¡Coronados!

Nicolás Ricaurte Fernández, Comunicación Social y Periodismo.

La llegada del covid-19 al territorio colombiano trajo grandes cambios a la vida de las personas. Algunos conciben el aislamiento como normal, otros, como inquietante. Sin embargo, la mayoría lo ve como una oportunidad para cambiar su comportamiento con el planeta.

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Foto: Nicolás Ricaurte Fernández

Hace unas semanas, María José Fernández se alistaba con normalidad para salir al supermercado más cercano. Eligió las prendas informales de su preferencia y se vistió en el amplio baño de su casa en Cajicá. Antes de partir, se aseguró de preguntarle a cada uno de sus hijos si tenía algo en mente para el almuerzo, pero no hubo ninguna petición en particular. En el camino de la tienda a la casa, caminaba unos cuantos metros, saludaba a sus vecinos y disfrutaba del aire fresco. En ese momento no sabía que su vida cambiaría de tal manera, porque hoy se encuentra confinada.


“Hace 20 días no salgo de la casa, porque yo no me puedo exponer a contraer la enfermedad y ahora solo hay una persona que sale a comprar las cosas del día a día”, dice María José en un tono para nada alarmante. Este nuevo virus, el COVID-19, que mantiene a la mayoría de los colombianos en sus hogares, se originó el año pasado en Wuhan, la ciudad con mayor población en la zona central de China.


Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), este nuevo coronavirus tiene una transmisión zoonótica, es decir, se propaga de los animales al ser humano. Aunque aún no hay una certeza completa sobre el animal que transportaba el virus, las recientes investigaciones señalan que el pangolín, que es el mamífero más traficado, pudo ser quien infectó a los asiáticos en primer lugar.


Al igual que millones de colombianos, María José se sometió a la cuarentena y dejó de visitar a su madre por miedo a exponerla a un posible contagio debido a su avanzada edad. “Es muy duro pasar de ver a tu mamá en persona dos veces a la semana, a solo poder verla a través de la pantalla del celular”, asegura María José mientras se encuentra sumida en sus pensamientos.


Aprendiendo a distancia


El sector de la educación colombiana se ha tenido que adaptar ante la propagación del COVID-19 y, acatando las órdenes del decreto 457 de 2020, se vio en la obligación de suspender las clases presenciales, dando paso a las remotas. Esto supone un gran reto para el Estado, porque un 96% de los municipios no están preparados para ejecutar las clases en medios virtuales, ya que solo un poco más de la mitad de los estudiantes de grado once cuentan con computador e internet, según datos del Laboratorio de la Economía de la Educación de la Pontificia Universidad Javeriana, que realizó un estudio en 2018.


Se podría decir que en la educación superior colombiana se respira un aire distinto en cuanto a las clases remotas. Sebastián Arévalo vive en Sopó y antes de la cuarentena se desplazaba por la Autopista Norte hasta la entrada de la capital colombiana para recibir sus clases en la Escuela Colombiana de Ingeniería Julio Garavito. Ahora el estudiante de séptimo semestre de Economía vive una experiencia nueva desde su casa, en donde ahora acoge las enseñanzas de sus maestros por medios virtuales.


“Evité el pánico inicial que se generó a causa del virus y no he tenido problemas con mi vida. Sin embargo, noté que me concentro menos en las clases y ando más disperso”, dice Sebastián. Esta situación también la viven muchos jóvenes universitarios como Camilo Rodríguez, estudiante de ingeniería agrícola en la Universidad Nacional de Colombia, quien siente que las clases virtuales lo limitan y no le permiten desarrollarse en un campo práctico.


“Hay ciertas clases que son densas y muy complejas de entender, ahora con la situación virtual la dificultad es mayor. No existe una conexión con el profesor y los temas no son explicados a profundidad, siento que estoy perdiendo mi tiempo”, dice Camilo, quien vive en Cajicá, donde la tasa de infectados está sobre las 6 personas.

A pesar de mantener la tranquilidad en estos tiempos inciertos, Sebastián está preocupado por la continuidad de su carrera, pues las circunstancias parecen no mejorar. “Ya se ha visto cómo cancelan las ceremonias de grados y no quiero que eso me pase a mí. Todavía estamos a tiempo de que esta situación cambie, pero si esto no sucede, yo no pagaría por un semestre virtual”, dice Sebastián.


Con todo, este evento sin precedentes no tiene un aspecto negativo del todo para estos universitarios, que ahora cuentan con mayor tiempo libre en sus casas y lo han aprovechado para llenarlo con sus hobbies, como la lectura o los videojuegos.


A seguir produciendo


La fácil propagación del COVID-19 es alarmante, según la OMS las gotículas que provienen de la nariz o la boca pueden transmitirlo, e inclusive este puede llegar a vivir en las superficies donde caen estas gotas. Evitar el contacto y mantener un lavado constante de manos son las recomendaciones principales para prevenir el contagio.


Luis Carlos Ricaurte tiene distintos horarios, algunos días se despierta a las cuatro de la madrugada para llegar a tiempo a su trabajo en Alpina. Esta semana pudo tener unas horas más de sueño, entró a las dos de la tarde, aunque la pandemia que vive el mundo no modificó su ida diaria a la empresa. Estudió ingeniería de alimentos y obtuvo un puesto en el laboratorio, en donde verifica la calidad de la leche que ingresa y da el visto bueno para que el proceso de fabricación de productos continúe.


“Cuando elegí mi carrera supe que estaba entrando a suplir una de las necesidades básicas del ser humano, que es la alimentación. Una sociedad no se puede mover sin nada en su estómago y eso me daba a entender cuál iba a ser mi papel en la cuarentena”, dice Luis Carlos, quien se muestra agobiado por no poder salir de su casa a hacer su actividad favorita, correr.


A diferencia de Luis Carlos, otra parte de la población colombiana pudo realizar su trabajo desde casa utilizando las herramientas tecnológicas para conectar con sus colegas y lograr los objetivos propuestos por la empresa. Diego Ricaurte hace parte de ese selecto grupo, trabaja en el banco BBVA y allí se desempeña en el área de mercadeo.


“La mayoría de mi trabajo se realiza mediante plataformas en línea, por eso el cambio no fue tan duro. Sin embargo, al estar en la casa no se distinguen las fronteras entre trabajo y descanso, además es necesario mantener a la comunidad informada sobre la situación y lo que está haciendo el banco al respecto”, dice Diego, quien no ha tenido tiempo para hacer lo que ama, entrenar en su bicicleta.


Manteniéndose en forma


En los tiempos de cuarentena es muy complejo realizar ejercicio, especialmente por las limitaciones del espacio o la falta de elementos que permitan mantener a la persona en constante movimiento. Juan Pablo Ricaurte iba casi todos los días al gimnasio sin falta alguna, pero ahora le es imposible y ha tenido que ingeniárselas para no perder la costumbre.


“Mi gimnasio no cerraba sus instalaciones y me seguían contando los días a pesar del riesgo de contagio. Aquí en mi casa la situación ha sido diferente, he estado ejercitándome gracias a la ayuda de una aplicación que me da ejercicios personalizados con los elementos que tengo aquí”, dice Juan Pablo, quien sale ocasionalmente a pasear a su perra Lola gracias a los 20 minutos que se otorgaron para el bienestar de las mascotas.


Al igual que Juan Pablo, millones de personas alrededor del mundo se muestran angustiadas por la falta de ejercicio, ya sea por motivos de salud mental o física. En Colombia, como en otros países, se ha adoptado un modelo que abre la posibilidad de realizar ciertas actividades físicas en tiempos limitados y en lugares previamente evaluados para evitar la agrupación de personas y el contagio masivo.


La naturaleza retoma lo suyo


La humanidad vive una crisis nueva para la cual no tenían preparación alguna. Hay más de 1’300.000 personas infectadas con el COVID-19 y aproximadamente 70.000 muertos por los efectos de este virus, que afecta primordialmente al sistema respiratorio.


Para muchos, la cuarentena se volvió un espacio para reflexionar sobre sus acciones y conectarse con la tierra, como sucedió con Sebastián Arévalo, quien se muestra abierto al cambio luego de que la pandemia termine. “Me apasiona el tema del cambio climático y con la reducción de la actividad humana se ven cambios evidentes en la mejora de la calidad del aire, tenemos que someternos a un compromiso para que en un futuro no nos estemos lamentando”, dice Sebastián.


Como raza humana nos estamos dando cuenta del daño que le causamos al planeta al contaminar, invadir territorios y cazar animales. Ver imágenes de zarigüeyas con sus crías en la ciudad o de un zorro caminando por la vacía Bogotá, son evidencia de que la naturaleza nos está mandando un claro mensaje, el verdadero problema somos nosotros.

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