De la comodidad al hacinamiento

 Ana Milena Daza, David López, Comunicación Social y Periodismo
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“A la larga, algo bueno saldrá. Somos muchos los venezolanos que estamos viviendo esta nueva etapa”, dice Ingrid, con la voz entrecortada. Cada palabra está cargada de una mezcla entre nostalgia y esperanza. Sabe que está viviendo otra realidad y que debe acoplarse a ella.

 

Ingrid Lemus, de 37 años, es docente integral. Nació en Rubio, estado Táchira. Hace un año, decidió viajar a Bogotá para darle una mejor vida a su familia. Tiene cuatro hijos: tres mujeres y un varón. Su esposo es colombiano retornado y fue su idea salir del país.

 

Vive en el barrio San Fernando, en el occidente de la capital colombiana. Está acomodada, como puede, en una habitación muy pequeña junto con su esposo, su bebé de 18 meses y su hija de trece años. Duermen en una colchoneta en el piso, comparten el baño, la cocina y el pago de los servicios con dos familias que viven en la misma casa. Su principal problema es el hacinamiento pues aún no ha conseguido un mejor lugar para vivir.

 

Su esposo trabaja en la construcción y ella, de vez en cuando, presta servicios domésticos. A pesar de tener un título profesional, una carrera y una experiencia de más de cinco años, no ha conseguido un trabajo relacionado con esto y se debe adecuar a las posibilidades que salgan pues los gastos no esperan.

 

Según Viviana Manrique, catedrática en Derechos Humanos y experta en Derecho Internacional, Colombia, al aceptar migrantes, está en la responsabilidad de velar por el cumplimiento de los derechos humanos de las mujeres tales como vivienda, educación y salud, en su totalidad. Ni Ingrid ni su familia están registrados en el sistema de salud. Su bebé no tiene las vacunas correspondientes a su edad porque, según ella, los centros médicos a los cuales se ha dirigido no le han brindado la ayuda o información necesaria para entender cómo proceder.

 

La profesora decidió venir a Colombia porque la situación en Venezuela era agotadora y desesperante. “Ver que tocaba hacer rendir la comida, reducir los platos o saber que mis hijos quedaban con hambre, me llevó a tomar cartas en el asunto”. Su esposo llegó primero a la capital, se ubicó, consiguió su trabajo y recogió el dinero que costaba el bus de Cúcuta a Bogotá para que ella pudiera viajar. Finalizando febrero del año pasado, Ingrid pasó la frontera colombo-venezolana en compañía de su bebé y de un cuñado que se ofreció a ayudarle con las maletas. Tomó un taxi al terminal de Cúcuta y después un autobús que la llevaría, luego de catorce horas, a la capital.

 

En Venezuela, su casa era grande, con espacios amplios y escenarios separados. Su trabajo le permitía pasar tiempo con su familia y su estilo de vida era aceptable. Cuando la situación empezó a empeorar, ya no podía comprar los mismos víveres de mercado, con el mismo dinero de antes, pues, según ella, los precios de los alimentos se duplicaron. En una quincena, Lemus recibía 400.000 bolívares, lo cual para enero de 2018 equivalía a $16.340 pesos colombianos, y sólo le alcanzaban para un kilo de arroz. Hoy, el mismo producto ya rodea los 6.000.000 bolívares (casi $5.400 colombianos, pues cada día el precio de los productos puede cambiar). 

 

Al venir a Bogotá, Ingrid dejó a dos de sus hijos, de 15 y 16 años, y a su madre. Les envía dinero cada vez que puede pues las condiciones en las que ellos viven son preocupantes. “Mis conocidos me dicen que les envíe lo que pueda porque mi madre está muy flaca y hay días que no pueden comer más de una vez”. Con $ 40.000 pesos colombianos, casi 40 millones de bolívares que envía,  pueden comprar un cartón de huevos (entre 10 y 12 millones de bolívares), un kilo de arroz (6 millones de bolívares), azúcar (6 millones de bolívares). Y para comprar carne o pollo deben contar con alrededor de 5 y 6 millones de bolívares para comprar un kilo.

 

 

Ella quisiera volver a Venezuela, si la situación actual mejora, porque aunque le tocara empezar de cero, tendría la oportunidad de estar con sus seres queridos, de tener su vida cómoda y de disfrutar la tierra donde nació. Según Ingrid, “uno es profeta en su tierra” y esto posibilita vivir mejor. A veces, en su tiempo libre, que por ahora es bastante, piensa en lo que hubiera podido pasar si siguiera en Venezuela. Espera salir adelante, formar sus hijos, vivir bien y hacer de esta situación algo más positivo.

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