El rostro de una cultura invisible

Danna Camila Muñetones Ortiz, Comunicación Social y Periodismo

Las obras artísticas de Carlos Trilleras se extienden, como islotes, dentro de la urbe bogotana, expresando lucha, libertad y resistencia. 

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Carlos Trilleras trabaja en su obra titulada Resistencia Kuna
Crédito: Carlos Trilleras

El francés David Ducoin tomaba en 2006 la fotografía de una indígena de la comunidad Kuna en Panamá. Ocho años después, el colombiano Carlos Trilleras pintaría el rostro de esta mujer en una pared del Callejón del Embudo, al lado de la plazoleta del Chorro de Quevedo, en el centro de Bogotá. El trabajo final de este artista se convertiría más tarde en uno de los murales más representativos de la Candelaria, no solo por sus colores, sino por la expresión de la anciana, su fuerza y, sobre todo, su mirada. Este mural sería el rostro visible de una cultura, para muchos, invisible. 

 

Empezamos el recorrido en el café galería Nuestra herencia, ubicado en la calle 11 con segunda, al final de una vía de tejados de barro cocido, numerosas ventanas, balcones de madera, gruesas paredes de adobe y bahareque, faroles negros y puertas anchas de madera. Una calle que recuerda, aunque sea brevemente, a la Bogotá de nuestros tatarabuelos. El establecimiento, desde la fachada hasta el segundo piso, no solo se caracteriza por el aroma a café, sino por los murales y cuadros de un artista tolimense que empezó a pintar desde que tenía aproximadamente 8 años.  

 

La tragedia de Armero, en 1985, no solo impactó a los más de 20.000 muertos que aún llora Colombia; también transformó a Carlos Trilleras quien tuvo que salir, junto con su hermano, del municipio del Líbano a Lérida, en el Tolima.  Como no tenía un núcleo familiar estable, pues sus padres se habían separado y él se había quedado con su hermano mayor, empezó a pintar la publicidad de los locales de su barrio. Bar donde Pedro, Punto del sazón, escribía en sus ratos libres, mientras sus compañeros hacían la tarea. “A mí me engomaba harto eso, entonces yo les decía no, no me paguen y muchas veces no recibí dinero”. Sin embargo, era así como, en la escuela, compraba un vaso de colada con pan, su merienda favorita que costaba 20 pesos. 

 

Treinta años después, desde la mesa esquinera del café Nuestra herencia, viendo uno de los primeros cuadros que hizo en su juventud, Trilleras recuerda su propia herencia, que no tiene nada que ver con el arte. Su familia, en la cual ninguno es artistase negó a apoyarlo. Por eso, cuando salió del colegio, algunos años después de que su profesora lo impulsara a marcar los cuadernos de sus compañeros y a pintar los letreros de las asignaturas en los salones para ganar dinero, se sintió solo. “Sentía para dónde iba, pero no sabía cómo”, dice Trilleras con su miraba fija en las líneas marrón de la mujer embera que decora el lienzo pintado por él años atrás. 

 

Salimos del café, cruzamos la calle y giramos a mano izquierda por la carrera segunda. Nos encontramos, solo a unos pasos, con el mural de El indio lleno de colores vibrantes: amarillo, rojo, verde, azul, morado y blanco; un mono en sus hombros, plumas en su cabeza, humo saliendo de sus labios y el universo a sus espaldas. “Esa imagen que usted ve ahí es mi papá. Todo el mundo lo ve y me pregunta, es que usted lo idolatra, es que su papá es un taita, es un indígena de la comunidad no se qué. No. La razón de eso es que mi papá siempre se quiso ver de esa forma, siempre tuvo eso en la cabeza. Él ya va para los 70 años y siempre quiso verse como una persona de plantas, de saberes y de conoceres, pero no en una cuestión formal”. 

  

Rafael Trilleras, su padre, siempre vio su arte como un problema, pues para él no había futuro en este oficio. Cuando pequeño le colaboraba a su hijo con lo que fuera, menos con lo que tuviera que ver con la parte artística. Cuando salió del colegio, recuerda Carlos, aunque rara vez se sentaban a dialogar, se reunieron para hablar de su futuro. Rafael le dijo que se fuera a Ibagué a estudiar y que él le ayudaba con todo, menos con lo que tuviera que ver con la pintura. Entre risas, el artista cuenta que le dijo: “bueno, papá, entonces muchísimas gracias, pero ese no es el caso”. Su mamá tampoco es la excepción, ni los otros hermanos que tiene. “Yo nunca reniego de eso, ni lo digo de una forma triste. Si esto se vuelve a repetir, yo quiero que no me apoyen nunca”. 

 

Mirando su obra, recostado en la pared al otro lado de la vía, cuenta que él hizo todo el estudio: tomó la fotografía, creó los penachos, el contraste y después se dispuso a pintar alrededor de un día entero, con vinilos y lacas, como suele hacer con la mayoría de sus murales. Entonces, trajo a su padre a La Candelaria para ver el resultado final.  

 

–¿Y cuál fue su reacción? 

–No, eso no fue ninguna reacción. Él no es casi efusivo. Pero es bueno el ejercicio de mostrarle y decirle: mire que no fue un arrebato, esa es mi vida, para eso estoy. O sea, él lo sabe, pero hay un silencio total con todo eso.  

 

Seguimos caminando aproximadamente dos cuadras por la carrera segunda hasta llegar a la plazoleta del Chorro de Quevedo. Allí, en medio de los artistas, vendedores y visitantes del lugar histórico, Trilleras camina despreocupado. Sabe a dónde va. Nos encontramos con una calle angosta, llena de casas juntas que hoy son, en su mayoría, comerciales. Allí, en el Callejón del Embudo, descendemos menos de media cuadra por el camino de piedras, hasta llegar al mural donde cientos de colombianos, ecuatorianos, norteamericanos y franceses se han tomado fotos. Nos quedamos mirando a la indígena que posa sus ojos en el cielo azul. Algunas personas, mientras tanto, se tropiezan con nosotros cuando pasan. Es una calle de movimiento constante, de dinamismo, de contrastes. La indígena parece no hacer estorbo, aunque nosotros sí; ella se mimetiza con el lugar.  

 

En la pintura, el muswe –pañuelo rojo estampado en amarillo–, resalta entre las molas o mulas –cuadros coloridos de tela– que se han convertido en la bandera del pueblo Kuna Yala. La representación de esta comunidad a través de las manos de Trilleras es el resultado del largo caminar del artista en la búsqueda de su propia voz; travesía que lo llevó a estudiar Diseño Gráfico en Ibagué y a abandonar la carrera cuando le faltaba muy poco para reclamar su diploma. Desde allí, e incluso desde antes, entendió que el único camino para ser un artista, uno verdadero, era explorar sus raíces y sus ancestros.  

 

Entró así a la Universidad Francisco José de Caldas a estudiar Artes plásticas y visuales. Se retiró al semestre, porque vio que lo formaban para vender, no para entenderse a sí mismo. En ese camino encontró a Ghiger con su “mente perversa y cuestión áspera”, a Leonardo Da Vinci con el sfumato, a Van Gogh con la yuxtaposición e incluso a Alejandro Obregón con el óleo, quienes lo ayudaron, como sus referentes, a explorar la historia del arte y, en últimas, a explorarse a sí mismo.  

 

Así como lo apasionaba la historia artística de Europa, descubrió que lo apasionaba aún más la historia de las comunidades indígenas: de sus luchas, vivencias, conocimientos y tradiciones. Por eso, cuando pintó Resistencia Kuna, en su mente estaba vivo el año 1925 y se imaginaba cómo los indígenas de esta comunidad se rebelaron ante las autoridades panameñas, en respuesta a la occidentalización forzada a la que fueron sometidos. La resistencia, pues, estaba en sus venas.  

 

–¿Le tiene cariño? le pregunto a Trilleras viendo su obra kuna. Él se ríe. 

 

– Me acuerdo siempre de todo lo que me ha dado, más bien. Todo lo que me ha formado, todo lo que me ha enseñado, todo lo que he vivido y viajado gracias a ella.  

 

Edward Ordoñez, su aliado comercial y amigo, recuerda el día en el que la pintó. “Él es sigiloso como un cocodrilo, cuando se mete, se mete”, dice rememorando no solo esa obra, sino las más de veinte que ha visto pintar.   

 

 “Con esta imagen pasa algo muy vasto. Sumercé le toma una foto y ella cobra vida, usted le ve esa fuerza”, dice Trilleras. Un alemán que ve su obra dice que: “en los ojos, en su expresión, no hay muerte, sino vida.” Cuando oye comentarios de su obra, Trilleras escucha atentamente y sonríe; no hace ningún comentario. “Sabe escuchar, pero también hablar”, dice Rodrigo Aguirre, su amigo desde hace 22 años. 

 

Nos alejamos del mural bajando la cuesta lentamente. Hablando aún de la indígena, Trilleras recuerda que al Mercado de Pulgas San Alejo, en donde trabaja desde hace 9 años con su amigo Aguirre y en donde vende sus camisetas a treinta y cinco mil pesos, han llegado turistas que le confiesan que han venido a Bogotá solo a ver esta obra.  Incluso un día Trilleras cuenta que la vio plasmada en un avión de Avianca o de American Airlines que invitaba a los espectadores a visitar Bogotá. 

 

“El artesano urbano”, como lo llama una visitante del centro histórico de la capital, reconoce, mientras esperamos para pasar la calle, que probablemente gracias a su constancia y pasión su papá ahora es más sensible con el arte y con su trabajo. Finalizamos el recorrido una cuadra más abajo donde un mono se posa en el hombro de un niño de la comunidad Nukak Makú. Mirando su pintura, Carlos Trilleras dice, más para sí mismo que para mí: “esto aún no ha comenzado”.  

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