Ochenta y siete metros

Laura María Miranda Clavijo, Comunicación Social y Periodismo

El coronavirus nos ha robado mucho pero también nos ha dado la oportunidad de estar más presentes, nos ha dado un regalo que pocas veces tenemos la oportunidad de recibir: tiempo.

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“Sé que últimamente estás muy ocupado y lo entiendo, por eso no te voy a pedir nada para mí, no quiero desviar tu atención de las oraciones que elevan hacia ti otras personas con verdaderos problemas”. Esto es lo que le digo a Dios todas las noches desde que comenzó esta locura en mi país.


El viernes 06 de marzo de 2020, el Ministerio de Salud confirmó el primer caso de coronavirus en Colombia. Todos sabíamos que tarde o temprano iba a pasar, pero nadie nunca se imaginó, ni en sus sueños más absurdos, lo que sucedería días después.


Aquel viernes fue la última vez de muchas cosas y nunca lo sospeché. Nadie nos avisó que la vida que llevábamos se escaparía de nuestras manos en menos de una semana. Por mi parte, el mundo que conocía se había reducido a ochenta y siete metros con catorce centímetros cuadrados.

LA “GRIPITA”

Los casos de contagio y el miedo aumentaban sin tregua alguna. El virus proveniente de China puso al mundo patas arriba por causar diversas afecciones, que según la OMS, van desde el resfriado común hasta enfermedades más graves, como el síndrome respiratorio agudo severo.


Con un poco de retraso, el gobierno colombiano empezó a tomar medidas. Habían pasado cinco días, era 11 de marzo y con nueve casos confirmados en el país, el presidente ordenó el aislamiento obligatorio a los pasajeros provenientes de España, China, Italia y Francia.


Un día después, con la resolución 385 del 12 de marzo de 2020, se declaró emergencia sanitaria en todo el país, causando la cancelación de todos los eventos públicos. 


Cuatro días más tarde, el mandatario restringió el ingreso al país de personas no nacionales y no residentes. Y yo aún muy tranquila.


Mientras el virus se seguía propagando por todo el país, llegó la primera recuperación, se cerraron bares y discotecas, diferentes departamentos ordenaron el toque de queda. El pánico colectivo crecía como espuma. Doce días después del primer caso anunciado, la cifra de contagios en Colombia llegó a 65.


Inesperadamente recibí un correo de la Universidad: “Comunicado 04 COVID 19: Suspensión de todas las clases presenciales a partir del lunes 16 de marzo”. Al leerlo, sentí alegría, no lo niego.


Pero la sonrisa que tenía se desdibujó mientras lo leía en voz alta para mi hermano. Aterricé en la realidad, las cosas estaban empeorando y esa “gripita” en un abrir y cerrar de ojos le puso freno a la vida de muchos.


¿YA SE LAVARON LAS MANOS?

Por medio del decreto 417 del 17 de marzo de 2020, el presidente Iván Duque decretó el estado de emergencia y veinticuatro horas después los contagiados subieron a 93, algo realmente alarmante. La alcaldesa de Bogotá, Claudia López anunció, en unión con otros alcaldes, un simulacro de aislamiento que el Gobierno nacional tumbaría y restablecería horas más tarde.


Acto seguido se suspendió el tránsito e ingreso de viajeros internacionales a Colombia. La ansiedad e incertidumbre aumentaba con cada comunicado del Ministerio de Salud, pero se percibía un cierto aire de tranquilidad porque aún la temida cuarentena no era una realidad, era apenas un simulacro, o eso era lo que creíamos.


145 casos, constantes campañas de “lava tus manos”, “etiqueta de la tos” y “quédate en casa” retumbaban una y otra vez en mi cabeza, en todas mis redes soci