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¿Qué venden en el Centro de Cienciología en Bogotá? 

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David Forigua, Comunicación Social y Periodismo

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Rodeada de misterio, críticas y fervorosos creyentes, se encuentra la auto-denominada "religión filosófica aplicada" de la Cienciología.

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Foto:
Getty Images

¿Sufre usted de lumbagos, calambres o dolencias similares? ¿Alguna vez experimenta dudas de sí mismo, pensamientos negativos, miedos irracionales o comportamiento irracional? ¿Sus fracasos pasados todavía le preocupan? ¿Se ha sentido infeliz, angustiado, cansado? ¿Padece torticolis, torceduras, desgarros? Si leyendo esto mentalmente usted ha respondido decisivamente y con algo de ritmo un “sí, señor”, puede que usted, como yo, conozca un anticuado y famoso comercial de la televisión colombiana —indeleble en la mente de muchos en el país—. Pero, más importante que eso, no se preocupe, es casi seguro que usted es humano. Y aún mejor, puede que la solución a esa terrible condición se encuentre en, al menos,  tan solo dos cosas: una pomada, casi mágica, que atemoriza lo dolores, y en una de las 4 mil 300 religiones que han surgido en este planeta, la “nueva y vital” para este mundo, Cienciología.


Las preguntas que usted ha leído anteriormente—que espero hayan inspirado algo de reflexión en usted— constan de tres fuentes diferentes. Aunque es muy probable que antes, por alguna razón y sin mi ayuda, ya se le hayan cruzado por la cabeza en algún momento. La primera y la última, si a usted no se les hace familiares, provienen de una voz profunda  y preocupada que se escuchó por primera vez en 1989 promocionando un producto llamado “Dolorán”. La segunda y tercera, las escuché dentro de un edificio de 7 pisos que cruza la avenida 19 y la calle 100 en Bogotá, cuyo nombre está marcado en grandes letras en su entrada y lee: Centro de Dianética y Scientology (en un uso raro de lo que parece un spanglish).


Pese a que en Colombia el 90% de las personas son fieles a las enseñanzas cristianas, hay quienes ponen su fe en la psicología o incluso, podríamos decir, en los crecientes negocios multi-nivel —que prometen felicidad a través del consumo y venta de productos—. En esos casos, quienes lideran tales iniciativas, apelan a los dolores que casi todos hemos experimentado.


Vida perfecta y amor no garantizado


Eran las 2:00 p. m. y me encontraba en el sector Usaquén, parado frente a una moderna e imponente construcción. A mi izquierda, había dos hombres: uno, vestido con traje y de unos 40 años de edad, revisaba pegando su cara al vidrio la extensa fila de libros que se encontraban expuestos. El otro hombre, cercano en edad y vestido de forma parecida,  en cambio,  revisaba un pequeño anuncio de vacantes administrativas que se encontraba al lado de la puerta. Ninguno ingresó. Las entradas se encuentran abiertas y, junto a los grandes vidrios que forman la estructura del primer piso, dan una sensación de bienvenida, pero muy pocos entran. Los que lo hacen, son convencidos por los “vendedores”—no se me ocurre un mejor nombre para ellos— que se ubican en la parte que da a la calle 100.

Tan solo 8 personas pude contar durante las dos horas de mi primera visita. Todos parecían compartir, como yo, algo de tiempo de sobra y una, al menos leve, esperanza de que la mejor vida que esos uniformados y en extremo amables hombres y mujeres les prometían, era posible. Creo haber sido el único, el tiempo que estuve, que entró por completa curiosidad o, como intenté hacer creer, por total desesperación. Se me ocurrió que probablemente aquello no era común. Ya que, frente a la recepción, la señora detrás del mostrador me dijo un severo y extrañado “¿qué necesita?”, como si pensara que habría de haber llegado ahí buscando una dirección.


Después, entendí que lo más común era ser un nuevo visitante invitado o un recurrente conocido, no un transeúnte que aparece como diciendo “¿buenas, acá me quitan lo infeliz?”. “Vengo solo a mirar”, respondí, como si de una tienda de San Andresito se tratara. No pasó mucho tiempo antes de que alguien llegara. Menos de un minuto le tomó a un señor, que no volví a ver, preguntarme qué buscaba. Estaba nervioso, no esperaba menos que una lavada de cerebro. “Quiero saber de Dianética”, dije, pues fue la única palabra que alcancé a leer antes de ser atajado por el vendedor. “Claro, siga por acá por favor, ¿le gustaría ver un video?”, pronunció tan extrañado como yo, sin quitar una sonrisa de su cara. Sentado en una sofá bastante pequeño e incómodo, frente a un televisor del que salía una moderna pantalla táctil, observé en detalle el primer video de muchos por ver ese día. “Dianética”, decía una voz profunda—no muy diferente a la del comercial de la pomada—“¿Alguna vez experimenta dudas de sí mismo, pensamientos negativos, miedos irracionales o comportamiento irracional?”… Usted ya conoce esta pregunta.


El 19 de mayo de 1950 un reconocido autor de, hasta ese momento, más de 138 historias literarias— ampliamente populares en la época de su publicación— conocidas por llevar al extremo el entusiasmo tecnológico del siglo XX, en una mezcla perfecta entre ciencia y ficción; habría de publicar un libro que cambiaría para siempre el mundo: Dianética. El “primer texto comprensible jamás escrito sobre la mente humana y la vida”, haría de L. Ronald Hubbard uno de los más famosos ‘filósofos’ y escritores de su época. Impresa por primera vez en el mismo material barato por el que eran conocidas sus obras de fantasía, el desecho de pulpa de madera —gracias al cual este tipo de publicaciones serían nombradas como literatura de pulpa o, mejor conocida, Pulp fiction— no pasaría mucho tiempo antes de que, “La Ciencia Moderna de la Salud Mental”, alcanzara un lugar en la lista de  los libros mejor vendidos del New York Times.


El señor de la sonrisa se fue después de poner el video de explicación. Volvió, puso otro vídeo, no sin antes hacerme una pregunta: “¿Qué le pareció?”. “Muy interesante”, sería lo único que repetiría, de ahora en adelante, con el ánimo de no mentir pero tampoco de decir algo inadecuado.


Él pondría otro vídeo y se iría otra vez. En esta ocasión, para reunirse en lo que parecía un consejo de vendedores improvisado. Acabado este vídeo trajo a alguien más, una mujer de entre 25 y 30 años, esa fue la última oportunidad en que lo vi. Ella preguntó por mi nombre, mi ocupación y cuántos años tenía. Los demás vendedores repetirían la misma rutina. Le conté, con demasiada tranquilidad, que me sentía mal, que buscaba respuestas y pregunté: “¿esto no es como la psicología?”. Su cara cambió, parecía que no le había gustado mi pregunta. Me dijo que Dianética era algo superior, aunque sonaran parecidos los conceptos. Le pregunté por la parte religiosa y me dijo que no eran “dogmáticos”, que ella era católica, lo cual comprobó sacando una cadena de su pecho, y que Scientology era solo un complemento. Por último, me ofreció con entusiasmo un curso que se iba a hacer en una semana, cuyo costo era de más de 100.000 pesos. Al ver mi negativa, cambió su propuesta: “¿al menos te vas a quedar para hacer el test de personalidad gratuito, verdad?». No me negué, ese era el gancho para las nuevas personas. Después de todo era gratuito, como pocas cosas en la Cienciología, y lo máximo que se podría perder era tiempo… O esa fue mi sensación cuando acabé las 200 preguntas que componían el test.


Hubbard se había alejado de las publicaciones científicas sobre psicología y filosofía, encontrando en la revista donde publicaban sus historias, Astounding Science Fiction, el mejor lugar para mostrarle al público sus descubrimientos revolucionarios. Inició así “una nueva era de esperanza para la humanidad”, desde la cual criticaría el psicoanálisis y los tratamientos psiquiátricos. Con el tiempo, fundaría el movimiento religioso —y por ende libre de impuestos— de Scientology, en el cual mezcló, como en sus primeras historias, ciencia y fe, en un libro traducido a 70 lenguas, con 1084 obras, 185 audiolibros publicados, convirtiéndose, según la agencia Guinness de récords, en una competencia de los textos de Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Mahoma…


Finalmente, los resultados de mi test habían resultado increíblemente precarios. “¿Respondió honestamente?”, formuló alarmado el encargado de los resultados. “Sí”, esa era la verdad. Me quedaba una duda; “¿quién es el autor del test?”. Como respuesta solo hubo un gesto que señalaba a la palabra Oxford escrita en la parte superior de los resultados, como si el nombre de por sí indicara algo. No era ese el caso, una breve investigación demostraba que no había ninguna relación con la prestigiosa universidad. De ahí fui perdiendo de vista a los que me atendían una vez se deshacían de mí.


La respuesta a uno de mis mayores falencias detectadas en el test, “la responsabilidad”, se encontraba en un curso personalizado de menor costo al que me habían ofrecido anteriormente. 96 mil pesos habría de pagar de forma inmediata  para realizar la inscripción y no había mejor momento que ese preciso instante—solo cargaba con 20.000 y algo de saldo en mi tarjeta de transporte público—. Me negué amablemente mostrando interés en conocer más y afirmando que con algo de tiempo seguramente lo haría. “El afán es tuyo”, seguía insistiendo la persona que se quedaría conmigo hasta el final de mi visita. Terminé por resignarme a sus continuas ganas de ayudarme, que se habían vuelto en algún tipo de subasta en donde me ofrecían más por menos. Compré lo único que mis humildes ingresos de estudiante podían costear: un folleto de 15.000 pesos que, se supone, tendría que iniciarme en “el puente a la libertad” de Hubbard.


Finalizada la compra, me invitaron a un evento gratuito por el cual sentí que, tan solo la información, venía incluida en el precio del folleto. Salí prometiendo volver una vez acabara de leer, cuidadosamente, lo que terminó por llevarse el dinero para el almuerzo del día. Aquello último lo hice. Durante una semana me dediqué al análisis de las 40 páginas contenidas en un formato muy parecido al de las Pulp Fiction. Mis conclusiones, dos: una frase de la película homónima a este tipo de literatura, pronunciada por el personaje de John Travolta, uno de los más influyentes scientologist en el mundo: “Una vez un hombre admite que está equivocado, es inmediatamente perdonado por todas sus malas acciones”, resume en palabras menos técnicas la filosofía detrás del texto. De modo que este se encarga de explicar, con términos novedosos que se repiten una y otra vez, cómo los “actos hostiles” son la causa para que uno evada las responsabilidades y viva infeliz. Por lo que una vez estos sean conocidos uno habrá de sentirse aliviado y completo de nuevo.


La contradicción: “se les garantiza una vida perfecta de serenidad y amor no garantizado”, es ejemplificada a través de dos oraciones con pocas páginas de distancia. “El autor y la editorial no garantizan, de forma expresa ni implícita, los contenidos de este folleto”, procurando así librarse de futuros reclamos y “tendrá en sus manos instrumentos que resolverán por completo tal desdicha”, reafirmando que “la respuesta está” en las enseñanzas de Hubbard.


Sumergido en la historia de la iglesia de Scientology y más allá de las analogías e ironías que se puedan sacar al respecto, algo quedó en mi cabeza: así la hubiera buscado, nadie podría haberme dado una respuesta porque no había alguna. Detrás de las religiones se encontraban, seguramente, buenas intenciones, lecciones, consejos y reglas que por orgullo o decepción ya había decidido que no aplicarían en mí. Todos sufrimos. Por eso las pomadas mágicas y las historias interesantes con tintes de salvación se vuelven tan populares. No hay forma de evitarlo y cada uno elige su “cura”. Es fácil denotar lo ridículo en algunas creencias, puede que sea tan fácil como caer en ellas.


Media hora después de acabar mi tiempo como Cienciólogo, hice algo que haría revolcar a Hubbard en su tumba: pedí una cita con el psicólogo, porque iglesia, culto, psicología, todo es lo mismo… probablemente.

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