Educación pública: ni suficiente ni tan buena

Leonardo Londoño, Comunicación Social y Periodismo

El desfinanciamiento de la educación, Fecode y Ser Pilo Paga, algunos de los problemas que lista Moisés Wasserman, ex rector de la Universidad Nacional.

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Hasta ahora, lo había visto tres veces, pero siempre escuché hablar de él. En una ocasión, me encontré, por un trabajo provisional, entregando un domicilio en su puerta. Jamás lo vi como una celebridad, porque él es un tipo al que uno respeta en silencio, como se respeta a quienes, en efecto, merecen respeto alguno. Empero, debo confesar que cuando noté que era él, o, más bien, que era yo a la entrada de su apartamento, sosteniendo una torta, me emocioné e incluso me puse un poco nervioso. Una tontería de adolescente, pero siempre admiré a la gente inteligente que no hace escándalo.

Señor Wasserman, un gusto, le dije. Buena noche, joven, igualmente, me miró un tanto desconcertado y preguntó ¿Cuánto sería? Me pagó y eso fue todo. Cuando lo localicé para esta entrevista, fue todo lo amable que pudo, el único obstáculo fue que no se encontraba en el país y tuvimos que hablar vía Internet, y, sin embargo, a través de la imagen pixelada —que, como los tiempos en que vivimos han querido, no se diferencia mucho de una ventana en un día gris para alguien, como yo, miope—, aún comunicaba, por medio de sus ojos cansados, la sabiduría y la amabilidad de alguien que sabe o cree saber para qué trabaja o, lo que me pareció que era los mismo, para qué vive.

Moisés Wasserman se formó como químico en la Universidad Nacional de Colombia y realizó dos doctorados en el exterior, uno en Israel, el otro en Estados Unidos. Cuando volvió al país, se vinculó al Instituto Nacional de Salud, que presidió durante tres años y en el cual construyó un laboratorio investigativo en química. Posteriormente, empezó a trabajar en su alma máter, donde fue rector por seis años, decano por dos en la Facultad de Ciencias y siempre docente.

Se pensionó después de la rectoría, hace seis años. Actualmente, hace parte de la Misión de Sabios, proyecto sobre el que debe entregar un informe en 10 meses, en lo tocante al foco de ciencias básicas, cuyo objetivo último es tratar de convencer al país de que las ciencias básicas son fundamentales para el desarrollo nacional. Luego de escuchar su resumen, hay un pequeño silencio; no de esos incómodos sino aquello que indican que ambos comprendemos hacia dónde se dirige la conversación. La educación pública en Colombia es demasiado convulsionada. Pero primero lo primero.

—En la UNAL el ambiente es históricamente famoso por ser movido, ser rector de la universidad pública más importante de Colombia debe dejar mucho que decir ¿es un puesto realmente académico o es más bien político?

—Mucha gente piensa que es político y, sí, tiene un contenido político, porque le toca a uno enfrentar y negociar muchas posiciones del gobierno y de diferentes grupos sociales por dentro y por fuera de la Universidad. Pero yo no soy político, yo siempre fui académico; creo, además, firmemente, que los rectores deben ser académicos, que tengan capacidad de dialogar, pero que sean fundamentalmente académicos. Yo siempre me sentí en un cargo académico, mucho más que en un cargo político. El nombramiento en la Universidad Nacional, desde su fundación hasta el 91, o poco después del 91con la nueva constitución, lo hacía el presidente, con lo que el rector era prácticamente un delegado del Ejecutivo. Pero después de la constituyente, el nombramiento lo hace un consejo, en el cual el gobierno tiene presencia, claro, pero existen distintos representantes. Por lo tanto, los consejos en los cuales yo estuve eran consejos de una visión mucho más amplia.


—Pero supongo que eso no le quita lo complicado ¿verdad? Particularmente en la coyuntura actual, aunque del siglo pasado de seguro hay mucho que discutir, estar vinculado al sector público representa distintos retos ¿cuáles diría usted, como rector y como docente, que son las principales dificultades y, por qué no, fortalezas?

—Pues hay muchas complicaciones y dificultades. Existe la necesidad de abordar de manera distinta cada generación. Ni siquiera digamos generación; cada nueva cohorte de estudiantes viene con un perfil distinto y con unas necesidades diferentes y la universidad tiene que responder a eso. Precisamente, uno de los proyectos en los que más nos concentramos fue en una reforma académica, que logró reformar la estructura administrativa de la Universidad y todos los currículos. Eso ya es una gran dificultad en sí, pero adicionalmente la universidad pública es un medio muy efervescente, con muchos grupos con visiones diferentes. Me atrevo a decir que la universidad, en general, no solo en el país, sino en el mundo, es una institución bastante conservadora; a pesar de que dice estar dispuesta a los cambios, cuando llegan encuentran mucha resistencia. Entonces hicimos esta reforma y creo que hoy en día todo el mundo aceptó que era conveniente y necesaria. A pesar de que, en teoría, por entonces, todos decían algo similar, o al menos lo reconocían en silencio, la oposición fue muy dura. Cambiamos el Estatuto Estudiantil, que tenía más de 30 años. Era un Estatuto que no estimulaba la bondad académica. Teníamos personas que decíamos que se iban a pensionar de estudiantes. Llevaban casi 20 años en la universidad. No obstante, para cambiar el Estatuto tuvimos que enfrentar hasta huelgas de hambre. Tuvimos muchos encontrones con el gobierno y con varios sectores sociales, pero, al final, creo que todo se resolvió de manera bastante pacífica.


—Eso es cierto, si uno mira el caso históricamente. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos, la educación pública en Colombia sigue evidenciando múltiples problemáticas; por nombrar algunos casos recientes: el desfinanciamiento, Fecode, Ser Pilo Paga… Sería difícil decir que no existe una crisis de base.

—Sí, voy a resumir en dos frases la problemática, y es que: no tenemos suficiente y no es suficientemente buena. Es decir, nos falta cobertura y nos falta calidad. Ahora, hay que ver el otro lado, avanzamos mucho en cobertura y avanzamos mucho en calidad. Comento, cuando yo era estudiante, ya me gradué hace 50 años (sonríe y niega con la cabeza), solo el 4 por ciento de los jóvenes en edad estudiábamos en la universidad, ahora pasó a más del 50 por ciento. Mejoramos sustancialmente en cobertura, eso es innegable. El problema es que el promedio en los países de la urbe a la cual estamos entrando es del 80 por ciento; esa es la cobertura que planeamos tener en 2030, es decir, nos falta. Esa diferencia del 30 por ciento es comparable al tamaño de toda la universidad pública en Colombia. Ahora, tenemos universidades buenas, egresados excelentes que tienen éxito en todas partes, cosa que no es uniforme. También hay instituciones mediocres, algunas incluso se pueden calificar como malas. Es decir que, a pesar de que tenemos cobertura, es muy desigual, también a nivel regional: las mejores universidades están ubicadas en cuatro ciudades. Un factor muy central en la calidad de la educación en todo el mundo es la capacidad de las universidades para hacer investigación. Creo que todas las mejores quinientas son reconocidas como universidades de investigación; se entiende que la investigación es una variable fundamental para la buena educación. En Colombia son pocas las universidades que de verdad la hacen, es un factor un poco olvidado. El lado bueno es que se ha construido una estructura de calidad, un sistema de registros que exige unas condiciones mínimas, que no existía hace unos años y que se prestaba para, digamos, estafas académicas. También existe el programa de acreditación institucional, que estimula la calidad de la educación. Hay aspectos buenos, pero nos falta en esos dos campos.

—Claro, y es que existe una diferencia entre las políticas de Estado y las políticas de gobierno. Quizá todo se debe a que, en Colombia, se ha tratado la educación como la política de gobiernos particulares, y no como un proyecto de Estado.

—Yo creo que nosotros tenemos, en Colombia, una situación crónica de divorcio entre el discurso y los hechos. Yo, desde que me conozco, escucho que todos los gobiernos dicen que la educación es lo más importante. Sin embargo, desde antes de la ministra Cecilia María Vélez, que fue la ministra del presidente Uribe durante ocho años, el periodo de duración de un ministro era inferior a un año, en cien años; los cien años antes de ella ese era el promedio. Eso ya indica que en la práctica la educación era vista como secundaria. Hoy en día, y seguramente es cierto, los índices muestran que el promedio más alto de inversión en el país es para la educación, pero eso también tiene matices. Es cierto, es el presupuesto más alto, pero eso incluye cosas que no son exactamente educación, como la alimentación escolar, la construcción de colegios, y realmente si se compara la inversión del país por cada estudiante en educación básica, media y superior, existe mucha diferencia con los países a los cuales queremos parecernos. Hay una franja, que es la educación preescolar, que está supremamente baja; no llegamos, creo, ni siquiera a un veinte por ciento de cobertura. Los psicólogos hoy, en el mundo, dicen que precisamente esa es la franja más crítica en la formación del futuro ciudadano. Sí, los presupuestos han crecido. Sin embargo, uno piensa que la cosa no es tan en serio como dicen los discursos.

—En ese sentido ¿cree que los gobiernos han tomado iniciativas serias para subsanar esos problemas? Por ejemplo, una de las situaciones más recientes, hace relativamente poco, fue la de Ser Pilo Paga. Algunos argüían que era un proyecto para desfinanciar a la universidad pública, que en realidad era algo más negativo que nada, porque la educación pública es, en últimas, la columna vertebral del desarrollo de un país.

—Yo varias veces he planteado mi posición, que es bastante contraria a la de mis colegas. Siempre he estudiado y trabajado en instituciones públicas. No obstante, creo que hay que ser realistas y hay que mirar las cosas como son. Y en Colombia la educación [superior], pública y privada, es de tamaños similares; ambas cubren aproximadamente un 50 por ciento del total. Más o menos es así, con pequeñas variaciones. Si queremos llegar a la cobertura que se pretende, tenemos que, de alguna forma, prácticamente duplicar alguno de los dos sistemas, cuantitativamente. Claro que no hay que pensarlos como dos cosas distintas. Ahora, si pensamos, como piensan muchos, que la educación tiene que ser solamente pública, eso implicaría no solo crecer al doble, sino además absorber todo el sector privado, que sería simplemente un esfuerzo imposible, y quienes lo dicen creo que no han usado la calculadora.

Por otro lado, creo, también en forma heterogénea, pero es un hecho, lo visto, que la educación privada, en una gran parte, es una educación buena, responsable; hay universidades privadas muy comprometidas. Universidades que, según la definición de la constitución, por cierto, prestan un servicio público. No es tan importante su origen, sino que la educación es un servicio público. De tal forma que creo que lo realista y lo justo es un desarrollo armónico y tratar que toda la educación tenga la calidad de las buenas universidades, privadas o públicas. Y, por otro lado, tampoco veo que sea pecaminoso que un gobierno de becas a sus jóvenes de bajos recursos. Me parece bien, directamente lo he dicho. Ese argumento de que eso le está quitando plata a la educación pública es un ejemplo de que vemos a la contabilidad como una contabilidad en suma cero. Es decir, si se le da a uno es porque se le quita al otro y eso no tiene por qué ser así. Casi todos los gobiernos que tienen educación privada tienen sistemas de becas muy generosos. De tal modo que yo creo que se debe concentrar el esfuerzo en un crecimiento armónico y en apoyar a los jóvenes. Fíjese que lo que se logró, a la larga, mirándolo con un año de distancia, con el ataque al programa Ser Pilo Paga, es que diez mil jóvenes, que hubieran podido estudiar, no tienen beca, porque el número de cupos no creció en la pública por el hecho de que se haya eliminado el programa. Tal vez muchos de los que hubieran sido Pilos pudieron entrar en la universidad pública, pero, como los cupos no crecieron, hay tantos otros jóvenes que no estudiaron. El resultado neto es ése, diez mil jóvenes sin entrar a la universidad. Además, creo que también es una visión errónea. Lo que he planteado es que se deben crear más programas con muchas más especificidades. Porque está bien apoyar a los jóvenes de bajos recursos que son pilos, pero hay que también ayudar a los de bajos recursos que no son tan pilos, pues en la educación básica y media es definitivamente superior la educación privada, y por lo tanto hay muchos que tendrían dificultades de acceso. Y hay muchos pilos que no tienen tan bajos recursos, pero que no son ricos, y la universidad privada de alta calidad es costosa, con lo que hay que crear un programa para los que son pilos, pero no son tan pobres, porque de lo contrario terminamos obligándolos a entrar a universidades de más baja calidad, en general, o a endeudarse y comprometer su vida laboral. Por lo tanto, creo que es torpe, es miope oponerse a programas de becas estatales.

—Y no obstante es innegable que existe un desfinanciamiento en el sector público. Hace poco, miles de jóvenes en Bogotá, y en todo el país, salieron a marchar por sus universidades públicas, porque no tenían plata para terminar el semestre. Las que no cancelaron semestre, cursarán tres semestres este 2019. En el caso de la Universidad Nacional, por ejemplo, se dice que los edificios se caen por falta de mantenimiento.

—Eso tiene que ver algo con lo que mencionaba de que nosotros tuvimos varios encontronazos con el gobierno. A raíz de una declaración que hice, y muchos rectores de hecho pagamos anuncios en la prensa, acerca de una inconformidad que había con respecto a la ley 30, que se aprobó poco después de la Constituyente, y que definía la estructura de financiamiento de la universidad pública, hubo desacuerdos. Tenía un par de artículos que definen cómo puede crecer el presupuesto de la universidad pública y determinó, en ese momento, el presupuesto general, lo que de entrada dejó a algunas universidades con presupuestos bastante exiguos, pero además de eso definió que cada año el presupuesto iba a crecer de acuerdo al Índice de Precios al Consumidor, al IPC. El ponente fue un exrector de la Universidad Nacional, el profesor Mosquera, o sea que obviamente su intención era que eso se entendiera como un “al menos con el IPC”, pero los gobiernos hasta ahora, todavía, lo han interpretado como un “solo con el IPC”. El hecho es que el costo de la educación superior crece muy por encima del IPC. Primero, porque las universidades crecieron. El costo no se calculaba por estudiante, sino de manera global. Y al crecer las universidades, en algunos casos de forma extrema, como la Universidad de Pamplona, que se duplicó o cuadriplicó, quedaron con el mismo presupuesto, con lo que se disminuye el tamaño de la inversión por estudiante. Pero, además de eso, la educación, acá y en todo el mundo, repito, crece muy por encima del IPC, porque hay que hacer actualización tecnológica, actualización docente. Ahora hay que contratar profesores, evidentemente, con doctorado, que cuestan más. También hay sistemas de estímulos, como que los profesores tengan actividad académica, como artículos, libros… eso también aumenta el salario. Ahí está uno de los mayores costos. Hay que renovar laboratorios, talleres. Cuando salió la ley 30 había un computador grande por universidad; ahora las universidades están llenas de computadores y tiene que haber Wi-Fi por todos lados. Eso fue generando un desfinanciamiento continuo, permanente, que llevó a la situación de actual.

Todo aquello implicó que los rectores tuvimos que decidir en qué invertíamos. En el caso de la universidad nacional, decidimos que lo más importante era mantener la calidad de la enseñanza y la investigación; entonces invertimos en laboratorios, invertimos en profesores: más del 50 por ciento tienen doctorado. Obviamente, eso a costa de otras cosas. Ahora muestran problemas de construcción. Tampoco es que se hayan acabado las construcciones, pero sí, indudablemente existen las carencias. También hay que reconocer que las universidades públicas se han mantenido en los mejores puestos de todos los rankings, del país y de la región, eso, por supuesto, requirió una inversión. Todo para concluir que hay un desfinanciamiento crónico que no se solventa con una adición. Claro, cualquier adición es bienvenida, pero el desfinanciamiento está implícito en la ley de educación superior.

—Y entonces ¿qué se hace? Porque bajo esa lógica el problema se agrava con cada año que pasa. No, con cada semestre, y no es sostenible una protesta de semejantes dimensiones cada siete y ocho meses.

—Cuando discutimos con la ministra María Fernanda Campos la modificación de la ley 30, desde ASCUN (Asociación Colombiana de Universidades) y desde el SUE (Sistema Universitario Estatal), propusimos algunas cosas. Para ponerlo muy simple, lo que nosotros insistíamos era que tenemos que construir un sistema de financiamiento sostenible a largo plazo; que no es posible estar pidiendo periódicamente una adición presupuestal, eso no sirve así. Tiene que ser algo sostenible a largo término, que le permita a la universidad crecer y mantener la calidad. Se proponían varios mecanismos con diferentes discusiones. La posición más sencilla era simplemente decir que el gobierno dé más plata, pero no es algo cien por ciento realista, en mi opinión. Hay que buscar distintas fuentes para lograrlo y, más o menos, propusimos el esqueleto de un sistema de financiamiento sostenible. Desafortunadamente, eso no se ha logrado.

—Hablando en tema de financiamiento, en ese aspecto también hay muchos desacuerdos. Hay quienes dicen, incluso, que se gana lo mismo no estudiando y trabajando de una vez, que esperando a pagar la deuda tan brava —lo coloquial se me escapó, ambos reímos— que deja un sistema como el Icetex. Por eso hay sectores que buscan acabar dichos sistemas.

—Hay mucha gente, y creo que están ahora en comisiones para eliminar al Icetex, y me parece que sería tan malo como eliminar los sistemas de becas del gobierno. Porque es una fuente para estudiantes de clase media para financiar sus estudios. Lo que sí es muy importante es que no se convierta al pago del préstamo en un impedimento para el desarrollo posterior, y hay varias maneras de lograrlo. Una de las propuestas que está hoy en día circulando, incluso por unos profesores de la Universidad Nacional, que no son sospechosos de neoliberalismo, porque son bastante de izquierda (vuelve a reír), es un sistema de pago dependiendo de los ingresos. Es decir que solamente paga aquel cuyos ingresos sobrepasan cierto umbral y proporcional a ellos, sin afectar su desarrollo. Uno de los problemas que hay actualmente con los intereses altos es que, cada vez más, el posgrado se ha vuelto una necesidad, no un lujo. En el mundo laboral se ha hecho bastante evidente que el pregrado da la instrucción básica y el posgrado la capacidad laboral. El Observatorio Laboral del Ministerio de Educación muestra la gran diferencia que hay entre el primer ingreso laboral de quien tiene simplemente la educación universitaria de pregrado y aquel que tiene maestría o doctorado. La estructura de préstamo que nosotros tenemos, una de las cosas que impide muy seriamente, es el acceso a posgrado. Si alguien tiene que pagar una deuda que absorbe gran parte de sus ingresos, muy difícilmente podrá acceder a un posgrado. Además, es una época en la que la gente forma familias, compra una casa… es tremendamente inequitativo, porque la equidad consiste en que la gente tenga oportunidades iguales. De tal forma que eso hay que cambiarlo, no eliminarlo. Si se elimina, tendríamos que reemplazarlo con un presupuesto de becas que probablemente no esté disponible.

—Dentro de otras propuestas, está aquella que fue planteada por el sector político de la derecha colombiana, que ponía sobre la mesa privatizar la educación para evitar que se dogmatice a los estudiantes. (No puedo evitar mi tono de desaprobación, Wasserman lo nota y vuelve a sonreír).

—Es una propuesta esquizofrénica. La educación pública es realmente la posibilidad que tienen muchísimos jóvenes de estudiar. En el caso de la educación básica y media, más del 80 por ciento es pública. Hay que mejorarla, claro, en muchas materias, pero el primer factor es el de la calificación maestros; el corazón de la educación son los maestros. En Colombia tenemos un problema en su formación; las facultades de pedagogía son, digamos, las menos buenas entre las facultades que tenemos, y, como cosa paradójica, los mejores estudiantes no escogen la carrera de docencia, y los que no son tan buenos muchas veces optan por ella. Eso no sería un problema tan grave si las facultades fueran buenas, porque la gente saldría más preparada. También la educación rural está muy rezagada; con uno o dos maestros que dictan todas las materias, donde los niños tienen que caminar, en los mejores casos, cuatro kilómetros para llegar al colegio… eso definitivamente hay que cambiarlo.

—Por supuesto. Eso si existen las condiciones para que, de verdad, los maestros de calidad surjan o, mejor dicho, se multipliquen. Algo tienen que ver con este tema en particular las recientes manifestaciones de Fecode…

—Sí. La verdad es que es difícil y es lento. El problema de formación es de generaciones completas. Eso se puede lograr con acceso a formación continua.

En algunos países no solo los maestros tienen acceso, sino que están obligados a atender a dicha educación. Tienen que renovar su licencia permanentemente, tomando diferentes cursos y actividades especiales. Eso habría que implantarlo, pero cuesta mucho, por supuesto. Obviamente habría que mejorar la formación profesional de los profesores, pero eso tiene impacto a lo largo de años, por eso digo que el proceso es muy lento. Viene acompañado también de los salarios. El pago tiene una cosa y es que viene acompañado de prestigio social, y eso, en los países en los cuales los maestros ganan bien, hace que los buenos estudiantes opten por esa carrera. Lo que le critico a Fecode es su negativa a la evaluación, su resistencia a la calificación, porque un factor absolutamente fundamental es que los profesores tienen que ser evaluados constante y rigurosamente, y la evaluación tiene que tener impacto. La mayoría de los maestros tienen buena voluntad, y si tienen algún problema hay que resolverlo con programas de educación continua. Pero si hay un profesor que es definitivamente malo, hay que retirarlo, porque le está dañando la vida a 20 o 30 niños cada año. Hay que mandarlo a hacer otra cosa. En nuestro sistema no es posible. Seguramente muchos me criticarán por decirlo, pero yo creo que un sistema que no es capaz de excluir a un mal maestro está condenando a niños a una educación mala, más que eso; un mal profesor de matemáticas en primer o segundo nivel de la básica le daña las matemáticas a un niño para toda la vida. Creo que ese es un limitante que Fecode y el sistema educativo, en general, no aprecia lo suficiente.

—De seguro hay mucho más que decir, pero todo esto genera incertidumbre, un sentimiento al que, desafortunadamente, nos estamos acostumbrando en Colombia. Y por eso le pregunto ¿para dónde va la educación, la pública, en particular?

—Creo que va a progresar. Es una pregunta para todo el mundo, porque hay un cambio muy grande. Primero, hay tecnologías que influyen mucho en la educación, como lo que tenemos en este momento (señala el computador y sonríe). Abre muchas puertas, no abarata la educación ni la hace más fácil, tenemos que adaptarnos y aprovecharlo. La educación misma tiene que flexibilizarse cada vez más. El estudiante tiene que tener cada vez más poder sobre su programa de formación, así definiría yo la flexibilidad. No es posible que haya dos profesionales de la misma profesión que sean iguales. Creo que la labor del maestro de ser cada vez más de acompañamiento al estudiante en su búsqueda personal que simplemente dictar una clase. Vi el otro día alguien que quería prohibir los teléfonos en el aula de clase. Me parece totalmente absurdo; se deberían utilizar más, y al que no tenga hay que comprarle uno porque es un instrumento excelente. Va a evolucionar, acá y en todo el mundo. La educación va a ir cada vez más hacia una educación básica fundamental y cada uno tendrá que desarrollarse mediante el autoaprendizaje, porque eso es fundamental. Los cambios van a ser tan rápidos que la educación va a ser cada vez más individual; habrá trabajos nuevos y otros desaparecerán, pero la educación irremediablemente se adaptará, orientada hacia el desarrollo personal, especializado.

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