El auge y declive de una dama imponente y antigua

Juliana María Isaza Rubio, Comunicación Social y Periodismo

El teatro Virginia Alonso de Facatativá se cayó, en buena parte, por la indiferencia y el abandono.

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“La coronela”, Virginia Alonso dentro de los recuerdos familiares de su bisnieto, Fernando Mojica.
La estructura exterior del teatro Virginia Alonso en su época de oro, durante los años 1913 hasta 1937
Foto: Fernando Mojica y Rosa Rubiano Bermudez 

Facatativá, una ciudad intermedia ubicada en el departamento de Cundinamarca, hogar de las famosas piedras del tunjo, guarda en su pasado mucho más que historia, aquí existieron no solo personas con un gran don de gente y personajes folclóricos, sino estructuras majestuosas que, en su momento, tuvieron un importante significado sentimental para los lugareños de esta zona y que ahora solo existen en las páginas de algunos libros. Ese es el caso del distinguido teatro Virginia Alonso.  

Con más de 134 mil habitantes, Facatativá es la capital de la provincia de la Sabana de Occidente y fue hogar del último zipa de la ciudad muisca: “Tisquesusa”. Durante la época colonial fue un pasaje obligatorio para aquellos que se dirigían desde la municipalidad de Honda hasta Santa Fe de Bogotá; además fue un enclave importante para el entretenimiento cultural.  

El teatro Virginia Alonso, fundado en 1913 por Virginia Alonso, conectaba con la sala principal de la casa de su dueña. Según el historiador Cándido Medina, erigida como una mansión con 80 metros de fondo, esta vivienda poseía 56 habitaciones, 4 patios, herrería y caballería y evidentemente era más grande que su estructura aledaña o, por lo menos, así lo recuerda el bisnieto de Virginia Alonso: “yo nací y me crie en esa casa”. Para él lo mejor era vender la vetusta casa, ya que no ofrecía ganancia alguna. Sus hermanos no estaban de acuerdo con ello. “Me conseguí un cliente, y vendimos la edificación, pero la sostuvimos como hasta unos 10 u 11 años más”.  

Recientemente sus últimos vestigios fueron derribados para dar paso a un nuevo edificio, cuyo uso no está definido. Se dice que se conservará tan solo un parte de la fachada original de la casa; sin embargo, al ver los planos el panorama no es muy alentador. Por ello, esta demolición suscita en las mentes de los facatativeños sentimientos llenos de nostalgia y pesar, al recordar todo lo que alguna vez significó un pequeño, pero imponente teatro. 

Hoy en día, su estructura es casi irreconocible y en su lugar, posan unos cuantos locales comerciales, dentro de los cuales destaca la venta de partes para motos, pues su letrero ocupa gran parte de la fachada. Cuesta trabajo imaginar que en el siglo pasado era en ese mismo lugar donde por sus puertas entraban decenas de celebridades y personalidades, como lo fue y es Plácido Domingo, quien anduvo por los pasillos del teatro cuando solo era un niño.   

Durante la época colonial, para llegar a Bogotá se utilizaban los caminos reales, estos fueron construidos a lo largo y ancho de la Nueva Granada, y en este caso, por esta ruta, como menciona Jorge Murillo Mena en su libro Facatativá, pueblo indígena: “por Facatativá entró al reino de Nueva Granada la civilización occidental”. Esto debido a que por allí circulaban las remesas desde España hacia otros países. Lo mismo ocurría con las joyas como el oro, la esmeralda, las pieles y el ganado. 

Curiosamente, sería por estos mismos caminos en donde transitaría la persona que cambiaría la visión de entretenimiento para siempre. Con una misión en la vida, la cual consistía en traer la cultura europea hacia un pequeño pueblo en Colombia, Virginia Alonso o “la Coronela”, apodada así por su paso por el Ejército, se encargó personalmente de embarcarse hacia tierras europeas para conocer todo acerca del mundo del teatro y el cine.  

La misión rindió frutos ya que cuando ella inició el viaje, jamás se imaginaría que por ese trayecto que ella realizó, llegarían grandes representaciones del arte y la música española, italiana, americana y colombiana a su recién inaugurado teatro. 

Con una capacidad para más de 2 mil personas, el Virginia Alonso era la fiel copia del Teatro Municipal de Bogotá, fundado en 1887. Este gozaba de dimensiones estructurales mucho más considerables que el de Virginia Alonso, en donde el último poseía 12 metros de ancho y 12 de alto, lo equivalente a una casa moderna de tres pisos; el municipal tenía en total 711 metros de los cuales 355 lo ocupaban los corredores.  

No obstante, esta diferencia de tamaño no representó ningún impedimento para el Virginia Alonso, ya que sus paredes fueron testigos de los clamores del público después de cada debut artístico. De ellos, dice el bisnieto y periodista Fernando Mojica, siempre hacía acto de presencia, en el balcón, una anciana de porte impoluto y rostro serio que no despegaba la mirada del escenario, cual capitán vigilando que todo marchara bien dentro de su barco.  

Ubicado en la carrera 2, entre calles 7ª y 8ª, en el costado sur con la nomenclatura No. 7-147 y 7-55, y tal como lo afirma Andrés Olivos Lombana en su libro Historia de Facatativá: “su fachada modesta, de estilo republicano, no enunciaba el esplendor y majestuosidad de su estructura interior”.  

Efectivamente su exterior constaba de tres puertas en el primer piso, cada una se encontraba separada a, más o menos, un metro de distancia de la otra; paralelo a ellas, arriba se encontraban tres grandes balcones que daban vista a la calle, y en la parte superior se encontraba el letrero que mostraba el nombre que representaba la cultura facatativeña para el mundo: “Teatro Virginia Alonso”. 

En cuanto al interior del teatro, Fernando Mojica recuerda perfectamente cómo era: “yo lo alcancé a conocer, a disfrutar, tenía platea, palco y gallinero”. Específicamente, estaba compuesto, en el primer piso por el área de platea, allí se desplegaron dos filas de sillas color vino tinto que daban hacia el escenario y en toda la mitad corría un largo pasillo cubierto con una alfombra.

 

En el segundo piso se encontraban los palcos con sus respectivos pasillos para transitar. Finalmente, en el tercer piso estaba el anfiteatro o gallinero en donde se veía muy poco. Para efectos de camerinos se utilizaba la casa de la familia, la cual también funcionaba como salón principal, en donde todos los artistas se reunían a tomar un cóctel con los asistentes luego de cada presentación. 

Para demostrar la majestuosidad de este teatro, como lo cuenta la docente Rosa Rubiano: “su dueña no escatimó en ningún detalle; tanto los telones como la silletería eran importados de Italia” y, de acuerdo a Fernando Mojica, “las sillas tenían las patas gruesas, como las de un león; eran una joya de la ebanistería”.

En cuanto al sonido, a pesar de no tener una techo redondo o cúpula, ellos dicen que la acústica era bastante eficiente. Pasando al diseño, este fue hecho por los mismos arquitectos del Teatro Municipal, un colombiano y un italiano. 

Desde 1913 hasta mediados de los años 50, el teatro fue testigo de óperas, zarzuelas, grupos de teatro, clausuras escolares, reuniones políticas; al mismo tiempo también prestó sus servicios como sala de cine. El costo de las boletas dependía de la ubicación dentro del teatro y del tipo de espectáculo. En su escenario desfilaron grandes personajes como la soprano del Metropolitan Opera House, Jennette Mcdonald; el actor francés Maurice Chavalier, Janet Gaynor, Rodolfo Valentino y Harold LLoyd, entre otros. Todas estas expresiones de cultura pasaban primero por el Virginia Alonso y luego eran llevadas el teatro Colón de Bogotá.  

Durante el año 1937, estando en manos de Sergio Alvarino, yerno de doña Virginia, y con el apoyo de Rafael Torres y Julio Valbuena, el teatro fue remodelado, trayendo consigo un decorado más moderno.  

Desafortunadamente, con el correr de los años, llegaron los problemas familiares y con ellos, las dificultades económicas, pues el mantenimiento para el teatro era extremadamente costoso, así lo expresa Fernando Mojica: “El teatro no estaba generando ninguna clase de ingreso, pero sí teníamos que pagar servicios e impuestos”. Sin embargo, todavía habla de este con una nota de arrepentimiento en su voz: “Nosotros vendimos, lo conservamos un poco de tiempo, pero ni la Alcaldía ni nadie se hizo cargo de eso”.   

Otros factores que influyeron en su decadencia, según la docente Rosa Rubiano, fue que el flujo de personas evidentemente ya no era el mismo, esto se debía a que los nuevos habitantes que llegaban a Facatativá eran campesinos, obreros y costureras. Por otro lado, a esto se le suma la fundación del teatro Califa durante los años 80, la competencia del Virginia Alonso. Allí se presentaban todo tipo de películas mexicanas, las cuales ya iban más de acuerdo al tipo de audiencia existente en Facatativá, además el precio de la boleta era mucho más reducido. Así lo dice una persona que ha vivido 94 años en Facatativá, Luis Carlos Peña: “no había literatos ni personas cultas”, al decir esto, su tono denota una mezcla de sentimientos encontrados hacia este inanimado colega.  

 

El teatro empezó a decaer en el año 1962 llegando a su punto crítico en 1967, cuando alcanzó el nivel máximo de aberración: lo utilizaron como arena de boxeo. Así lo recuerda Carlos Bello, quien, siendo miembro de una nueva generación, fue testigo de uno de estos encuentros: “La gente de acá desarrollaba las peleas. Tiraban las sillas del palco hasta el puro fondo.  Algunos de los luchadores que pasaron por allí fueron el “Tigre colombiano” y el “Cavernario Galindo”.    

 

Con todo lo anterior, aún queda la duda, un sin sabor, de saber la razón de por qué ocurrió todo esto. Pues bien, la razón es muy sencilla y así lo explica el actual alcalde de Facatativá, Pablo Malo García: “En ese momento no existía la ley del patrimonio cultural y es aún más difícil protegerlo cuando se habla de propiedad privada”. Incluso si hubiera existido en ese momento, el director del Centro de Memoria Histórica de Facatativá, Armando Becerra, explica por qué no habría sido protegido: “la ley dice que, si la estructura representa o está en ruinas, la estructura se puede derrumbar”.  

Por eso, cuando el teatro quedó en ruinas y sus paredes cayeron sobre las casas aledañas, causando daños irremediables, las personas afectadas ya no pensaron en las sonrisas y alegría que alguna vez trajo este centro cultural a los facatativeños, sino que se entabló la demanda que daría la orden definitiva de tumbar el desdichado teatro Virginia Alonso. 

La silletería terminó en manos del Instituto Técnico Industrial de Facatativá. Los telones se pudrieron en el fondo del escenario. Tal vez el que corrió con más suerte fue el majestuoso candelabro dorado que colgaba en toda la mitad del techo; tiene ahora un lugar privilegiado en el salón protocolario de la presidencial Casa de Nariño.  

Pocos, pero importantes facatativeños recuerdan su viejo teatro como si se tratara de un hijo perdido: “Los que fuimos de la era de los 50, añoramos esa reliquia arquitectónica y cultural que teníamos en Facatativá. Se perdió una joya arquitectónica de Colombia y ese sí que era lindo”. Todos ellos tienen algo en común, y es que cada uno, a su manera, representa un pedacito de lo que fue una dama majestuosa con tintes dignos de “coronela”.  

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