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275 días en la oscuridad

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María Fernanda Pantano Garzón

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Esta es la crónica del secuestro del que fue víctima Mauricio Gómez en 2004, a manos de un grupo al margen de la ley.

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Entre 1996-2006 en Colombia se presentaron 23.144 secuestros a manos de grupos ilegales. Mauricio Gómez fue una de las tantas víctimas de esta época de oscuridad en el país. Por: María Fernanda Pantano Garzón

Cundinamarca es uno de los 32 departamentos que conforman la República de Colombia. Este departamento se caracteriza por su variedad de climas (bajas temperaturas en las cumbres de las montañas), sus paisajes verdes y montañosos llenos de vegetación, y por sus atardeceres anaranjados.  Es una tierra mayoritariamente agropecuaria en las zonas rurales, lo que para muchos puede ser un sinónimo de retraso tecnológico. Sin embargo, esto hace que sea uno de los lugares más atractivos para visitar. Pero, entre 1990 y 2005 no solo este departamento sino todo el país se vio inmerso en una de las etapas más oscuras de los últimos años a causa de una ola de secuestros anuales cometidos por diversos grupos armados ilegales.


Mauricio Gómez Rodríguez es un campesino de 1.70 cm, de tez blanca pálida, ojos claros y cabello rubio, que ha vivido durante toda su vida en Cundinamarca. Cuando pequeño, vivió en la vereda Nemoconcito de Villapinzón (municipio en el plano cundiboyacense), y luego a sus 28 años se mudó con su esposa Adelita Buitrago a la vereda El Espinal Carrizal del pueblo llamado Lenguazaque. Desde que tenía cerca de 18 años se dedicó a la producción agrícola, especialmente de papa; cultivo que es característico entre los cundinamarqueses. De acuerdo con la Presidencia de la República, Cundinamarca es el primer departamento que más produce papa con el 37% de área sembrada, seguido por Boyacá con el 27%.  Años más tarde, Mauricio se convirtió en uno de los grandes productores de papa de Villa Pinzón y sus alrededores.


Un día como cualquier otro, 21 de septiembre del 2004, Mauricio con 31 años se despertó, se arregló y salió de su casa como siempre a las 7 de la mañana hacia el campo para realizar sus actividades diarias. Adelita Buitrago, su esposa con 19 años entonces, se quedó en su casa con sus dos bebés- la niña de un año y el niño de dos- y a las 6 de la tarde llegaron cerca de ocho hombres, algunos vestidos con el uniforme del Ejército Nacional y otros con ruanas y botas, preguntando por su esposo. Al ver que no estaba decidieron esperarlo, pero antes, entraron a la vivienda, registraron las pertenencias de la familia y se llevaron algunas, entre ellas el celular de Mauricio y un millón de pesos que él tenía guardados para pagarle a sus trabajadores.


A eso de las 6:30 de la tarde, Mauricio volvió del campo y vio a los hombres, cosa que despertó confusión en él, ya que los “soldados” tenían con ellos escopetas y no fusiles (arma de dotación del Ejército Nacional). Al llegar lo saludaron por su nombre y le dijeron que necesitaban requisar a sus obreros ya que sabían que uno de ellos hacía parte de la guerrilla, algo que él negó inmediatamente. Pero ellos insistieron y ordenaron que los debía acompañar para hacer el procedimiento respectivo, a lo que él tuvo que acceder al saber que estas personas no eran parte del Ejército y podían hacerle daño frente a su familia.


—Me dijeron que teníamos que ir a donde estaban los obreros, después no quisieron parar en donde ellos estaban y me dijeron que teníamos que ir a Villapinzón para hablar con mi papá, algo que tampoco pasó—. Mauricio comenta que al final lo terminaron llevando en la camioneta Chevrolet a “La petrolera” (un terreno cercano a la carretera en la vereda La Faracia en Lenguazaque), a donde llegó un camión turbo cargado de huacales de fruta. —Yo pregunté que a dónde me llevaban, que si me iban a matar. Ellos dijeron que no tenía derecho a hablar, que si me quisieran matar me hubieran matado en la casa— recuerda Mauricio.  Y luego cuando lo subieron al furgón: —Me colocaron un pasamontañas, me amarraron la boca y me hicieron tomar algo horrible, amargoso que me adormeció el cuerpo y la lengua— dice Mauricio.


Al joven campesino lo escondieron entre los huacales de fruta y el camión empezó a andar. Mauricio sabía que habían tomado la autopista principal ya que recordaba perfectamente las curvas de carretera, pero luego ya no supo en dónde estaba. El furgón seguía andando y luego de algunas horas de viaje se detuvo. Mauricio escuchó voces saludando y pidiendo documentación del vehículo, por lo que supo que se trataba de la Policía. Él esperaba que lo encontraran, y lo devolvieran a su hogar, pero no podía hacer nada, pues un hombre junto a él le colocó un objeto puntiagudo en su cuello y un arma en la boca para que no pronunciara ningún sonido. Y luego de unos minutos, la esperanza de Mauricio se disipó cuando la Policía permitió al camión seguir la ruta.


El viaje continuó mientras la angustia del hombre se incrementaba. Luego de lo que él calculó como 6 horas de viaje, el furgón volvió a detenerse y los hombres lo bajaron. —Yo sentía que me llevaban arrastrando entre mucha caña de azúcar— incluso Mauricio recuerda que sentía calor y escuchaba el cantar de los gallos, por lo que supuso que estaba amaneciendo. Cuando finalmente lo ataron a un árbol los hombres le dijeron —usted está retenido y debe darnos una colaboración de 7 mil millones de pesos. Somos la guerrilla—. Ante lo cual Mauricio quedó petrificado.


En el año 2004 se efectuaron 1.440 secuestros en el país, 716 de ellos de carácter extorsivo (siendo Cundinamarca el quinto departamento con mayor incidencia de este tipo de secuestro), el cual sirve como fuente de financiación para los grupos armados ilegales.  En el caso de la guerrilla constituía cerca del 22% de sus finanzas, según indicaron Francisco Badel y Camilo Trujillo en una publicación de su autoría en 1998.


En principio, Mauricio se encontraba encadenado a un árbol. A diario le daban la misma comida: guatilas - una especie de papa - sancochadas sin sal y una sopa de harina espesa que tenía un mal sabor, alimentos que comió hasta su último día de cautiverio. El clima del lugar era cálido. Mauricio se encontraba permanentemente expuesto al sol, pero al pedir agua muy rara vez se la daban. Esto hizo que poco a poco perdiera peso, ya que además de lo anterior, solamente le brindaban una o dos comidas diarias que le solía hacer una señora de edad que como él recuerda, era la madre de dos de los hombres que lo habían capturado.


Después de dos noches, los cuatro integrantes de “la guerrilla” tomaron la decisión de realizar un hueco dentro de una casa de madera que era de su propiedad y quedaba a unos cuantos metros de donde tenían al hombre. Para bañarse lo llevaban a un charco ciertos días; para lavarse los dientes le dieron un cepillo viejo; para ir al baño le tocaba en una botella. —A toda hora me maltrataban con palabras, solo hablaban con groserías y me amenazaban— comenta Mauricio con su voz apagada recordando aquellos momentos.


Al paso del tiempo, Mauricio pensaba en su familia mientras por su parte, ellos declaraban ante el Gaula - unidad especial de la Fuerza Pública que combate el secuestro y la extorsión en Colombia - su desaparición a manos de supuestos soldados, para que posteriormente los agentes realizaran las investigaciones respectivas.


En una ocasión, los secuestradores llamaron directamente a la casa de María Ema Rodríguez, de  61 años, y Luz Feliz Gómez, de 66 años, en Villapinzón, para hacerles saber que su hijo estaba secuestrado y que debían aportar dinero para que él fuera liberado. La comunicación con los captores siempre la estableció la hermana de Mauricio, Sonia Gómez, de 30 años. Y un día la familia pidió una prueba de vida (la única que les darían), por lo que a Mauricio le hicieron una grabación de voz diciendo el día de cumpleaños de su hija —Si no creían con eso que yo estaba vivo, entonces les enviaban un dedo mío—, así recuerda él la amenaza de los hombres.


Un día después de llevar dos meses en cautiverio, Mauricio presenció un trágico momento que quedó enmarcado en su memoria. Como siempre, los cuatro secuestradores habían ido en la mañana a trabajar en las cañas de azúcar, pero en la noche bebieron cervezas y chicha de caña, y se embriagaron. En medio de su estado, uno de los secuestradores fue al hueco en donde se encontraba Mauricio y le dijo — Sálgase, sálgase, Don Mauro — a lo que él se negó. Ese mismo hombre fue increpado por otro de sus compinches. Se desató entre ellos una acalorada discusión que terminó con la muerte de uno de ellos por causa de un disparo.


Después del asesinato de uno de sus secuestradores, Mauricio pensaba que pronto lo matarían. Pero lo que él aún no sabía era que el Gaula, luego de interceptar una de las llamadas hechas a la familia Gómez Rodríguez, había identificado y capturado a un hombre relacionado con su secuestro en la ciudad de Bogotá. Al estar bajo arresto la persona manifestó saber en dónde tenían al señor. —Organizamos el operativo con cerca de 40 compañeros y salimos hacía un pueblo en el departamento de Santander llamado Albania, en donde tenían al señor Rodríguez—expresa un ex agente del Gaula y participante del rescate, cuyo nombre pidió mantener en reserva.


El grupo policial llegó a las 5:00 am  del 24 de noviembre a una casa de madera en zona rural, a 10 minutos del pueblo de Albania, con cultivo de caña  y animales de campo. Al entrar capturaron a dos personas y se dispusieron a buscar a Mauricio en el sótano del lugar. Por su parte, Mauricio empezó a escuchar arañazos de un perro en las tablas que cubrían el hueco, pero junto a él estaba un cuidador escondido que tenía un revólver y una granada. Cuando sacaron a Mauricio, él les advirtió sobre el hombre, que terminaron capturando.


Así, el Gaula rescató al joven campesino y lo llevó a Bogotá. —Quise que fuera por carretera y no en helicóptero, para ver si aún me acordaba del camino — cuenta Mauricio.  Cuando llegó a la capital se encontró con sus padres y su hermana, algo que le causó alivio y felicidad. La siguiente noche, fue a su pueblo para reencontrarse con su esposa y sus hijos —Cuando lo liberaron yo estaba donde mi mamá y no supe eso sino hasta que lo vi— recuerda Adelita. —Al verlo fue emocionante porque sí estaba acabadito pero estaba vivo, eso era lo importante.


Finalmente, los cuatro capturados - Jaime Gil Sánchez (sentenciado a 20 años), José Antonio Flórez Callejas (21 años), José Salomón Flórez Callejas (21 años)  y Luis Alberto Abril Abril (15 años) - fueron recluidos en las cárceles de máxima seguridad de Cómbita, Acacias, Zipaquirá y Valledupar. Los cargos impuestos fueron secuestro extorsivo, hurto agravado (a los dos hermanos) y porte ilegal de armas (a los tres primeros). Hoy, todos se encuentran fuera de las penitenciarias. Es de resaltar que en los centros de reclusión suelen haber rebajas de pena por buena conducta y hacer labores allí (repostería, estudios varios, manualidades). —Cuando se trabajan 30 días le descuentan 15 a la persona, es decir, se suele rebajar un día cuando se trabajan dos — aclara Felipe Moreno, de 27 años, teniente de la Policía Nacional.

Durante el proceso también se logró determinar que estas personas no hacían parte de ningún frente de la extinta guerrilla de las FARC como decían, sino que eran una banda organizada de delincuencia común. La delincuencia común perpetró 412 secuestros en el 2004 en Colombia, y a pesar de que normalmente estas bandas tendían a actuar junto a grupos ilegales como paramilitares o guerrilla, este no fue el caso de Mauricio Gómez, y de los 1.440 casos de secuestro.  En total solamente se registraron 251 rescates.


Por su parte, Mauricio y su familia tuvieron que mudarse a la casa de sus padres en Villapinzón por dos años y luego se fueron a vivir a El Salitre,  una vereda  del mismo municipio. Y a lo largo de los años ha tenido diversos traumas psicológicos ocasionados por su secuestro- sentía que lo observaban mucho, desconfiaba de todo aquel que pasara a su lado y permanecía con temor. —Hasta el 2004-2005 se realizaba acompañamiento a las víctimas mediante la Fundación País Libre. Hoy esa organización no existe. Es normal que las personas que fueron secuestradas sufrieran secuelas por lo vivido, es por eso que la fundación trataba todo el tema de victimización y revictimización— manifiesta Fernando Abril, de 50 años, y ex miembro del Gaula.


No obstante, Mauricio fue asistido por el Fondo Nacional para la Defensa de la Libertad Personal [FONDELIBERTAD] y a pesar de que él contaba con los acompañamientos psicológicos que le brindaba esta organización, solo fue a dos de ellos. Fondelibertad es una cuenta especial del Departamento Administrativo de la Presidencia de la República, que se ha encargado desde 1996 de coordinar recursos para la lucha contra el secuestro y demás delitos; pero fue reemplazada en el 2010 por la Dirección Operativa para la Libertad Personal, adscrita al Viceministerio de las Políticas y Asuntos Internacionales del Ministerio de Defensa.


Hasta el día de hoy, a sus 47 años, Mauricio sigue sin recuperarse, ya que recuerda todo el tiempo aquellos desagradables y lamentables momentos que vivió en cautivero. En la actualidad, de acuerdo con la base de datos de secuestros de la Policía Nacional desde el año 2005 las cifras de secuestros anuales han disminuido considerablemente a causa de los distintos procesos de paz que se han firmado, la formación de programas anti secuestro desde el 2017 y la labor de las fuerzas armadas y los gobiernos de turno. —En el año 2019 se presentaron 92 casos, algo que fue histórico ya que en más de 40 años no se habían presentado estas cifras en el país. En 2020 se presentaron al menos 64 casos, habiendo una reducción del 10% respecto al 2019 —explica el Brigadier General Fernando Murillo, actual Director de Antisecuestro y Antiextorsión (Gaula).


Los principales epicentros con esta problemática en los últimos años, según el Brigadier General, son: Cauca, Norte de Santander, Arauca y Cesar. Además aclara que —el 90% de  los secuestros que se dan en la actualidad son hechos a mano de grupos de delincuencia común—. El grupo Antisecuestro y Antiextorsión ha impulsado tres escenarios que se manejan ante esta situación: uno de ellos se da al recibir la información del secuestro e iniciar la operación candado en la que se encierra a los delincuentes por aire, mar y tierra, otro escenario es empezar un proceso de negociación de la mano de la familia de la víctima y por último se inicia el rescate a partir de la autorización de los familiares conociendo los riesgos que implica el proceso (como en el caso de Mauricio).


Actualmente este fenómeno ya no se presenta en cifras alarmantes y ha disminuido en un porcentaje mayor al 50% respecto al año 2000, cuando se presentó el pico más alto de secuestros en la historia de Colombia, sin embargo este acto aún sigue afectando a varias familias y personas que, como Mauricio, quedarán marcadas para siempre por los abusos vividos.

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