A palabras necias, no seamos sordos

Alejandra Ramírez Valbuena, Comunicación Social y Periodismo

En Colombia nos hemos acostumbrado a la guerra y al dolor. Vivimos con indiferencia, pero es a través del lenguaje que podemos cambiar esta realidad.

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Ilustración: Isabel Gómez Guizar

No recuerdo el día en que empecé a sentirme insegura en las calles de mi propia ciudad. Y, hay que ser sinceros, Bogotá es complicada. Pero, la inseguridad de la que estoy hablando traspasa los peores miedos y causa vulnerabilidad. Sin querer, me convertí en una de las 2 millones 41 mil 341 mujeres acosadas sexualmente en la capital colombiana. 

 

Salir a la calle se transformó en una odisea por mantener la dignidad intacta. Hemos trastornado la definición de los piropos; ahora son ofensas. Como en una galería, las mujeres son expuestas ante la mirada crítica de algunos hombres que creen tener un poder divino para hacerlas sentir repugnantes. Bogotá es la ciudad número uno en acoso sexual a la mujer en todo el mundo, según la Organización Plan Internacional, OPI, (2018). ¡Aplausos para Colombia! No solo tenemos un primer lugar en ciclismo; la diferencia es que nadie sale a hablar del acoso.  

 

Cuando hay conciencia de esta realidad, es impresionante notar cómo la ciudadanía se escandaliza con las cifras de maltrato, violaciones y feminicidios en el país. Cerca de 55 mujeres colombianas son violadas cada día, indicó la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad (2019). Medicina Legal afirma que hay por lo menos 34 mil 600 procesos que podrían constituir feminicidios, en los que más del 90% se mantienen en la impunidad. La misma entidad asegura que son casi 100 mujeres diarias violentadas por su pareja o expareja en el 2019. Las cifras hablan por sí solas. Pero, los números no cuentan historias.  

 

“En febrero de 2019, tuve mi última situación de violencia”, comentó Valentina Grimaldo, de 19 años, estudiante de Maquillaje y Efectos Especiales en la SalleCollege. Me comuniqué con ella porque tuvo un pequeño escándalo en Instagram; su exnovio la había golpeado en el jardín del conjunto residencial donde él vivía, y los vecinos habían llamado a la policía. “Me dijo que yo era una puta y me tiró al piso. Me arrastró por la falda y me golpeó contra un árbol”.  

 

La gran sorpresa fue el consejo de los policías al llegar a socorrerla: “Dijeron que no denunciara porque saldría perdiendo; yo estaba en propiedad ajena cuando todo sucedió y había tratado de defenderme”, recordó Valentina. “Recomendaron que me fuera para mi casa y eso hice”. Yo no supe qué aconsejarle, ¿cómo creer en una justicia que no existe? Aquella que se disfraza de policías, abogados, jueces e instituciones, pero al final es sólo otra máscara de la desigualdad. Necesitamos instituciones que velen por los derechos de la mujer y su seguridad; no que la victimicen y humillen.  

 

Sin embargo, es más importante que se cambie la mentalidad ciudadana. Me niego a aceptar que somos un país machista que ha naturalizado la violencia y, por este motivo, hay que romper el silencio. 

 

“Nuestro lenguaje construye realidades”, comentó Camila Flórez Yepes, psicóloga de la Universidad de La Sabana, especialista en psicología educativa y cocreadora del colectivo feminista Juntes Podemos. “El lenguaje ha insivibilizado la problemática de la desigualdad de género, pero es el único medio para tratarla”.  

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Nuestra sociedad requiere un cambio cultural. María Isabel Covaleda, creadora de la Fundación Maisa Covaleda y víctima de violencia, identificó las principales razones por las que una mujer no denuncia: el estigma social, el miedo, la vergüenza, la culpa y la falta de credibilidad en las instituciones.  

 

Por fin, entendí por qué Valentina Grimaldo no denunció su caso, pero tomó la valentía (¡en honor a su nombre!) para publicarlo en sus redes sociales y pedir el apoyo ciudadano: “Muchas personas me dijeron que me lo merecía, que era una mentirosa, o que eso también les había sucedido; unos juzgaron y otros se solidarizaron”.  

 

Hay que luchar por fomentar el rechazo social ante los casos de violencia. En Colombia nos hemos acostumbrado a la guerra y al dolor. Vivimos con indiferencia. Pero, es a través del lenguaje que podemos cambiar esta realidad. “Hay que derribar esa falsa creencia de que las víctimas debemos escondernos y sentir vergüenza”, afirmó María Isabel Covaleda. “Debemos mostrar cero tolerancia ante cualquier abuso o violación de los derechos de una mujer; son importantes la educación y el lenguaje para construir una sociedad igualitaria”.  

 

El jueves 8 de agosto de 2019 se creó el portal línea155.gov.co, gracias a la recolección de 20.000 firmas que solicitaban una página en que las mujeres y niñas pudieran romper el silencio y denunciar sus casos de violencia. Este portal web fue promovido por la Fundación Maisa Covaleda para que pudieran integrarse las labores de diversas instituciones necesarias para la denuncia y la solución de los casos de violencia femenina. Hay que alzar la voz y la mirada ante las palabras hirientes; dejar de parecer sordos y salir de esa hipnosis colectiva que naturaliza la violencia.  

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