Se necesita más que la Ley de Comida Chatarra

Cristian David Moreno Garzón, estudiante de Comunicación Social y Periodismo

Para mejorar la salud de los colombianos, se requiere que estos reciban más y mejor educación nutricional. También conviene un mayor compromiso por parte de las empresas.

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Se necesita más que la Ley de Comida Chatarra
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Ante la sanción de la Ley de Comida Chatarra, que se dio en julio de este año y que pretende que los productos tengan información nutricional relevante en la parte frontal de los empaques; vale la pena preguntarse si esta es medida suficiente, considerando que la gran mayoría de colombianos no tiene siquiera un conocimiento básico de nutrición.


Un estudio realizado por la Universidad de Antioquia y la Secretaría de Salud de Medellín en el año 2014 concluye que “los consumidores presentan un bajo nivel de información sobre el etiquetado nutricional y tienen dificultades para interpretarlo. La selección y compra de alimentos no se hace por la información nutricional sino por motivos como tradición y sabor”. Resumiendo en palabras coloquiales, los colombianos no sabemos leer tablas nutricionales, pero nos comemos todo lo que tenga buen sabor sin importar las cantidades abismales de azúcar que contenga y, además, le seguimos creyendo el cuento a la “tía Claudia” cuando nos dice que el huevo es malo.


De acuerdo con la Encuesta Nacional de Situación Nutricional realizada en 2015, que por infortuna es la más actual, el 56% de la población colombiana entre 18 y 60 años ya presentaba sobrepeso u obesidad. Por lo anterior se hacía imperativo un cambio en la alimentación de los ciudadanos, por lo que a través de los años se pusieron sobre la mesa distintas propuestas que buscaban crear conciencia en los consumidores y así, con suerte, lograr cambiar un poco sus hábitos alimenticios.


En el mundo existen dos propuestas para concientizar a los consumidores sobre qué se están mintiendo a la boca: la NutriScore, que califica a los alimentos desde la A a la D, siendo A muy bueno y D muy malo, tanto que proviene prácticamente de Chernóbil y consumirlo no es la mejor idea. La otra propuesta es el etiquetado frontal, opción que se adoptará en Colombia y que se utilizará para influir en la toma de decisiones del consumidor.


¿Cómo funciona? Al frente del empaque aparecerán unos logotipos hexagonales similares a una señal de tránsito. Estas informarán si lo que contiene ese paquete es “alto en grasas saturadas”, “alto en azúcares añadidos” o “alto en sodio”. Lo anterior puede ser de gran ayuda para todos aquellos que nos cuidamos en la alimentación y tenemos algo de conocimiento del tema, pero ¿cualquier otro colombiano tendrá el contexto suficiente para entender lo que se le está diciendo con estos avisos?


Por este desconocimiento frente a la información nutricional de los alimentos es que enfermedades como el cáncer o la insuficiencia cardiaca siguen siendo las principales causas de muerte en el mundo y junto a estas los indicadores de obesidad a nivel global y nacional siguen incrementado, afectando a adultos y, más alarmante aún, a los menores. De hecho, se espera que, para 2030, se tenga 1,5 millones de jóvenes obesos en Colombia.


Los padres no saben cómo leer la información nutricional, nadie les enseñó y no decidieron aprender por su cuenta, por esto todos los días le envían en la lonchera galletas negras con relleno blanco (con 14 gramos de azúcar) y, para tomar, un jugo “de cajita” (con 20 gramos de azúcar). Llenan a los niños con azúcares añadidos y luego se escandalizan con las cifras de obesidad infantil. 


No ayuda tampoco la satanización de las grasas y el sodio, que han promovido algunos sectores. Podría jugar en contra, pues en la cultura popular se cree que el sodio retiene líquidos y las grasas saturadas están directamente relacionadas con el padecimiento de una enfermedad cardiovascular. La realidad es que el sodio es necesario para nuestro correcto funcionamiento, pues nos ayuda a balancear nuestros niveles de electrolitos. Por esto, una ingesta adecuada de este mineral es necesaria y llegar a un exceso resulta algo realmente complejo.


Con las grasas saturadas pasa algo similar. Es real que aumentan el colesterol, nadie que tenga 3 dedos de frente lo va a negar, pero lo que se omite es qué tipo de colesterol se eleva. El llamado colesterol malo o colesterol LDL es el causante de la mayoría de las insuficiencias cardiacas en el mundo. Sin embargo, se podría etiquetar al aceite de coco con una estampa que diga “alto en grasas saturadas” sin tener en cuenta que los lípidos de este tipo de aceite no aumentan el colesterol LDL sino el HDL o mejor conocido como el colesterol bueno. Pero no todas las personas saben esto y es aquí cuando la Ley de la comida chatarra puede empezar a cojear.


La nueva normativa del etiquetado frontal se plantea como una solución, pues si el empaque ya dice “alto en azúcares añadidos” o “alto en grasas” esto hará más fácil la decisión del consumidor de comprar o no el producto. Pero no hay nada más alejado de la realidad. “Hecha la ley, hecha la trampa” dice un dicho popular y cuán cierto es. Para burlar la norma, las industrias buscarán jugar con las porciones para que esta ley no los afecte. Me explico: si se quiere evadir que el empaque de unas galletas como las mencionadas líneas arriba incluya el sello advirtiendo el alto contenido de azúcar, se hallará la forma de que su porción recomendada no exceda los 10 gramos de azúcar. 


Así, si las 4 galletas que vienen en un paquete contienen 14 gramos de azúcar, la fábrica apuntará que la porción recomendada es de 2 galletas, lo que supondría 7 gramos de azúcar. Entonces, declaran frente al consumidor y los entes de control que su snack no es alto en ese dulce veneno y siguen por la vida como si nada. Cuando esto suceda, la pregunta será si quien destapa el paquete de 4 galletas se comerá solo 2, previendo controlar el azúcar que consume.


La ley tiene buenas intenciones, pero esto no es suficiente. Ante esta oportunidad para mejorar la salud de los colombianos se hace imperativo que las personas conozcan cómo leer una etiqueta nutricional, el conocimiento de qué es una grasa saturada oun carbohidrato será crucial para el éxito de esta normativa. Este tipo de aprendizaje se debería transmitir a la ciudadanía desde una primera infancia, en colegios e instituciones educativas. Convendría enseñar sobre nutrición como parte de las asignaturas, así se tendría menos desinformación y contribuiría a subsanar un problema de salud pública.


Además, las productoras de alimentos deberán declarar porciones realistas en las cuales son consumidos sus productos. De nada servirá que un paquete de papas declare la grasa de un cuarto del empaque o que las galletas solo presenten la información de media unidad. Sin lugar a duda es un llamado a las grandes empresas de alimentos para que se preocupen más por la salud del consumidor y menos, por llenar sus bolsillos.


Con el desconocimiento de la población y la falta de transparencia por parte de las compañías esta nueva normativa solo tendría un destino: el fracaso.

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