La resiliencia de una madre 

Salua Murad, David López, Natalia Bustos, Isabela Granados, Laura González, Comunicación Social y Periodismo
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Para Delia, los asesinatos no eran unas simples cifras, porque a su hijo lo habían matado por venganza. El Observatorio Venezolano de Violencia registró el año pasado 26.616 homicidios y un informe realizado junto con investigadores de las principales universidades de Venezuela reveló que hay 89 muertes violentas por cada cien mil habitantes en el país.

 

Delia Véliz, de 47 años, vivía en Valencia, estado de Carabobo con su familia. Queriendo un mejor futuro y como un acto de resiliencia, migró a Colombia en una camioneta hasta Villa del Rosario, Norte de Santander, junto a sus seres queridos. “Le dije a mi nuera ¡vámonos! Lo decidí un sábado, el lunes agarramos las maletas y nos vinimos con mis nietos y mi hija”.

 

Huyó de su país en busca de una de las necesidades básicas del ser humano: la alimentación. Pero, no solo eso la hizo migrar, sino el asesinato de su hijo, Andy Josué Veliz, de 22 años, a quien mataron para cobrar algún tipo de venganza, ya que ella era opositora del gobierno y secretaria en la Asamblea Nacional.

 

Hoy vive solo con su hija, pues sus nietos y nuera tuvieron que devolverse, porque las condiciones de vida no eran las más adecuadas para los pequeños. Habita una casa con 35 personas, la mayoría mujeres y madres, en el barrio La Parada, Villa del Rosario.

 

En la residencia, de dos pisos, se pagan cuatro mil pesos por persona. Sólo hay una habitación en la que duermen diez familias, el resto se acomoda en carpas en la terraza, a la intemperie o en la sala y comedor de la casa. 

 

Desde las cuatro de la mañana, hay fila para entrar al baño y la situación en la cocina no es muy diferente. “Puedo asegurar que de todos los que estamos aquí a ninguno le faltaba cama en Venezuela. Pero, ahora en nuestro país no tenemos lo más básico y acá, por lo menos, lo puedo comprar para enviarlo a mi familia”, asegura Delia.

 

Ella es el reflejo de la crítica situación de vivienda en la frontera que según el alcalde de Villa del Rosario, Pepe Ruiz no se han tomado medidas al respecto, porque no existen los recursos para suplir esta necesidad. 

 

Delia hace parte de la cifra de Migración Colombia que asegura que el paso de venezolanos a Colombia  aumentó en 2018 alrededor del 40%. Algunos de ellos se quedan en él buscando una fuente de trabajo en Cúcuta o municipios aledaños, otros siguen su rumbo a la capital o a otro país.

 

La ‘Mami’ de La Parada, conocida así por algunas personas del barrio gracias a su carisma y calor maternal, es voluntaria en el comedor de la casa de paso Divina Providencia, en donde dan desayuno y almuerzo a unos 1.500 venezolanos cada día. “A voluntarios, entre venezolanos y colombianos, se les paga con un plato de comida”, afirma el padre José David Caña, padre de la Diócesis de Cúcuta y director del lugar.

Una vez termina su rutina en el comedor, va con su hija a vender tintos en La Parada. A punta de café, consigue el dinero para pagar los ocho mil pesos diarios de arriendo de la residencia y enviarle algo de alimentación a sus familiares. Según el informe del Dane de medición trimestral de octubre a diciembre de 2018, Cúcuta registra el 70,6% de trabajo informal en su población y la segunda tasa de desempleo más alta del país”. La migración y pocas oportunidades han hecho que el “rebusque” sea el pan de cada día de la capital y los municipios aledaños de Norte de Santander.

 

“Yo nací en un país libre”, relata Delia con nostalgia. Para ella, no luchar por su nación sería egoísta. Ahora, es una guerrera que busca salir adelante para sacar adelante a sus hijos (los propios y ajenos que ayuda). Como digna madre y abuela, no se rinde, pero sabe que su país debe retornar a lo que era, porque sus compatriotas ya conocieron la democracia y quieren retornar a ella.

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