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Renacer al calor del tropel

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Sophia Martin Peñula, Comunicación Social y Periodismo

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El movimiento estudiantil ha tenido momentos oscuros, pero, como aquella ave fénix que renace de sus cenizas, se levanta en manos de nuevas generaciones que tienen hambre de cambio y justicia.

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Sophia Martin Peñula

Luces, cámara y acción. Corre la película. Corre la vida real de Colombia y su mal. Corre su historia, corren sus leyes y sus pueblos. Corren sus estudiantes, como si de actores fugaces se tratase.


Se congregan en la plaza Ché. Se expresan en el auditorio León de Greiff. Se pronuncian en la entrada de la calle 26.

Esta no es una película cualquiera, en este filme de realidad hasta Tarantino habría de sentirse desconcertado. Ni teóricos, ni políticos, ni filósofos logran entender la complejidad de este pueblo, carente de estrellas hollywoodenses y lleno de productores independientes.


Desde años atrás, el pueblo colombiano ha venido desplazándose entre ideologías y partidos para tratar de definir su esencia. Primero la gran pregunta era si usted era godo o liberal – ¡y vaya si era peligroso responder! – años más tarde, aunque se crearon nuevos partidos y diversas propuestas, seguía siendo fácil tildar a alguien por sus ideas con adjetivos específicos. Si usted era de la élite probablemente hablaba de la derecha, de la importancia del sector privado y de la necesidad constante de desarrollo económico. Por el contrario, si usted hablaba de la desigualdad, de la importancia de educación gratuita y participación política real, era tildado de comunista y años más tarde, de guerrillero.


Se ponen capuchas, salen a hablar con el resto del estudiantado.

Y entonces, los grandes medios, esos que habían sido llamados a ser el contra poder, optan por dejar la balanza desequilibrada. “Los medios suelen cubrir la protesta desde 4 principales encuadres: vandálico, de circo, de confrontación y de debate – comenta Víctor García Perdomo, Doctor de Comunicación y Periodismo y Máster en Estudios Latinoamericanos, sobre lo que explica el paradigma de la protesta – (...) casi siempre los medios tradicionales de comunicación tratan de representar a la protesta y a las personas que protestan de una forma que no es adecuada”. Sin embargo, ¡no desesperen! acá nada es lo que parece y lo que parece suele no ser nada.


El arte se toma el escenario, caen telas, suenan tambores.

La mirada se dirige al techo, se esboza una sonrisa en los labios de un joven y así, las memorias parecen pintar las paredes del cuarto en el que se encuentra. Mientras sus palabras salen, el lienzo en blanco que está detrás de él es el escenario perfecto para quien sabe escuchar. Aunque, para ser honestos, esta es una de las más grandes dificultades que suele tener nuestro país.


“La primera vez que yo vi unos capuchos, estaba en clase de cálculo y ellos llegaron llenos de pintura porque los marcan para saber quiénes están protagonizando los disturbios, eso me causó mucha curiosidad - mientras narra lo sucedido, José Manuel Bonilla, estudiante de Ingeniería Mecánica de La Universidad Nacional, recorre con su mirada cada objeto que se ubica frente a él. Sin embargo, no mira lo que está ahí, mira más allá; mira hacia el pasado. – (...) Luego salí a la entrada principal y estaban en enfrentamientos con el ESMAD. Y la verdad a mí me dio mucha emoción, quería saber qué estaba pasando, quería sentir en carne propia.


José Manuel, quien a diferencia de sus dos hermanos había estado gran parte de su vida en un colegio militar, no se imaginó nunca pensar en que aquellas arengas podían tener algo valioso por contar. Y ahí, sin saberlo siquiera, José había superado una de las más complejas barreras que hemos tenido como nación.


Dejó de lado aquellos conceptos que repetían una y otra vez quienes lo rodeaban – “son unos vándalos, eso no está bien”– y decidió escuchar. Entonces, las voces de los estudiantes caídos en 1929 y 1956 retumbaron con más fuerza, los gritos de los representantes que fundaron la Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE) estallaron en el imaginario colectivo y así una vez más en la cabeza de un solo estudiante se reflejó todo un proceso de evolución, de resurrección del movimiento estudiantil.


Mientras esta película parecía ser un poco más clara para José Manuel tras aquel primer encuentro, para su hermano mayor esto había estado claro desde unos años antes de ingresar a La Universidad Nacional. Él, quien hoy es un egresado de la universidad, guarda en su memoria cómo vivió los primeros semestres de su carrera universitaria.  “No era fácil reunirse todas las carreras en una asamblea para luego llevar propuesta a una asamblea de sede – Santiago Bonilla, explicaba que en ese entonces su facultad, la facultad de Artes, no tenía edificio, una de las trágicas anécdotas que rodean la educación pública - entonces mi participación en esos primeros años fue bastante ausente. (...) Sí, es verdad que existe esta confusión de decir que el movimiento estudiantil es el que tiraba piedra, y yo noté que los estudiantes mismos empezábamos a rechazar eso. Los estudiantes mismos se enfrentaban con los encapuchados”.


Luego el tiempo fue pasando y su generación, según lo cuenta, era un poco ajena a lo que sucedía con la universidad, con el movimiento. Pero mientras él veía su salida como algo cercano comenzó a percibir unos vientos de cambio. Los nuevos estudiantes de primeros semestres eran jóvenes más activos, convocaban asambleas y proponían actividades. No sabe bien por qué o cómo sucedió pero la universidad volvía a sentir a flor de piel las llamas del ave fénix en que se había convertido el movimiento estudiantil.


Y no solo Santiago lo notaba, periodistas de prestigiosos medios como Semana, durante el histórico paro nacional del 21N, publicaron artículos en los cuales la historia del ilustre movimiento era fiel a esta mitológica idea del renacer.  Hablaban de hitos como la creación de la MANE, el primer gran salto conjunto que dieron los estudiantes de las Instituciones de Educación Superior (IES) en camino a un movimiento consolidado. Un movimiento con voz, voto y sobre todo presencia.


El tropel estalla, el campus se ve cubierto de una manta difusa de gas.

Para quienes están ahí por primera vez es confuso, aterrador.


Julián Bonilla, el menor de los tres hermanos, es el más alejado del movimiento. Apoya sus causas pero cuestiona constantemente sus métodos. El primer recuerdo que tiene de haberse cruzado con él fue tras unos meses de su ingreso a la universidad. Iba camino a un parcial cuando su teléfono vibró en su bolsillo. -¿Aló?, ¿Qué pasó? – dijo él apresurado por la cita académica que lo esperaba tras la puerta de la Carrera 30. - Tienes que bajarte por la 26, en la 30 hay tropel y están las tanquetas –


Así, el joven de cabello oscuro y contextura mediana emprendió su camino al aula de clases. No sabía por dónde entrar o cómo llegar; su ruta de siempre se había visto interrumpida por un acto que, para quienes llevaban años en la universidad, se había convertido en la normalidad. Caminó en círculos por varios minutos. Finalmente, según recuerda, logró llegar a su examen. “Se alcanzaban a escuchar las papas bomba mientras presentaba mi parcial”.


Este tipo de situaciones eran comunes desde años atrás según recuerda Héctor Pinzón, egresado y profesor pensionado de La Universidad Nacional de Colombia. “No estoy de acuerdo con que hagan una marcha de protesta por alguna cosa y que vayan rompiendo todo – aunque el profesor Pinzón está rotundamente en contra de la violencia que a veces se asocia con el movimiento, recuerda casos en los cuales estudiantes terminaron siendo víctimas de las circunstancias  –  yo estaba dictando mis clases en algunos momentos cuando se producía el problema en los entornos de la Universidad Nacional y entraba la policía, les echaba bala cerca de donde yo estaba. Ahí, cerca de donde yo estaba dictando clase, un estudiante se murió por un tiro y él no estaba metido en ese momento en la protesta que se había generado en la Calle 26 y Carrera 45”.


Héctor era de esos profesores que mantenían a sus estudiantes en las aulas pues según asegura sabía que con él podrían estar más seguros, tanto de manifestantes violentos como de oficiales de la fuerza pública ansiosos por capturar a alguien. Su experiencia fue hace ya varios años, sin embargo, acontecimientos como el que narra Julián dejan en claro que la realidad que se vive en las aulas de La Universidad Nacional de Colombia no ha cambiado mucho.


“¡Neutralizador! ¡No corran!”

Se escuchaba decir a quienes iban a la cabeza de la marcha


El siguiente gran encuentro de Julián con el movimiento fue de cara, a lo que se presume según fuentes extraoficiales, como la revista Semana, la movilización de mayor magnitud en la historia de nuestro país. El 21 de noviembre de 2019.


“Vamos compañeros, hay que meterle un poco más de empeño.

Aquí estamos todos juntos nuevamente, la educación del pueblo no se vende,

¡se defiende!”

La plaza Ché aquel día estaba a reventar. No eran solo estudiantes, no eran solo públicas. Eran colombianos, de todas las clases y estratos sociales. Eran colombianos que acudían una vez más a ese pequeño rincón del país que logra agrupar a todo el territorio nacional.

Allí estaban personas que venían de las guardias indígenas e incluso de las islas de San Andrés y Providencia. Allí estaban profesores y alumnos. Egresados y estudiantes. Unaleños y Sabaneros. Estaban todos, en medio de una gran fiesta. Era como cuando la Selección Colombia competía de manera oficial y jugaba de local. Barranquilla se paraliza. Colombia se paraliza.


“A parar para avanzar, ¡viva el paro nacional!”


Las personas comienzan a reunirse. Los afiches se levantan y el piso parece comenzar a temblar. Los pasacalles, letreros en tela que logran atravesar toda una vía, se despliegan desde el campus universitario. Y así, la multitud deja que el río de gente llene las principales vías de la capital colombiana.


Suenan tambores, suenan gritos de guerra. Suena Aainjaa, banda del pueblo.

Por un segundo, suena más arte que la guerra.


Desde Berlín, a 9.434,38 km de la fría Bogotá, Santiago veía por televisión el despertar de todo un país. “Yo estando lejos sentía una impotencia... ¡sentía que me estaba perdiendo un momento importante en la universidad! (...) Estando allá, lo único que decía era ‘es necesario salir. Hay que mostrar inconformidad’ ”.


Mientras eso sucedía, en territorio colombiano, José Manuel y Julián se unían a la fiesta de la manifestación. El primero, se encontró con algunos amigos y tomó vuelo. Entonces, el frabulloso día comenzó.


“Yo quiero estudiar, para cambiar la sociedad.

¡Vamo’ a la lucha!”

José Manuel, quien meses antes había sido escéptico ante lo que representaba el movimiento, entendió todo lo que había ignorado alguna vez. Uno de sus amigos, quien marchaba junto a él, era irreverente ante la autoridad y provocó a quienes bajo el lema de mantener el orden suelen desatar el caos. “Íbamos caminando y un policía del ESMAD tenía una granada, entonces él le gritó ¡láncela! – en medio de risas, el joven recuerda cómo el azar les jugó en contra en aquel momento – y de pronto un policía se cayó detrás de nosotros”. Cuando este tipo de cosas suceden los demás policías deben buscar proteger a su compañero de posibles agresiones por parte de civiles. Y ahí, tenga o no culpa, el que se interponga llevará su parte. – En ese momento el que tenía la granada comenzó a pegarle bolillo a mi amigo –.

Luego de aquel incidente, uno tras otro se acumularon los actos violentos por parte de ambos bandos. La violencia comenzó a reinar y aquello que horas antes fue una fiesta, carnavalesca y festiva, se tornó lúgubre. Las familias huyeron, los gases estallaron y el actuar violento silenció una vez más la voz del pueblo colombiano.

“Sin violencia, sin violencia”

Aunque muchos estudiantes alzaron sus manos y sacaron sus pañuelos blancos, era demasiado tarde. El conflicto había reventado.

Como era costumbre, la Universidad Nacional fue uno de los epicentros de dichos enfrentamientos. “Casi te das cuenta que existe un libreto. Y siempre va a pasar exactamente lo mismo, están los mismos sectores, unos más pacíficos que otros. Otros que uno sabe que van a hacer lo mismo de siempre y van a provocar. Sabes que en determinada hora de la manifestación siempre va a haber un problema – analiza Juan David Cárdenas, politólogo de la Universidad Nacional, especialista en Opinión Pública y Mercadeo y Magíster en Estudios Políticos.

Ya caída la tarde, Julián se disponía a reencontrarse con su hermano. Sin embargo, parecía estar encerrado. La calle 26 había acogido el primer tropel de la tarde, luego se sumó la Carrera 30 y finalmente las otras entradas comenzaron a explotar. El gas era abrumador, la garganta quemaba profundamente. Los estudiantes corrían de un lado al otro repartiendo neutralizadores. La angustia consumía a la gente.

La plaza que a la luz del sol se había convertido en un escenario artístico; con la caída del astro se llenaba de neblina. – empezaron a sonar las alarmas, yo estaba solo, asustado. – recuerda el menor de los tres hermanos – (...) Las personas empezaron a gritar que la policía estaba en la universidad. Yo tan solo llevaba 3 meses estudiando ahí. No conocía las salidas. Estaba completamente perdido –.

Al calor del tropel empiezan a florecer los miedos.

Las pasiones. Los hallazgos. Los momentos.

Tras incesantes momentos de angustia, ambos hermanos se encuentran y parten a casa. Ellos vuelven a su vida. Parece ser que nada ha cambiado.

“Necesitamos a derechos humanos, hay compas encerrados en la universidad.

¡Hay heridos, que manden ambulancias!”

En una flota camino a Chía en medio de lágrimas, Natalia se dirige a su casa sabiendo que sus tres adorados hermanos han quedado a merced del destino por el toque de queda decretado.

En la estación de la calle 85, Manuel y sus compañeros se despiden.

Todos cogen rumbos diferentes.

En la calle 80, Cristian resuena las cacerolas desde su ventana.

En Soacha, a las afueras de Bogotá, las calles arden en llamas.

En el extremo norte de Bogotá, por la 191, los conjuntos residenciales tan pasivos e indiferentes se unen a la protesta simbólica de la nación.

Pero como ya lo dije arriba, ¡no desesperen! acá nada es lo que parece y lo que parece suele no ser nada. La película parece haber acabado pero por primera vez en muchos años el final no se siente repetitivo y predecible.

Y así, al calor del tropel, Colombia despertó. Los medios independientes se plantaron firmes en la lucha de su pueblo. Los estudiantes sacaron sus armas y lograron empoderar al pueblo. Los gobernantes temblaron de miedo. Y como buena película Hollywoodense, no fue el gas, ni la violencia, ni las papas bomba, ni el toque de queda lo que resonó en la memoria de la audiencia.

Fue aquel cacerolazo, unísono y desbordante, el que le recordó al mundo entero que Colombia hace mucho que se encuentra sufriendo.

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