tonos morados. 10 minutos después los cerros se dibujan con fuerza en el paisaje y faltando 15 minutos para las 6 de la mañana ya está amaneciendo, sin embargo nadie se entera.

 

Mientras descanso en un andén a las afueras de la plaza, en medio de 2 camiones se parquea un taxi. 5 mariachis bajan del carro. En fila y con instrumentos en mano caminan junto a las carretas hasta llegar al puesto de “la mona”, una señora de cabello claro y corto que vende hierbas aromáticas. Está cumpliendo 58 años. Su esposo, hijas y nietos se posan al lado de los mariachis y en medio de las personas que se acumulan cantan “las mañanitas” que se escuchan en toda la plaza.

 

En la esquina del espectáculo está la cafetería de doña Lilia. Le pido un tinto para el frío mientras observo la función. Los mariachis van por la tercera canción cuando finalmente la luz del sol logra penetrar la plaza augurando el final de la jornada.

 

-Doña Lilia, ¿cuánto le debo?

 

-Nada, mijo. Lo que debe es volver, volver…

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