¿La fotografía análoga ha regresado o más bien nunca se fue?

Juanita Builes Gallo y Santiago Caicedo, estudiantes de #ComSocial y Periodismo

Quien no pertenezca a la era digital es como si habitara un planeta distinto. Pero, aunque no lo parezca, el universo de la fotografía análoga sobrevive.

Lea también:
pulzo.jpg
¿La fotografía análoga ha regresado o más bien nunca se fue?
Foto:
Multimedia de Wix

Quien no pertenezca hoy a la era digital es como si habitara un planeta distinto. Pero, aunque no lo parezca, el universo de la fotografía análoga tiene más habitantes de lo que pareciera. Bajo el hashtag #FilmIsNotDead en Instagram aparecen más de 21 millones de fotografías hechas con cámaras análogas, que han pasado por un proceso de digitalización.



Claros y oscuros



Todo es rojo. La mesa, el lavabo, la silla y las paredes. Hasta el propio cuerpo termina por verse de ese color. Huele a químicos. Y dentro de ese cuarto pequeño, en una de las bandejas que está sobre la mesa, algo crece. Se ve aparecer, con lentitud, entre el líquido transparente, una imagen que emerge del papel blanco. Casi por arte de magia. Es ver una foto nacer. Y está viva.

Esa imagen podría ser cualquiera de las fotografías que están en nuestros álbumes familiares. Los registros de la infancia de nuestros padres, y de las nuestras, fueron hechas en su mayoría con cámaras análogas y rollos de 36 fotos. Para 1997, los colombianos gastaban unos 75 millones de dólares anuales en revelado y copiado de fotografías. En el país, los laboratorios de Foto Japón y Casa Color concentraban el 60% del mercado.


Ya sean cámaras manuales, semi automáticas, point and shoot, desechables o polaroid, la fotografía análoga siempre ha estado ligada a químicos, laboratorios y ampliaciones que requieren paciencia, dinero y conocimiento. Si en el proceso de revelado la imagen se dejaba en el líquido mucho tiempo, se ponía negra. Pero la fotografía digital trajo consigo la luz. Se acabaron los cuartos oscuros. Ya no había rollos que se velaran. Y quien quisiera podía tomar fotos rápidamente, sin tantos costos ni dedicación. Hoy, un rollo que en los años 90 costaba dos mil pesos, ahora vale 30 mil. Y este incremento en los precios es consecuencia de la baja producción de las empresas que anteriormente dominaban el mercado.


Porque el gigante de los productos de fotografía analógica, Kodak, falló en evolucionar y adaptarse a la nueva era, y marcas como Canon, Nikon y Sony le ganaron la partida. Esta empresa, que para la década de los 90 tenía valoradas sus acciones en 95 dólares, para 2007 las tendría en 2.5. Se derrumbó el imperio y, con él, los laboratorios de revelado líderes en Colombia. Sería como ver hoy caer a Apple, una empresa que, de hecho, llegó también a apoyar la fotografía digital e hizo de la calidad de la cámara de sus smartphones su razón principal de venta. A la par llegaron las redes sociales para, por fin, acabar con las fotos del pasado.


Antes, la fotografía sobre papel tenía una importancia predominante. Pero Internet acabó con el valor de lo material para anteponer la inmediatez, la reproducción y la conectividad, como explica Joan Foncuberta en La furia de las imágenes. Desde entonces, lo analógico se relaciona con lo tangible, y lo digital con lo rápidamente reproducible. ¿Y qué es lo que cuenta?



Nostalgia analógica



En esta tienda sólo hay cámaras; cámaras y rollos; cámaras, rollos y negativos por todas partes. Al mando está Julio Duarte, grande, gordo, de gafas redondas, casi calvo, un hombre que debe rondar los 65 años. Ha trabajado allí desde que él mismo abrió Fotocomputo, uno de los laboratorios más reconocidos de Bogotá, en la calle 23 con 5, hace 28 años. Por la puerta de este local gris, al que no le entra luz, con rejas y cámaras en las ventanas, han pasado centenares de estudiantes, principiantes y fotógrafos avanzados a revelar sus rollos.


Pero cuenta Duarte que hace unos diez años, su público principal empezó a desvanecerse. Las universidades del centro de Bogotá comenzaron a eliminar de sus planes de estudio la clase de fotografía, y los estudiantes de arte, diseño, publicidad y comunicación se mudaron a las cámaras digitales y, con ello, pasaron también del revelado a la impresión. Para este punto, sólo una parte de la clientela de Fotocomputo se mantuvo: el público aficionado. Lo que en cifras corresponde solo a un 30%. Ellos eran los nostálgicos. “Ahora hay mucho muchacho, millenial, que se encariñó con la fotografía análoga”, dice Duarte, y esos jóvenes, aunque hacen parte de la generación digital, han encontrado en el método antiguo una nueva forma de experimentación.


En las paredes del Museo de la Tertulia en Cali, un edificio con una fachada de columnas simétricas y salas de exposición de piso y techo en cemento, se encuentra colgado el trabajo del fotógrafo Habacuc Suárez, el bisabuelo de Valentina Pedraza, una joven de 20 años que en junio de 2019 comenzó a interesarse en esta técnica fotográfica. Sin embargo, no fue su abuelo sino una publicación en Instagram lo que la convenció de estrenar su primer rollo: la famosa Kendall Jenner utilizando una Contax T2 de 200 dólares, que ahora cuesta más de cinco veces su precio original.


“Es paradójico, pero gracias a los medios digitales la fotografía análoga llama más la atención. Uno sabe cuándo una foto no fue tomada por un celular. Por más que uno edite sus fotos para tener el mismo resultado, es imposible lograr nada parecido”, comentó Pedraza. Y paradójico es también que sean las redes sociales las que hagan que esta nueva generación se interese por esta vieja práctica. El impacto de Jenner en Pedraza es sólo un ejemplo de esta generación influenciada por los medios digitales, e internet es asimismo el lugar para crear una comunidad en torno a este hobby que regresa al pasado y publicar lo que antes se hubiera quedado solo en lo análogo.


Dominik Schrey utiliza el término nostalgia análoga para explicar este fenómeno de añoranza de aquello que con la digitalización acabó. Porque la generación digital recuerda haber ojeado álbumes familiares, pero no haber disparado las cámaras que tomaron esas fotos. Esta práctica se ha convertido en un descubrimiento para ellos, que responde al deseo de viajar al pasado y de crear algo tangible. Tacto, atemporalidad y sentido artístico. Eso es lo que los llama. Y más que el resurgimiento de una técnica, se trata de un arte que simplemente no conocían, y que así como su uso, requiere pasión por su carácter poco práctico.



Lo tangible



Ya lo dijimos: los buenos recuerdos de casi todas las familias están almacenados en álbumes de distintos tamaños. Bautizos, cumpleaños, nacimientos, matrimonios. Ahí están, pueden tocarse. El ser humano desarrolla el sentido del tacto antes que ningún otro: un feto de tres meses es capaz de percibir sensaciones que vienen del exterior y reaccionar cuando su madre, desde fuera del vientre, lo acaricia. Pero en nuestro mundo contemporáneo, el tacto pareciera cada vez menos importante. Nos relacionamos a través de las pantallas, e incluso los abrazos y el sexo se han digitalizado, como si tocar ya casi no importara.


Pasa lo mismo con la fotografía. Ahora hacemos fotos de todo, ya no solo de lo importante. Del carro para recordar la ubicación en un parqueadero, del plato de comida en un restaurante, de las notas del profesor en el tablero. El 85% de nuestros recuerdos es capturado por teléfonos inteligentes, pero ni siquiera tocamos un botón real al hacerlo. Es tan fácil tomarlas como deshacerse de ellas. Y entre nosotros y la realidad media de nuevo la pantalla.


Por el contrario, la fotografía análoga es tangible, maleable. En el cuarto oscuro se puede cambiar por completo el resultado de una foto, y por eso mismo es delicada, divertida, dinámica. Se juega con la luz, con la textura y a veces hasta se llevan al límite los gránulos de plata, que pueden terminar explotando. No se trata solamente de tomar la foto, hay que develarla, construirla, ampliarla. El fotógrafo interviene en el proceso completo. Alguien podría decir que también podemos hacer lo mismo con la edición digital. Pero la diferencia es una: no podemos tocarla.


La fotografía análoga, entonces, se convierte en un escape del mundo hiperconectado. Le da a las nuevas generaciones  una oportunidad de detenerse a pensar la foto y dejar de lado la inmediatez de lo virtual. Y aunque al final del día volverán a las pantallas, el proceso le permite a sus cuerpos –ojos, manos, pies– salir de ellas y vivir una experiencia palpable. Tocar siempre será más atractivo.



Lo artístico



Picos de montañas coloreados en negros profundos; cielos y nubes grisáceas que simulan haber sido difuminados con el dedo sobre el papel; rayos de luz que parecen pintados con el blanco más blanco y algunos árboles al fondo asomándose en el encuadre. La imagen se asemeja a un paisaje pintado en carboncillo. Ansel Adams lograba, con sus fotografías análogas, obras de arte, y fue a través de esas imágenes que el profesor y fotógrafo Mario Nieto comprendió el potencial artístico de la fotografía.


Nieto no es un profesor común. No solamente les enseña a sus estudiantes a usar la cámara, sino que les muestra todos los procesos, antiguos y contemporáneos. Hace diez años, Nieto se rehusó a feriar su equipo y a migrar de manera repentina a la fotografía digital, como lo hicieron la mayoría de sus colegas. Para él la fotografía es mucho más que un conjunto de píxeles. Y asegura que, de hecho, lo análogo nunca se fue. Él nunca dejó de estar enamorado de lo manual, versátil y tangible de esta forma de arte. Es un profesor que enseña, como lo hacía Ansel Adams, a pintar con luz.


Nieto explica que la fotografía análoga no es para alguien que busque soluciones prácticas, sino para quienes buscan el arte en el ejercicio. “En sus comienzos, el propósito de la fotografía era congelar el momento, retratar la realidad. Pero cuando la reproducción de imágenes entró al mercado de consumo, mucha gente toma fotos y luego no las vuelve a ver, o las olvida. Entonces, ¿por qué creamos la imagen?”.


El profesor entiende la foto como un proceso lento y reflexivo, una práctica creativa y de memoria. Por eso, junto a su esposa, creó el Tipia Lab, un espacio desde el que imparte talleres de fotografía alternativa. Porque el sentido artístico de esta práctica atrae no solo a artistas y fotógrafos, sino también a psicólogos, médicos, ingenieros o químicos, jóvenes novatos y adultos. El éxito del Tipia Lab demuestra  que la fotografía análoga está viva y gana cada día nuevos seguidores. “En la pandemia, todo se relegó a la esfera virtual y el laboratorio no fue la excepción. Pero la necesidad de hacer arte nunca se detiene y, de cierta forma, el encierro lo intensificó. Empezamos a mandar paquetes con utensilios de revelado del estilo Do it yourself –Hazlo en casa– y eso diversificó aún más nuestro público”.



Lo pasado



Hay familias que por generaciones han compartido su afición por los caballos o por el fútbol. Están las que disfrutan leer y son cunas de intelectuales. Pero hay otras, como los Castro, que sin pensarlo construyeron un lazo invisible entre sus miembros. El fotógrafo Juan Gabriel Castro, a través del visor de una Pentax K1000 de 1965, vería unas fotografías que había hecho su abuelo muchos años antes y entendía que su pasión por la fotografía era un legado familiar. Su abuelo le había heredado esa cámara Pentax, con la que empezó a trabajar, así como tanques de revelado, libros de teoría y una que otra película vencida: los insumos necesarios para emprender un viaje al pasado y una profesión a futuro.


La fotografía análoga parece prehistórica. Su historia, métodos y el juego químico se originan en el siglo XIX. Sin embargo, su atemporalidad llama la atención. Su plasticidad no sólo se hace evidente en el cuarto oscuro, sino en la capacidad de la cámara de coleccionar años y recuerdos sin dejar de funcionar, y eso la devuelve siempre al presente, y aunque vieja, no caduca.


Mario Nieto, por ejemplo, muestra a sus alumnos una cámara de los años 20, y se emociona al explicar que hoy, con casi cien años encima, sigue capturando fotografías con un gran nivel de detalle. La historia de estos dispositivos se mide tanto en la cantidad de películas que han recorrido sus maquinarias como en los recuerdos que han capturado. Y en el caso de los Castro, su historia tiene un único visor. Una historia que parece muy lejana a los nativos digitales, pero que, cuando la conocen, comienzan a entender su gran valor.



Retroceder para avanzar



En el estudio de fotografía de la Universidad de La Sabana, los alumnos de otro profesor, Juan Sebastián Jaramillo, escuchan un pitido agudo seguido de un flash de luz cada vez que hacen una foto. “Perdone, profe. Nos vamos a poner románticos un segundo”, dijo una de las estudiantes mientras reducía la intensidad de la luz. Bajo esa atmósfera tenue, y mientras el profesor le respondía con “¡Eso!” entusiasta, la joven, sin saberlo, había establecido el tono preciso para su fotografía. Mientras tanto, su maestro describiría al proceso de revelado como lento, antiguo y romántico, un juego que ocurre entre la oscuridad y la luz. “¿La fotografía análoga ha regresado o más bien nunca se fue?”, se pregunta Jaramillo. Y este proceso que es arte, aunque no es para todo el mundo, una vez alguien se interesa de verdad, tiene la posibilidad de mejorar. “Y la única forma que hay de avanzar, creo, es devolverse un poco en la historia”, dice el profesor. Retroceder para avanzar. Un pasado que trae arte al presente y al futuro. Y lo tangible siempre será el mejor depositario de lo artístico. Lo demás corre el riesgo de fundirse en la nube, volátil y efímera. En el olvido.

¿La fotografía análoga ha regresado o más bien nunca se fue?
Foto: