Lobos con piel de cordero

Juanita Cuervo Vargas, Comunicación Social y Periodismo

Los animales necesitan una sociedad más sensible, coherente y medidas más estrictas para su protección.

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Foto: usplash.com

Nuestros animales están siendo víctimas del más grande de los depredadores: el hombre, un lobo con piel de cordero que arrasa con todo lo que se le cruza enfrente, sin importarle usar los métodos necesarios para alcanzar su fin. Sentí indignación e impotencia cuando vi las imágenes de más de doscientos seres indefensos, los cuales reflejaban en sus rostros hambre, miedo y estrés. En La Guajira, aves, mamíferos y anfibios fueron rescatados en un operativo realizado por la Dijin de la Policía Nacional, la cual desmanteló una banda dedicada a traficar con fauna silvestre, el tercer delito más rentable del mundo y una de las múltiples modalidades de maltrato animal.  

 

Según la ONU, el tráfico ilegal de fauna silvestre deja ganancias entre $10.000 y $26.000 millones de dólares cada año, incentivando el aumento de esta actividad delictiva que ha puesto en riesgo la vida de muchas especies como lo son los loros, las guacamayas, los monos, las tortugas y osos como el hormiguero y el perezoso, entre muchas otras. 

 

La forma en que interactuamos con los animales dice mucho de nosotros. O, como lo dijo Mahatma Gandhi, “la grandeza de una nación y su proceso moral pueden ser juzgados según la forma en que tratan a sus animales”. En Colombia, esta práctica deja mucho que desear. A juzgar por lo que vemos diariamente en los noticieros, somos una sociedad cruel y egoísta; que no le importa hacerle daño a otro ser con tal de conseguir satisfacer sus necesidades económicas, físicas o recreativas, entre otras.  

 

Ya lo hemos visto todo: animales para la guerra y el delito, como el burro bomba que la extinta guerrilla de las Farc cargó con 60 kilos de dinamita (Sucre de 1996). O, animales para el trabajo, como los caballos que son obligados a jalar carrozas en Cartagena. O, los múltiples casos de animales víctimas de abuso sexual. O, la crueles peleas de gallos y de perros. Todas estas les dejan a estos seres secuelas emocionales y físicas, en la mayoría de los casos les terminan causando la muerte.  

 

La Ley 1774 de 2016 contra el maltrato animal dice que “los animales son seres sintientes no son cosas, recibirán especial protección contra el sufrimiento y el dolor, en especial, el causado directa o indirectamente por los humanos”. Entonces, me pregunto por qué en pleno Siglo XXI siguen existiendo prácticas legales tan macabras que van en contra de lo que esta ley defiende como la tauromaquia o la experimentación animal, entre muchas otras. Este es el reflejo de una sociedad incoherente, que para unas cosas sí somos severos y “apegados a la ley”, pero para otras hay unas cuantas excepciones.   

 

La tauromaquia es otro tipo de maltrato que está más vivo que nunca y, lo peor: es un “delito legal”. Los toreros son el claro prototipo de un lobo con piel de cordero, son matadores disfrazados de artistas que torturan a un animal hasta causarle la muerte y, lo más triste de todo, esto sucede ante la mirada de cientos de espectadores que celebran el sufrimiento del toro con un “olé”. Colombia hace parte de la penosa lista de países que aún consideran esta práctica legal. (En compañía de España, México, Venezuela, Perú y Ecuador, entre otros).  

 

La Corte Constitucional determinó, a través de la Sentencia C-666 de 2010, que la tauromaquia es una actividad de arraigo cultural, por lo cual no es considerada como una modalidad de maltrato animal. Pero el entretenimiento y la tradición no excluyen el dolor y el sufrimiento de estas criaturas; esto lo entienden ciudades como Zapatoca (Santander), Bello (Antioquia) y ahora Medellín, las cuales están dando ejemplo de estar trabajando en pro del bienestar animal, prohibiendo en sus territorios la práctica de la “fiesta brava” que de fiesta tiene poco. 

 

Pero queridos toreros, traficantes, maltratadores, lobos con piel de cordero, quítense la máscara de la crueldad disfrazada. Si quieren lucrarse o satisfacer sus necesidades, no lo hagan a costa del sufrimiento ajeno de un ser inocente, porque como lo decía la moraleja de la famosa fábula de Esopo, “por muy astuto que te creas, y que enriquecerte con engaños podrás, no te olvides que existe una justicia divina, de la que no escaparás”.  

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