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¿Genialidad o autoplagio?

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David Santiago Medina

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Las apariencias y concepciones son más amplias de lo que se cree.

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Foto:
Norbert Kundrak de Pexels

Recuerdo muchas veces en que se me ocurría una idea o un argumento que resultaba ser el correcto para la situación en la que se necesitaba una solución. A esa ocurrencia la llamaba “brillantez”, y me sentía muy orgulloso de mí mismo, me sentía un genio, a veces incluso un superdotado por dar con la solución correcta para un problema o la mejor respuesta para preguntas sobre diversos campos del conocimiento, todo gracias a mi mente maravillosa y “prodigiosa” (sé lo que están pensando, “pobre niño egoísta e ingenuo”).


El tiempo siguió su curso y mis ínfulas crecieron, pero la sencillez es lo que separa a las personas orgullosas de las correctas. Podrán imaginar mi sorpresa cuando en bachillerato me enseñaron a consultar e investigar fuentes verídicas y me di cuenta de que alguien ya había pensado exactamente lo mismo que yo. Y así, golpe tras golpe de realidad, mis murallas ególatras y narcisistas fueron cayendo, piedra por piedra, mi convencimiento, de ser un prodigio intelectual con tan solo 16 años, quedó ahí. ¿Por qué tiene que ser así?


Llevaba años matándome la cabeza para hallar una respuesta. Me gradué del colegio y mi incesante pregunta comenzó a aplacarse cuando llegué a la universidad. ¿Cuál puede ser la diferencia entre la educación básica secundaria y la superior? Que la superior realmente nos enseña cómo funciona el mundo que nos rodea. En la universidad terminé de disipar esa duda en la clase de teorías de la comunicación.


¡Sabía que había una respuesta coherente para esta clase de cosas! Bendita la psicología y la neurociencia. Creo que difícilmente habría dado con la criptomnesia si no fuera por la carrera que estudio.


La criptomnesia explica esta clase de fenómenos, también conocida como el “autoplagio”, porque nos hace creer en cosas que “no pasaron” cuando realmente sí pasaron, pero no nos acordamos del tránsito por la memoria inconsciente. El psicólogo Adrián Triglia explica que este es un fenómeno difícil de entender “para alguien que crea que nuestra propia memoria no tiene ningún secreto para nosotros porque, al ser súbdita de las órdenes de nuestra consciencia, no puede regirse por normas demasiado caprichosas o ajenas a nuestra voluntad”.


Incluso nuestra mente burla la lógica para mostrarnos un mundo de posibilidades a raíz de memorias que no percibimos con toda nuestra atención. Triglia pone ejemplos como los de las canciones. Afirma que “estos casos son muy frustrantes para la gente que no sabe cómo plasmar la música en pentagramas y ni siquiera tiene a mano los medios necesarios para registrar el sonido de la nueva composición”. Lo que parece un destello de genialidad se reduce a “una versión sobrecargada e innecesariamente larga de la musiquilla que suena en un anuncio de champú”, complementa.


Saber sobre la posibilidad del autoengaño motiva a otra pregunta: ¿El mundo ya se nos fue entregado "libreteado"? Hasta donde se conoce, sí; pero rápidamente viene a mí una frase que fácilmente puede ser el “credo” de la filosofía: “el conocimiento es infinito”, la historia se escribe cada día de la existencia y lo seguirá haciendo hasta el fin del mundo, incluso después, la existencia misma seguirá sin nosotros. Por lo tanto, no podemos dejar que el conocimiento que ya poseemos nos limite a buscar más.


Sin embargo, una persona que sobrepiensa, como yo, genera una pregunta tras otra. Así que surge una nueva: ¿Voy por el buen camino? ¿Para llegar a dónde? ¿A la intelectualidad?, ¿a la plenitud?, ¿a la paz interna? Se supone que iba a ser solo una pregunta, pero creo que ya me entienden a qué me refiero con sobrepensar. ¿Y las respuestas? No lo sé y tampoco sé si algún día lo sabré, si alguien más lo sabe. Pero, por algo vivimos en comunidad, por algo nadie lo sabe todo. Pero todos sabemos algo.

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