Salto hacia el parcial

Martín Pinzón Lemos, Comunicación Social y Periodismo.

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Amo escribir. Lo es todo. Desde que tengo uso de razón, contar historias se me da con naturalidad y brillantez. El teatro, los padres y algún olvidado, en el barril de la memoria, han hecho del narrar un don en mí. En el colegio era el mejor. Ganaba los concursos de narración oral o escritura de cuentos chasqueando los dedos. Sin embargo, en la Universidad, he encontrado talentos dignos de competir contra la prosa más pulcra.


Esta semana, la profesora nos pide un relato para dentro de ocho días, el cual vale el 50% de la nota. Dicho de otra manera, le piden a Da Vinci ganarse el cielo pintando: un “papayazo”. No obstante, todo genio tiene un enemigo que derrotar, logrando bañarse en gloria; en este caso, es el tiempo. Sinceramente, el lío no pasa por falta de inspiración, un léxico vulgar o una investigación pobre, sino porque voy a vacunarme.


Si la covid-19 deja algo claro, son las carencias de los países mediocres como Colombia. Juan Carlos, papi para nosotros (mi hermano y yo), encuentra la forma de vacunarnos a los tres, pues la mamá se vacunó antes, por ser médico de Urgencias. Él, influenciado por la experiencia de sus jefes, resuelve llevarnos a Miami. Así, no esperaríamos a que la burocracia colombiana le diera la gana de salvarnos. El vuelo de ida, debido a cuestiones logísticas, partía el sábado. Cuento con cuatro días para redactar un cinco, para después enforcarme, únicamente, en catar las mieles del capitalismo.


Decido relatar sobre otra gran pasión: el fútbol. Escojo la “Narco-eliminatoria”, por los “dueños” de ambos equipos, entre Millonarios y Nacional en la Copa Libertadores de 1989. Me sumerjo en el partido. Veo los noventa minutos unas tres veces, con el fin de detallar cada jugada con precisión de francotirador. Repaso las crónicas de mi tocayo, el Zeus del periodismo narrativo, Martín Caparrós. Leo los trazos futbolísticos de Fernando Araújo Vélez en Pena Máxima como versículos bíblicos. Todo con la finalidad de comprender sus estilos y hallar el método definitivo con el propósito de ejecutar una obra maestra.


Inicio a escribir el jueves. Las palabras fluyen en el río del Word. Los personajes nadan sobre una corriente de diálogos, creando estanques de emoción, rápidos de polémica, ambientes de remontada. Es un texto perfecto, pienso. Tras pulir el diamante, lo exhibo en las vitrinas de chats, sean privados o en grupos, con miras a que el ego, glotón e insaciable, se alimente de los comités de aplausos. Solo falta mostrárselo a una persona: la jueza mayor, la profe.


El orgullo no se contiene y contacto con ella. Le pido, “humildemente”, 24 horas antes del viaje, una asesoría. Ella accede encantada. Estoy esperando una felicitación por un gran trabajo, una sonrisa o chiste sobre mi capacidad y una charla amena acerca de cómo lo logré. Entro a la llamada de Teams. Sí, el que, por culpa de la pandemia, toca usar, porque a la Universidad no le gustó Zoom ni Webex, para dizque “aprender”. Recapitulando, ingreso a la reunión y enseño, con el pecho inflado, la historia.


Cuanta más soberbia, mayor es la caída. La profesora no entiende un carajo. Se confunde con las voces de los personajes, descuartiza párrafos, raya el diamante, a lo grafiti en Ciudad Bolívar; mientras, atónito, intento explicarle el relato, mostrándole las pistas que había que captar para su entendimiento. Ella, indiferente ante los comentarios, empieza a vomitar términos y teorías narrativas, muestra textos de los cuales puedo apoyarme, ¡como si fuera un novato en pañales! Sudo a cántaros. La profe sigue hablando cháchara y me devora la ansiedad. Para evitar una moral totalmente destrozada, le digo que haré caso y cambiaré cosas. Ella detiene el fusilamiento, abandonando la llamada.


¡Qué decepción! No por las críticas al relato, más bien porque, a lo mejor, no soy bueno para esto. Camino desesperado por el apartamento. Siento que transito dentro de una jaula de concreto. Busco, dentro los 135 metros cuadrados del hogar, un sitio de paz, donde pueda reflexionar con libertad. Ando por el estrecho y, mal pintado, pasillo. Por cada paso que doy, se me hace más estrecho y tortuoso. Llego a la sala, contemplo la vista al mar que ofrece Cartagena y gano algo de calma. Abro el ventanal y determino quedarme en el balcón.


Sentado en un sofá, los pensamientos pesimistas invaden la cabeza. “No eres bueno. ¿Gastarás tu vida en una profesión en la que no eres ni aceptable? ¿Qué demonios has hecho con tu vida? ¡Tú eres muy malo!”, dice el subconsciente. Me siento inútil, desechable, basura. Todo el castillo de naipes, cada uno siendo un relato exitoso, se desmoronó con esa asesoría. “Gracias a Dios pediste la asesoría, porque ahora puedes corregir los errores y sacar 5”, consuela el corazón. “¡Pero si solo tienes un día, y eso que aún no has empacado! Además, ¿acaso no ves que es malísimo? Si no pudiste en una semana, no creo que puedas en un par de horas”, sentencia la razón. Me acerco, desconsolado, hacia el vidrio que separa el vacío de mí. La confianza se evapora del todo. No deseo dedicarme a algo en lo que soy pésimo. Agarro una silla y la escalo. “¡Soy una mierda!”, grito a la bahía. La elección está tomada. No hay nada que hacer. Salto…


¡Tengo una gran idea! Ya sé qué voy a escribir en el parcial.