Entre las muecas, discursos y desvaríos del General Sandúa 

Laura Daniela Sánchez Gómez, Comunicación Social y Periodismo

Aníbal Muñoz, de 91 años, ha permanecido por más de 30 vagabundeando en pensiones míseras y grandes caserones pregonando sus boleros.

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​Foto: Laura Daniela Sánchez Gómez. 

Con su sonrisa, y sin exhibir un solo diente, derrumba toda postura, pose o disfraz que en algún momento tuvo que cargar; a través de su mirada, tan profunda como el mar, le da la oportunidad a quien la ve de conocer un alma más; su bigote enredado y pelo cano testifican sobre lo inevitable: el pasar del tiempo. Así es, sin máscaras ni tapujos, Aníbal Muñoz, o, como es usualmente conocido en el centro de Bogotá, General Sandúa.  

Siempre está por ahí, en las calles capitalinas que junto a él ya han envejecido. Pues aquel hombre de tez blanca, contextura delgada y lengua larga, ha permanecido por más de treinta años de aquí a allá, vagabundeando en pensiones míseras y grandes caserones, sobreviviendo al día a día gracias a las monedas que le da su público cambiante de transeúntes.  

En el costado suroriental de la carrera Séptima con Avenida Jiménez, en el centro de la ciudad, se encuentra aquel pintoresco personaje: quepis, abrigo azul oscuro, corbata amarilla, bastón de mando hecho a partir de cintas de colores y sus incontables pines componen su esencia, además de ser sus únicas pertenencias. Todo ello, si se observa con cuidado, nos devela su pasado como celador. 

Ideales claros, creencias profundas e interminables sueños han mantenido a Aníbal Muñoz en pie de lucha durante más de 91 años, resistiendo a través del arte, la política y la religión a un establecimiento corrupto, manipulador y mañoso, en donde –según él– “los abuelos pobres somos un estorbo para la familia, para la sociedad y para el gobierno”.  

Su voz contundente y su mano derecha inquieta al momento de dar un discurso, siembran en quien quiera que lo escuche un sentimiento de convicción, pues con cada palabra, que a veces se camufla entre murmullos, defiende a capa y espada sus creencias y, sobre todo, su música y poesía.  

A primera vista, muestra ser un hombre terco y hecho de roble, pero con cuidado, porque si se le da un minuto, el General Sandúa se esconde y sale a relucir aquel artista que pregona, sin importar quien lo escuche, una parte de su bolero favorito: Porque eres así – Julio Jaramillo.  

         (…) ¿Por qué suspiras, qué piensas de mí 

         cuando te miro yo? 

         ¿Por qué tus ojos me dicen que sí? 

         ¡Si sé muy bien que no! (…) 

Al momento de cantar, su voz toma más fuerza y sus ojos azules destellantes dejan ver que el sueño que de niño tenía aún sigue ahí, latente; no ha sido archivado, no ha sido olvidado.  

Su aura toma una tonalidad diferente y su mirada decide perderse, pues su mente entró en un recoveco que usualmente no es visitado: su infancia.  

  • “De peladito siempre soñé con ser cantante, hasta contaba con los dotes. Pero por pobre no pude prosperar”. 

El deseo de su madre siempre fue que aquel niño inquieto con alma de artista se convirtiera en sacerdote. Sin embargo, él –hasta el sol de hoy– tiene un pie en el arte: en el único concurso en el que participó, debutó con un bolero de una película de Jorge Alberto Negrete y, actualmente, en el silencio de las noches capitalinas intenta rescatar los versos que aún guarda en lo profundo de su alma, antes de que su memoria en alianza con el tiempo los deseche sin poder dar marcha atrás. Por eso, en los periódicos que deambulan sin rumbo fijo, en las servilletas que son arrastradas por el viento y en cualquier hoja que sea pillada por aquel artista, plasma lo que su corazón guarda.  

Su mirada regresa, su voz se alza con contundencia y cualquier rastro de nostalgia desaparece y, en su lugar, irrumpe y se instala un sentimiento de indignación: 

  • “En Colombia, un abuelo o un viejo no vale nada, ni para el gobierno, ni para la sociedad, ni para nada”.  

Su mano derecha no para, va de aquí a allá, danzando al son del tono de su voz, representando –casi que por sí sola– la esencia de aquel hombre vivaracho, que envuelve entre palabras a quien le de la oportunidad.  

  • “Me trajo un amigo mío a Fontibón a trabajar a un restaurante que se llama el Paraíso, pero a los pocos meses le hicieron un lanzamiento al señor, y yo también quedé volando”. 

Desde ese momento, Aníbal tuvo que optar por el sí como respuesta a cualquiera que fuese el trabajo que se le presentara, sin importar si era en una fábrica de chorizos o en un puesto de vigilancia. Pero como contaba con una edad avanzada y se encontraba en tierras desconocidas sin alguien con quien poder contar, decidió hacer de las lúgubres calles su hogar.  

Lo han encontrado en medio de la noche completamente solo, sin nadie; vagabundeando entre las sombras de la ciudad e intentando hacer más llevadero el frío que le cala los huesos. Con la bandera de su amada patria, una cobija al hombro y uno que otro cartón que se encuentra a su paso, emprende camino sin rumbo fijo, como un Quijote: con convicciones profundas y paso firme, con la excepción de que este hidalgo no cuenta con su fiel escudero.  

Dice, sin rastro alguno de añoranza, que tiene tres hijos y se encuentran por ahí, a pesar de que hace mucho no habla con ellos.  

  • “El que se casa se vuelve un esclavo de la mujer y los niños”. 

La suposición que sus ojos azules siembran apenas son vistos, se confirma: aquel hombre que entre desvaríos y muecas proclama en las calles sus poemas y canciones, es un alma libre encerrada en una sociedad sedentaria, inmóvil y conformista.  

A pesar de la aparente soledad que lo embiste, durante más de 91 años su corazón ha sido resguardado y protegido por el ser al que cada noche le ora con tanto fervor: Dios. Pero no por su bienestar o comodidades, sino por la paz y los pobres.  

El apodo que él mismo se otorgó, General Sandúa, se lo debe a Él, pues con profundo convencimiento y una sonrisa que se camufla entre la rugosidad de su piel, comenta:  

  • (…) “y es que yo soy más religioso que político, y he hecho que me conozcan como un verdadero General, pero de las leyes de Cristo”.  

Los lamentos de dolor, unos por el frío y otros por los achaques característicos de su edad, fueron escuchados y atendidos por quien Aníbal considera su todo. Pues aquel andante solitario fue acogido por los Ángeles Azules, promotores y profesionales al servicio de los habitantes de calle.  

Finalmente, una de las figuras más queridas del centro de la ciudad, el hombre que sin vergüenza alguna desfilaba con un gorro militar y un bastón de colores mientras que alzaba su voz por todo aquel que carecía de la misma, decide abandonar las calles que por más de tres décadas fueron su hogar. Un hombre que nos recuerda que todos tenemos derecho a volver a empezar, sin importar que estemos cerca del final. 

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