El indio Rómulo, la voz de nuestra raza

Laura María Miranda, Comunicación Social y Periodismo

Con solo 5 años, empezó a declamar poemas y, desde ese momento, ha dedicado su vida a los escenarios, siempre con la ruana al hombro y un sombrero de tapia pisada. 

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Foto: Laura María Miranda

Esta es la historia de Rómulo Augusto Mora Sáenz, más conocido como El Indio Rómulo de Colombia.  

 

En su rostro reposan las líneas de tantos poemas y en sus ojos, el cansancio de los años. Me recibió como a una nieta, con mucha ternura y unos brazos dispuestos a abrazar muy fuerte. Dijo: “entonces, tienes una tarea” y así empezó la entrevista.  

 

¿Cómo le gusta que le digan? 

 

- Indio, y mi familia me llama Rómulo. 

 

¿Cómo comenzó este camino de la poesía? ¿De dónde surgió el amor por la poesía? 

 

- Comencé a declamar a los 5 años. Desde muy niño, mi voz fue muy bonita para cantar y me gustaba hacerlo. Soy nieto de un General de la Guerra de los Mil Días y sobrino de tres curas, querían que fuera cura también. Y mi mamá dijo: “¡No! No metan a ese chino en el seminario porque rompe la sotana y se vuela”. 

 

En Bogotá, mi abuelo encontró a un tipo que se llamaba “El artista colombiano”, que era el que le recogía el público a los propagandistas; él hacía chistes, muecas y cosas de esas. Cuando ya estaba lleno el lugar se lo cedía al propagandista que vendía las yerbas y jarabes. Aquel hombre también vendía poesía y canciones. Mi abuelo le compró uno de sus poemas y me lo llevó, se llamaba “José Resurrección”. Es un poema largo donde el artista dice: “Yo soy José Resurrección y mi apelativo es Ramos y estoy pa’ servirle a mis amos con toda satisfacción”. Ese fue el primer poema que me aprendí en la vida. Y nadie creía que yo, con cinco años y sin saber leer, fuera a aprender una cosa tan larga de memoria. Y me lo aprendí porque mi abuelo me lo repetía todos los días. Con ese poema, un niño de cinco años era todo un espectáculo. Y aún más por la forma en la que lo decía. 

  

Uno no podía entrar a las escuelas si no tenía 7 años. Durante esos siete años, “el niño Romulito, un pispireto todo lindo” acompañaba a su papá a darle “fueye” al órgano, pues él era el que acompañaba las misas en la basílica tocando el órgano de flauta. Mi papá lo tocaba mientras yo cantaba todas las canciones de la iglesia, como el Angelus. Así comencé, después volvió mi abuelo de una reunión de Generales en Bogotá y me llevó otro poema, ese sí que fue más bonito, “Quereme, chinita” que fue precisamente el primer poema que grabé en un LongPlay hace más de 50 años.  

 

Para ese entonces ya sabía leer y ya tenía dos poemas, ya era una cosa grande. Mi mamá viendo que esos poemas eran campesinos, me hizo mi primer traje de campesino con un remiendo en la rodilla, otro en la cola, una camisa remendada y una pañoleta. Y lo que nunca me faltaba: mi sombrero. Entré a estudiar y en el colegio siempre me subían al escenario, a cantar o a que dijera los poemas.  

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Y así fue pasando la vida, terminó primaria en Monguí y su familia lo internó en un colegio de Tunja, pero a él eso no le agradó mucho. Se voló para Bogotá, sin conocer Bogotá.  

 

Allí conocí al artista colombiano y me pareció muy bonito lo que él hacía, pero empecé a aguantar hambre. No sabía robar, ni nada de eso. Yo era un niño muy sano y con otros chinos, dormí como 5 o 6 días en la calle, nos tapábamos con los avisos que había en las paredes. Don Rómulo recuerda muy bien ese lugar: en la esquina del teatro Ayacucho, calle 6 con 8a. Yo estaba ahí cuando una mano por detrás me agarró, era un tío mío y me dijo: “¿por qué se voló? pa’ la casa, tiene que estudiar”. A trancas y mochas, terminé el colegio y me devolví a Monguí.  

 

Con mis compañeros de primaria, Juan Gerardo y Juan de Dios, formamos un trío por mi voz. Se llamó el “trio calaveras”. De ahí me nombraron subsecretario de la alcaldía por mi letra. Recuerda que su letra fue muy bonita desde muy niño, muy gótica y elegante. “Como soy”, bromea. Habían pasado unos pocos meses y llegaron a reclutar para prestar el servicio militar, yo tenía 16 años y la edad mínima para prestarlo eran 17. Yo les dije a los demás compañeros: “yo me voy con ustedes y ¡ay! del que diga que tengo 16, le rompo la jeta”. 

 

¿Por qué al Ejército? 

 

- Porque yo quería ser militar, me gustaba la forma de ser de ellos, rígidos, eso me pareció muy bonito. Además, mi papá había sido guardia presidencial en Bogotá y con todas las fotos de él y lo que hacía me inspiró a ser así también.  

 

Y así fue, me fui pal’ Ejército, pero yo pensé que era por ahí, Paipa, Sogamoso o Duitama y terminé en Quibdó, Chocó. Y yo ni idea de dónde quedaba eso, nos fuimos. Era un lugar muy bonito pero hacía un calor que jamás había sentido en mi vida. Un calor sofocante, bestial. Fui distinguido al mes, nuevamente por mi letra y porque yo era el cantante, el artista. Me pasaron al comando, de ahí a manejar el casino de oficiales porque yo era muy ‘pispireto’, nada me trancaba.  

 

Terminó su servicio militar y regresó a Bogotá.  

 

“Me puse a buscar poesía, a ver dónde la encontraba”. Encontré que existía todavía el doctor Julio Roberto Galindo. Busqué su dirección y llegué a su casa, y él aun poco estirado me dijo: “¿qué es lo que quieres?” y yo le respondí: “Doctor, yo declamo la poesía costumbrista y me gustaría declamar sus poemas”. Y me pidió que declamara uno en frente del él, “y le eché ‘Quereme, chinita’”. Abrió los ojos y me dijo: “¡claro!” y de una vez sacó diez poemas. Ese ha sido el regalo más grande que se me ha hecho en la vida. Y me puse muy juicioso a estudiar.  

 

Con su memoria intacta contaba que le gustaba entrar a las obras de teatro y allí él veía la naturaleza con la que se interpretaban los papeles, y en ese momento dijo: “eso es lo que seguramente me hace falta y no tengo quién me corrija”. Y así empezó estudiar teatro en la escuela Garanchacha.   

 

Yo tenía una ventaja más, porque yo ya había pisado los escenarios y ya había recibido aplausos, los otros no. Comenzamos 120 y terminamos 6, una época dura porque faltaba la comida y el vestido. Todavía existe el teatro donde estudié durante cuatro años. Álvaro Forero me ayudó mucho porque él veía que yo podía ser alguien en la vida. Fueron años muy lindos, pero también cada vez era más difícil. Por ejemplo, empezó la clase de beso, nos enseñaban cada clase de beso, cómo besar con rabia, con odio, amor o ternura. “Debías hacerlo y era muy pesado, después de la primera clase, muchos no volvieron”.  

 

¿Qué fue lo que más le marcó de esa etapa? 

 

- Lo que aprendí ahí y las cosas que pulí me permitieron llegar a ser el primer artista en inaugurar la Televisora Nacional de Colombia. Salí con mi traje de boyacense y en esa época mi nombre artístico era el campesino boyacense, todo ‘pispireto’. El General Gustavo Rojas Pinilla dijo “doy por inaugurada la Televisora Nacional” y entré yo en compañía de un tiple y empecé “Quereme, chinita, como yo te quero…” eso fue la tapa porque no se había oído nunca a alguien decir un poema campesino con tanto amor. Eso llamó la atención del país de inmediato. Entonces la presidencia de la República, con el Doctor Carlos Lleras, me mandó a decir que tenía un espacio de media hora en la televisión. Y así fue: “la presidencia de la República presenta Romerías del Indio Rómulo” y se presentaba todos los martes a las 6 de la tarde.  

 

Después vino Pacheco, trabajamos por muchos años y empezaron a llegar las cosas grandes, entraron las telenovelas que no se grababan sino que se hacían en vivo y en directo y el que la embarró, la embarró. Fue una época lindísima porque se empezó a hablar del Campesino boyacense en todo Colombia. Ya tenía 14 poemas en la mente y también en esa época empezaron a llegarme muchos poemas de todas partes y yo sentado consagrado estudiando y trabajando. Me empezaron a contratar para los “Griles” y llenaba esa vaina y ahí surgió la idea de crear un negocio propio. Y encontré un localito en la carrera 13 con 24, abajito de la televisora y era muy bonito. Y monté mi primer negocio con decoraciones y cosas campesinas. Se llamó “El rincón del Indio Rómulo” y ahí declamaba todas las noches, tenía 4 o 5 tríos de música colombiana. La gente que iba era gente de plata y fue un éxito bestial.  

 

Yo hacía mi espectáculo a las doce pero el desfile de artistas era constante, no paraba durante toda la noche. Una noche muy especial, terminé mi espectáculo y me fui para la barra, pedí una gaseosa y miré a la puerta y allí estaba en presidente de la República, Carlos Lleras Camargo. Lo saludé y le dije a un mesero que fuera a la mesa que estaba en el rincón, allí estaban unas personas de Monguí. “Por favor, dígales que le están pegando al Indio Rómulo afuera”. Los hombres salieron al instante, me empujaron a mí y al señor presidente y le dije al Doctor Carlos, que su mesa estaba lista. Lo senté, venía en compañía del ministro Abdón Espinosa Valderrama y sus respectivas esposas. Apenas entró, el pueblo se paró a aplaudirlo y él les dijo: “Perdónenme, pero aquí no soy más que un admirador de Rómulo, déjenme ser un espectador más, como ustedes”. Y volví a hacer mi espectáculo.  

 

¿Y el señor Presidente le pidió algún poema en específico?  

 

- No, él quería oírlos todos, porque nadie quería un poema en específico, querían oír lo nuevo. 

 

Desde entonces, hubo un revolcón grande y alguien dijo: “estuve donde el Indio Rómulo”. Y el doctor Carlos (presidente) me llama y me dice: “¿sabes una cosa? me gusta más lo que están diciendo en la prensa. Indio Rómulo me gusta más. Además, tienes que ir a otros países, me vas a representar y campesino boyacense funciona aquí en Colombia pero por fuera serás el Indio Rómulo de Colombia”. Y así comenzó mi vida internacional. Fui a México, Perú, Ecuador, España, por todos lados. Después empezó la gira por los colegios y universidades. Hacía un recital que era directamente para los jóvenes. Eso hago, inyectar colombianismo, a eso me mandó Dios y le estoy cumpliendo.  

 

¿Dónde disfrutaba más de sus presentaciones, con los presidentes y la gente influyente del país o en la Media torta con la gente del común? 

- Nunca he tenido un público malo, después de que yo los cojo con uno o dos poemas, como en Santa Rosa de Viterbo no se escuchaba un zancudo y estábamos en la mitad de la plaza, hasta los negocios de al rededor bajaron el volumen y solo se escuchaba la voz del Indio Rómulo que iba penetrando en el corazón de la gente, eso es para mí el placer. 

 

¿Cuál de todos los poemas que declama es su favorito? 

 

- No hay un poema favorito. Desde que yo lo comience es el mejor que tengo. Pero el público siempre pide ‘Invocación a Cristo’, ‘Hágame una carta’, ‘Por qué no tomo más’, cosas de esas que son fuertes. 

 

¿Cuál es la historia de ‘Por qué no tomo más’? 

 

- Ese poema no es colombiano, es argentino, pero yo lo adapté al personaje.  

 

¿Qué se necesita para transmitir lo que se transmite en ese poema? 

 

- Eso es poner en práctica el teatro que estudié, porque me meto en el personaje, tú viste que hago dos personajes en el mismo poema, hago de papá y de hijo que tiene 8 o 10 años. Interpretar a un niño no es fácil, las figuritas y adornos que hago permiten hacer el poema más profundo. 

 

Por ejemplo, en ‘Hágame una carta’ la historia que se cuenta es la de un campesino que baja todas las semanas al pueblo para preguntar si le ha llegado una carta para él o para su señora. Y la telegrafista, como siempre, le dice que no. El campesino al ver la situación, le dice: “sumercé hágame un favor, mi señora está esperando una carta. Hágasela usted”. Y comienza a dictarle la carta con todo lo que está sintiendo. La señora se está muriendo de pena moral, porque criaron al muchacho, se fue a la ciudad y se olvidó de los viejitos. Porque encontró el trago, el cigarrillo, las viejas y se olvidó de los viejitos que lo criaron con tanto amor. Y al final de la carta, él le dice que tranquila que ya pronto viene y por eso se tiene que poner buena para que él pueda llevárselos. Es muy lindo el poema. 

 

¿Qué ha sido lo más difícil de la carrera? ¿Que ha tenido que sacrificar por la carrera? 

 

- Lo más inmensamente doloroso fue la perdida de mamá, fue el ser más divino, la adoré al extremo, ella me adoró hasta donde no pudo más, por eso adoro a mi mujer porque ella la comprendió en sus últimos años. La hija de un general de la Guerra de los Mil Días, hermana de tres curas, era tan amable, tan gentil. Yo le pedía a mi Dios que no se la llevara todavía, pero ya estaba en edad. Y aquí estoy.  

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