Ahogados en plástico

Laura Natalia Sáenz Pedraza, Comunicación Social y Periodismo

Por primera vez tenemos una propuesta ecológica seria, y ahora no basta con aplaudir desde el sofá el compromiso de unos pocos por sacarla adelante.

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Aún restan tres debates en la plenaria del Congreso para que sea aprobado el proyecto de ley que busca prohibir la producción de plásticos de un solo uso en Colombia. Han sido muchos los sectores que se declaran descontentos con esta iniciativa y, sin duda, hay consecuencias económicas que deben evaluarse. Sin embargo, por primera vez, tenemos una propuesta ecológica seria, y ahora no basta con aplaudir desde el sofá el compromiso de unos pocos por sacarla adelante, por el contrario, es necesario entender el desastre ambiental que los motiva y el vergonzoso papel protagónico que terminamos desempeñando en el asunto.

Hasta el año pasado, cifras oficiales señalaban que el consumo anual de plástico en Colombia es de 24 kilogramos per cápita. Si cruzamos estos datos con el total de la población, que es aproximadamente de 45.5 millones, tenemos que los colombianos gastamos alrededor de 1.1 millones de toneladas de este elemento. Lo peor de todo no es la cifra, sino lo poco que hacemos al respecto para cambiarla o, mejor, reducirla.

Pese a las constantes alertas de la ONU que advierten los efectos devastadores del uso desmedido del plástico, la tendencia a adquirir, usar y botar sin pensar en lo que pasa después, ha ido en aumento durante el último siglo. El reciclaje es visto como una tarea bastante tediosa y, en cambio, preferimos ignorar las consecuencias.

De hecho, la presencia de este material en los océanos resulta catastrófica, ya que muchas especies marinas ingieren las micropartículas que se esparcen en el agua y terminan con obstrucciones en los intestinos por los químicos que al final ocasionan su muerte. ¿A quién le importa? Mientras el terrible desenlace no nos alcance y sigamos cayendo en la banalidad del exhibicionismo que nos lleva a subir fotos todos los días con un mensaje diferente en los vasos de Starbucks que compramos, vamos a seguir creyendo que vivimos en un mundo ideal.

La paradoja reside en el hecho de que, en efecto, ese desenlace nos va a alcanzar. No es necesario remitirnos a la infinidad de predicciones que dicen que el mundo se va acabar, basta con entender, por ejemplo, que si un pez tiene micro plásticos en su organismo, es muy alta la probabilidad de que esos químicos estén presentes a lo largo de la cadena alimentaria y terminemos, sin pensarlo, consumiendo una cucharada de nuestra propia medicina.

Hay que reconocer que se han hecho esfuerzos por reducir la cantidad de plástico usada por los colombianos, como la expedición de la Ley 1819 de 2016 que señala que los establecimientos deben cobrar las bolsas que dan a sus clientes; o la reciente unión de algunas empresas radicadas en el país que pretenden disminuir el uso de pitillos. No obstante, ninguno de aquellos ha sido contundente.

¿Por qué? La respuesta es sencilla. Si bien es cierto que los incentivos que otorgan algunas compañías a los clientes que reciclan motiva a cierto grupo de personas a cambiar sus hábitos de consumo, también es cierto que el problema, volviendo a la referencia más conocida, no radica en que Starbucks, entre otras muchas empresas, haga o no descuentos a aquellos que compren su café y pidan que se lo envasen en su propio recipiente, uno de un uso más prolongado, cosa que de hecho sí se está implementando en esta organización. El verdadero inconveniente reside en la cultura propia y arraigada en los ciudadanos.

Suecia, el país que más recicla en el mundo, es el mejor referente en el manejo de esta problemática. Cerca del 92% de los desechos que producen son reutilizados para generar energía, lo cual se debe, en gran parte, a la formación que tienen sus habitantes y a las medidas implementadas para asegurar que el sistema de las tres R (reciclar, reducir, reutilizar) funcione como un reloj.

No nos digamos mentiras, no estamos ni cerca de hacer lo que hace Suecia, pero si en algún momento el cuidado y la preservación del medio ambiente llegasen a ser prioridad para Colombia como nación y, más importante, para nosotros como ciudadanos del mundo, es fundamental que surjan proyectos como el que se debatirá en el Congreso. Claro está que no es una solución completa a lo que está sucediendo, pero sí es gran primer paso para crear reformas al estilo de vida que hasta el momento tenemos.

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