La historia detrás de quienes aspiran a alcaldías
Gobernación en Cundinamarca

Adriana Guerrero, Comunicación Social y Periodismo

A sus cuarenta y siete años dice que lo que necesita y quiere ahora es “el poder para poder” transformar el municipio.

Foto: Adriana Guerrero

José Antonio Parrado promete gerenciar “con las uñas, pero limpias”

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Muchas cosas suceden a mi llegada: un gato me observa, el portón verde chilla y una mujer desconocida, que espera conmigo en la puerta, parece aliviada de no tener que cruzar otra sonrisa cordial e incómoda conmigo. 

 

Entro primero que José Antonio Parrado a su propia casa, luego de saludarlo con un estrechón de manos. Su mano es fuerte y más grande que la mía, como todo lo demás en su físico. Adentro, todos los colores son cálidos pero el ambiente es frío. Toma asiento en un sillón —el que se encuentra paralelo a la ventana de la sala de estar— y yo me siento también, en un sofá que es igualmente de color crema con un armazón de madera barnizada. Me habla como si yo fuera una vieja amiga y me pide que no empiece a grabar porque espera que sea “más bien una conversación”. A final de cuentas, no grabo nada.  

 

Me llama la atención que las agujetas de sus zapatos estén sueltas pero, luego de poco rato, el gato blanco y manchado que me había observado al entrar, se abalanza sobre ellas. Las muerde, juega con ellas y en poco tiempo las deja ir. Parrado todavía no se inclina para amarrarse los cordones. Asumo que termina por ser infructuoso si el felino va a desatarlos una y otra vez. Nota que he seguido al gato con la mirada.  

 

“Le encanta llamar la atención”, me dice, siguiendo el curso del animal. Le pregunto por el nombre de su mascota y él contesta que se llama Moza, porque era una gata callejera que comía, bebía y se iba pero que, poco a poco, se fue quedando. “Así puedo contestar, cuando me preguntan, que vivo con La Moza”, me cuenta en tono jocoso. Suelta una carcajada contagiosa, que parece provenir desde lo más profundo de su estómago. Aun así, me ha dicho que para las fotos no sonríe y que algunos de sus amigos le recomiendan que lo haga más. Las esquinas de sus ojos se encogen mientras ríe.  

 

La mesa de centro tiene dos tazas de café donde sólo quedan cunchos que habrá dejado atrás alguna visita. Hay huellas de Moza por toda la pared. La casa tiene un aspecto rústico y antiguo y dos cuadros penden de las paredes: uno fue un regalo, el otro es una obra abstracta que pintó un artista local, oriundo de Chía.  

 

Piensa que su licenciatura en Lenguas y Literatura lo hace una persona con formación integral, le permite ver el mundo en colectivo, no sólo el municipio. Le aporta un componente de humanista, una perspectiva hacia la gente. Me dice, con plena certeza en su semblante, que si nunca he conocido a un político honesto, lo estoy haciendo en ese instante. Llamarse el primer político honesto es casi tan ambicioso como llamarse alcalde del municipio, pero a ambas etiquetas aspira José Antonio.  

 

El poder para poder 

A sus cuarenta y siete años dice que lo que necesita y quiere ahora es eso mismo, “el poder para poder”, el poder para poder cambiar las cosas, el poder para transformar al municipio, el poder para arrebatarle el poder a los mismos de siempre y a esto se debe su candidatura. Su candidatura, me aclaró a lo largo de la conversación, se debe a muchas cosas. Una de ellas es la denuncia ciudadana. Me narra cómo lleva cuatro años y medio trabajando en el movimiento Primero Chía: “antes del desarrollo urbanístico, de las grandes urbanizadoras, de los intereses individuales, antes de todo, primero Chía”, asevera. 

 

Esta avidez por la transformación parece haber sido sembrada hace mucho tiempo, por sus hermanas mayores y los “galanes mamertos” (así él los ha llamado) con quienes estas resultaron saliendo cuando José Antonio tenía nada más diez años. Siempre ha disfrutado de la lectura y de las conversaciones enriquecedoras por lo que lo divertía que, para incluirse, debía leer mucho y saber de todo: sobre filosofía, literatura y política. 

 

Por estas épocas, además de comenzar a hacerle guiños coquetos a la política (su eterno amor), adquirió muchas ideas de izquierda, de rebeldía, al punto que en alguna ocasión unos sujetos irrumpieron casa de su madre bajo la excusa de que, aparte de las hermanas mayores —de quince y dieciséis años—, habitaba allí una joven promesa de la temida insurgencia: “me estaba volviendo mamerto”, añade también. Aún sin pronunciarse, ya podía predecirse que José Antonio sería una amenaza para los poderes establecidos. 

 

Hoy ya no tiene diez años pero se mantiene fiel a sus líneas de pensamiento. Actualmente, él y otros abogados, vinculados a PrimeroChía, amenazan los billonarios contratos de grandes firmas urbanizadoras pues detuvieron los procesos del Plan de Ordenamiento Territorial de la administración actual del municipio. Relata cómo, con una financiación de solo un par de millones con los que cuenta el movimiento, presentaron el caso ante la justicia y vencieron a las millonarias firmas. “Aunque no lo hubiéramos creído, la justicia es justa”, enfatizó, remangando su camiseta negra hasta la altura de los codos. Esto me hizo sonreír; yo tampoco habría creído que los jueces se habrían mantenido firmes, incluso frente a una jugosa propuesta de las firmas constructoras para hacer la vista gorda con la injusticia que resultaría de transformar tres millones de metros cuadrados rurales a urbanos. 

 

¡No a la corrupción! 

El movimiento todavía no cuenta con fondos suficientes; lastimosamente, todavía no tiene los recursos o el reconocimiento merecido, a pesar de que ha pasado año y medio. Parrado cuenta que, aunque buscaron impedirles la meta que tenían durante la recolección de firmas, por todos los medios posibles, en un intento por impedir su lanzamiento como candidato, otro partido rescató el proyecto y es allí donde nace la alianza entre el PRÉ y PrimeroChía. Sin embargo, las firmas no son suficientes y la opinión de cientos de miles de personas no parece representar mucho cuando se trata de la financiación. A pesar de este factor, el abogado se mantiene firme en su opinión, que da título a este texto: “con las uñas, pero con las uñas limpias”. Asegura, con firmeza, que dicen no a la corrupción, que no recibirán dineros ilícitos y, de ser necesario, su campaña será pequeña porque las campañas costosas son inviables en la luz de la licitud. 

 

Sostiene que dan pelea. Desde hace cuatro meses entró en vigencia la suspensión del POT (Plan de Ordenamiento Territorial), han habido siete acciones para intentar retomar el Plan que permitirá, a su vez, reanudar los proyectos de las grandes constructoras; la sanción sigue intacta. “¡Vamos ganando! Y vamos siete a cero”, dice como si se tratara del marcador de un partido de fútbol, con su sonrisa que hace que las comisuras de sus ojos oscuros se arruguen tenuemente, enseñando de forma breve todos sus dientes. Se siente genuinamente orgulloso y es que esa es una de sus victorias personales. Cuando le pregunto por las demás, me dice que hay otras dos. 

 

“Yo las llamo victorias parciales”, y cuando me suelta esto, su rostro adquiere un toque mucho más lúgubre. No puede llamarlo una victoria completa si todavía no es algo seguro. “Logramos parar el relleno de la Chucua de Fagua”, enlista, haciendo un conteo con los dedos. En este tema, me explica que “chucua” es una palabra muisca que quiere decir un cuerpo de agua que se mueve y que, luego de denunciar este caso con la CAR, designaron que la Chucua de Fagua es en realidad un humedal, de mayor importancia ecosistémica, que estaba siendo rellenado y que ya tenía cinco kilómetros y medio tapados por volquetadas de tierra que llevaban tres meses llegando hasta allí, hiriendo el hogar de aves y peces, “y la alcaldía no ha movido un dedo”, me dice, como adolorido, a pesar de los derechos de petición que el movimiento ha presentado.  

 

Levanta el segundo dedo, marcando el inicio de la segunda victoria. “Conseguimos que se iniciara un juicio disciplinario contra la alcaldía actual” para que comiencen a ser consecuentes entre lo que dicen y hacen, me explica. Así se fundamenta otra de las filosofías del movimiento y del PRÉ: cuando se ven injusticias no pueden quedarse callados al respecto de ellas. El movimiento invita a todos los ciudadanos a hacer esto, a reclamar y denunciar cuando hay algo incorrecto ocurriendo.  

 

Un político de verdad 

Mientras conversábamos, Parrado se definió a sí mismo como un político de verdad: “un político orienta al pueblo, lo guía, como Moisés; un “politiquero”, por el contrario, tiene un olfato y una sed insaciable de protagonismo, de populismo”. Está cansado de los politiqueros, pero hoy en día ya casi no quedan políticos.  

 

José Antonio, como verdadero político que promete ser, desea formar a los políticos del futuro. PrimeroChía tiene como bandera la formación de “más y mejores líderes” para Chía y para el resto de Colombia, del mundo. Esto a través de la inversión en educación, a la cual da una especial atención, probablemente atribuible a su carrera como docente universitario. El mensaje que quiere dejar a los jóvenes, en esta órbita, es el siguiente: “luchen, no caigan en el pesimismo y aprópiense del país”.   

 

Parrado tiene una amplia trayectoria en cargos públicos y de naturaleza profesional, que van desde ser el actual presidente de la Fundación S.O.S. Chía y Coordinador del Grupo Ciprés –Ciudadanos Presentes–, hasta haberse desempeñado, además, como asesor jurídico del Senado de la República, asesor jurídico del Concejo de varios municipios de la provincia Sabana Centro, coordinador Casa Justicia en Cajicá, asesor de la Comisión Nacional de Televisión, asesor Alcaldía de Bogotá, Secretaría de Planeación, Dirección de Integración Regional, Nacional e Internacional; consultor Naciones Unidas –PNUD- Secretaría de Gobierno de Bogotá y secretario de Gobierno Municipio de Chía, entre otras ocupaciones. 

 

Ahora, como candidato, proclama que tiene muchas banderas: quiere trabajar el turismo, la educación, la salud, la cultura, la tecnología de punta, la industria no contaminante, la recuperación de la ruralidad, aportar vivienda a los locales, seguridad y recuperar el espacio público en grandes superficies (en sus palabras, “Chía necesita un Central Park”). Podría hablarse sobre sus promesas y banderas durante muchas páginas pero para ello puede visitarse su plan de gobierno. Lo que resulta interesante, sin embargo, es cómo habla de la educación y la cultura. 

 

“¿De qué sirve hacer eventos culturales si los que van, van a llegar a su casa a golpear a su mujer? –invita a cuestionarse– Existe una diferencia entre alguien culto y alguien con conocimiento; el conocimiento lo tiene cualquiera, alguien culto aplica sus conocimientos a la vida diaria”, sentencia. En este sentido, su gobierno trabajaría por la cultura ciudadana, por una construcción mucho más profunda que los llamados eventos culturales o presentaciones en las plazas públicas, que terminan por ser espectáculos banales, que no alteran la esencia ni transforman de verdad a las personas. 

 

Además, se extiende al explicarme sus planes para la educación. Inicia por contarme que en Chía hay “77 instituciones de educación básica y media, 13 universidades, una tasa de deserción mínima y una cobertura de 99% con escuelas básica y media”, es decir, no se está tan mal; el objetivo al que le apuntan no es tanto cuantitativo como cualitativo. Me detalla, así mismo, sus objetivos: “Chía tiene que ser un municipio bilingüe, que cuente con más y mejores escenarios deportivos y culturales; hay que abrir la puerta a la investigación desde la escuela básica y media; hay que velar por el mejoramiento de la planta docente; hay que lograr una jornada única para incluir actividades culturales, deportivas y cívicas”. Añade, ya en el tema de la educación superior, que de las trece universidades que hay en Chía, sólo una es pública y, por lo tanto, su propuesta para este respecto es la de ampliar el área de la universidad y la oferta de pregrados, en una ciudadela universitaria. 

 

Chía, en la perspectiva de Parrado que ama el municipio con profundidad, tiene la posibilidad de generar una grandiosa oferta de bienes y servicios, tiene las mejores personas (increíble calidad humana y una especie de “status social”) y una ubicación geopolítica excepcional. Todo esto se ve desperdiciado porque Chía no es visto como algo más que un municipio dormitorio, con un crecimiento demográfico caótico y desordenado. 

 

Tres cualidades, dos mil defectos 

Parrado es una persona de nariz grande y ojos pequeños, que me habla con una solemnidad casi tangible. Le pregunto, directamente, por cuál considera que es su mayor cualidad. Se toma un momento, mirando hacia sus tenis con cordones desatados o bien hacia el oscuro pantalón de sudadera. Comenta que lo he hecho reflexionar. Finalmente me dice que tiene tres cualidades y “como dos mil defectos”. “Soy leal, un amigo leal y un enemigo leal, no soporto la hipocresía”. Es leal hasta a sus líneas de pensamiento, dice. “Me considero aceptablemente inteligente”, y parece resultarle incómodo alabarse a sí mismo “y soy un luchador”, añade, menos turbado con esta virtud.  

 

De inmediato, pensé en las historias que me había contado de su madre y de los esfuerzos que esta hacía por tener bien a sus tres hijos, intentando que no les faltara nunca comida ni amor, y superar los terribles conflictos (y maltratos) que debía enfrentar y soportar de su marido. Esto, a su vez, me obliga a pensar en lo personal que resulta su intención de atender a la cultura ciudadana y lograr que no hayan en Chía otras mujeres como su mamá, que griten mudas la misma historia.  

 

Luego, no intento que me hable de sus defectos sino de sus pasatiempos pero, de nuevo, se toma un momento antes de contestar a mi pregunta. “Me estoy volviendo una persona muy aburrida”, me dice y puedo ver que esa verdad lo impacta tanto a él como a mí. Mientras yo busco qué añadir, Parrado se adelanta: “la lucha pública me está absorbiendo”, observa, mirándome “extraño montar mi bicicleta. Extraño ir a cine”, pausa un momento, “extraño la sensación de libertad que sentía al volar cometas, cuando era un niño”. 

 

Vive solo en la casa, salvo por Moza, y nunca se casó ni tuvo hijos. Antes, cuando su madre vivía, compartía con ella. La campaña y la lucha pública que consumen la mayor parte de sus días funcionan como distracción de su solitaria existencia. 

 

“Me he acostumbrado a vivir solo”, me asegura, como si no fuera eso gran cosa. La gata se ha acurrucado a mi lado, en el sofá más amplio. Ahonda un poco más en su perspectiva, en un tono de reflexión personal: “pienso que los seres humanos estamos siempre solos. Acompañamos soledades, pero estamos solos”. Aunque se lea melancólico, en realidad era más bien algo revelador. “La soledad es una bendición y una maldición. La soledad te hace único e irrepetible”, me confió, todavía meditabundo y, para mí, aquello fue una buena conclusión. 

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