De la selva del Putumayo a las afueras de Bogotá

Diana Camila Jurado Cuartas, Comunicación Social y Periodismo

El yagé ha sido una bebida sagrada para los indígenas, principalmente del Putumayo, en Colombia. Ha llamado la atención de las personas citadinas y se ha replicado el ritual de la selva en la ciudad.

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De la selva del Putumayo a las afueras de Bogotá
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Ritual de la purga con Yagé a pocos kilómetros de distancia

Con 10 grados centígrados y a las 7 de la noche, empiezan a llegar las personas. El lugar donde se realizará la purga con yagé queda a las afueras de la ciudad de Bogotá, en Colombia, por la salida de la calle 80, al occidente, más específicamente en Funza, un municipio colombiano del departamento de Cundinamarca, a 6 minutos del peaje de Siberia. Queda justo donde hay una valla con un número de contacto al cual se puede llamar para reservar el lugar. La puerta es una reja alta de metal.


La noche está oscura. En el cielo todavía se alcanza a ver el reflejo de las luces de la ciudad, lo que hace que no se distingan las estrellas. Las personas llegan en carro, a pie, en bus, o en bicicleta. No hay ningún letrero que indique que ahí se va a realizar la toma. Pero, desde la entrada se escucha una música característica.


A la entrada, en el kiosko, se ve una mesa al centro de una tarima. Ahí se ubicará el taita que dirigirá el ritual. Asisten personas de todas las edades, contextura y estratos. Todos llevan alguna colchoneta o carpa y las ubican alrededor de la tarima, dejando un espacio entre ellas. Además de la colchoneta y una chaqueta bien abrigada, se les ha pedido a los participantes que hagan una dieta específica previo a la toma. No debieron haber consumido lácteos, cítricos ni marihuana en el día de la toma. No pueden estar alcoholizados y debieron haber comido ligero.


Juan Martín, médico tradicional indígena de un pueblo originario del Putumayo, llamado Kamnsá Villa, dirige las tomas de yagé. Tiene su piel morena, nariz grande y ojos negros al igual que su cabello, el cual es corto, pero completamente lacio. Su estatura es de aproximadamente 1.70 metros y posee un acento peculiar, ligeramente cantado.

El lugar difiere de la selva del Putumayo, donde se encuentra la gran mayoría de las comunidades indígenas que practican la medicina del yagé. “Uno empieza desde pequeño, nosotros le llamamos siembra ciencia, es como para los católicos el bautismo”, menciona Juan Martín. Es el momento cuando el abuelo de la comunidad hace una limpieza: una ‘siembra de la ciencia’ en la corona de la cabeza del niño, con una piedra espiritual.


Desde las 7:30 de la noche, pasa un joven ofreciendo el desayuno del siguiente día. Caldo o arepa, cualquiera de los dos, acompañados con chocolate. Las personas lo separan, el precio oscila entre 6.000 y 10.000 pesos. Esperan hasta las 9 de la noche, cuando empieza la ceremonia.


El taita Juan Martín explica que el primer paso para iniciar el ritual es la orientación. Pregunta a cada persona ¿por qué quiere tomar yagé? Con esto, él decide qué cantidad dar a cada uno. “Se pide el permiso a los elementales, a los abuelos, se canta a la medicina y luego se sirve la copita para cada persona”.


El recipiente con el yagé va en el medio de la mesa y todos se sientan alrededor. El taita empieza a cantar al yagé: levanta un manojo de hojas color verde grisáceo llamado huairasacha (huaira significa viento y sacha significa sanación), empieza a sacudirlo por encima del recipiente y canta en lengua.

“Huairasacha se puede definir como las hojas que producen el viento de la sanación”, dice Ricardo Díaz, sociólogo de la Universidad Nacional, quien ha dedicado 30 años al estudio de la medicina tradicional indígena.


La bebida del yagé es preparada con tres componentes. El primero, Banisteriopsis caapi o liana de ayahuasca. El segundo, Psychotria viridis o Chacruna, de la cual únicamente se utilizan las hojas. El tercer componente es el agua. Los tres elementos se cocinan, depende del gusto de cada taita el servirlo espeso o líquido. La Chacruna contiene el alucinógeno dimetiltriptamina (DMT), que es considerado ilegal en diferentes países como Estados Unidos y el Reino Unido. Y está prohibida por el Convenio sobre Sustancias Psicotrópicas de las Naciones Unidas de 1971.


“Si tú te pones a saborear el brebaje que te dan ¡te vomitas al instante! Entonces el taita siempre recomienda no saborearlo”, comenta Héctor Manrique, un joven de 20 años que empezó a tomar yagé desde los 7. La mayoría de las personas declara que es de un sabor extremadamente amargo. Otras opinan que es un poco dulzón. El olor lo relacionan con el tabaco. Pero en lo que todos coinciden es en que se debe probar para poder explicarlo, pues para todos la sensación es diferente.


Después de recibir su porción, cada persona asistente al ritual se ubica en su espacio y comienza a meditar. “En ese momento yo los acompaño con instrumentos y cantos para dirigir”, explica Juan Martín. Son cantos en lenguas arcaicas, aunque en la ciudad algunos taitas los mezclan con algunas palabras en español. Hacen alusión a la sanación y a la liberación. “Los cantos mencionan a los espíritus de los animales que consideran representativos. Una presencia muy importante es el jaguar. Y más hacia el Amazonas, la anaconda”.


Los cantos y la música son parte fundamental de la toma. “Estas sustancias no se pueden tomar como brebaje para terapia; es decir, no hay ningún efecto benéfico si yo compro la

planta y la tomo. El efecto benéfico se puede obtener si se hace parte de un ritual dirigido por un taita que tiene conocimiento de la planta”, expone Alberto Amaya, médico psiquiatra.


Alrededor de las 2 de la mañana algunos asistentes empiezan a mostrar los efectos más fuertes del yagé. Ciertas personas sienten algo llamado ‘la pinta’. Es el momento dentro de la toma en el cual la persona presencia una alucinación. Este momento tiene un significado único para cada quien. “Durante la pinta yo sentí que era una cámara 360º, veía todo y al tiempo pasaban varillas. El taita me explicó que eran flechas que me estaban abriendo caminos”, dice Héctor Manrique.


“Los componentes son plantas que tienen alcaloides y otras sustancias que son evidentemente psicotrópicas. Pero el yagé no es adictivo de ninguna manera, es una sustancia que al producir limpieza física puede generar vómito y náuseas”, explica Alberto Amaya.


En este punto el taita acompaña con cantos e instrumentos como la Loina (una armónica) y explica a cada persona lo que ve. Menciona que se puede sentir tu propia energía, que se pueden ver tus enfermedades, tus problemas y hasta el futuro. Sin embargo, no hay que excederse. Si el yagé se toma muy seguido, puede perderse el orden lógico del pensamiento.


Casi a las 5 de la mañana empieza a desaparecer el efecto. El joven que vendió los desayunos pasa y los reparte entre quienes la noche anterior los solicitaron. Y las personas hacen fila para pedir consultas al taita sobre su conexión.

 

Para el regreso, se ofrecen buses que devuelven a los asistentes a Bogotá. Con esto finaliza la purga con yagé.


“Después de como tres horas noté que volvía a estar sobrio, debí salir a la desolada calle en la madrugada, con una desagradable experiencia sobre la espalda”, son las palabras de Federico Espinoza, quien asegura que jamás lo volverá a probar y se cuenta dentro del grupo de quienes no creen en los poderes ‘espirituales’ ni ‘curativos’ del yagé.


Los efectos varían según la forma como se haya preparado, el contexto en el cual se toma, la cantidad que se ingiere y el tipo de mezcla de plantas utilizadas. Según Camilo Nemeguén, médico toxicólogo de la clínica Marly en Bogotá, el yagé produce el efecto serotoninérgico (enfermedad que puede llegar a ser mortal producida por un aumento en la actividad del sistema nervioso central), acompañado de manifestaciones como vómitos, náuseas y vértigo, llevando a estados eufóricos, acompañados de irritabilidad e incluso agresividad.


Además, se debe tener en cuenta que existen otros efectos que son independientes de los ingredientes y que son causados por el contexto que acompaña a la toma del Yagé. “Dentro de éstos está la hipoglicemia (baja en el azúcar) por el ayuno que habitualmente precede a la toma, alteración en la función renal por las diarreas y el vómito persistentes, alteraciones en el equilibrio ácido/base del cuerpo, trastornos en los electrolitos e incluso alteraciones en la funcionalidad cardiaca, que finalmente son quienes terminan poniendo en peligro la vida del paciente, llevándolo en ocasiones hasta el fallecimiento”, explica el doctor Nemeguén.


No hay edad para recibir ni para dar yagé. Se puede tomar a los 20 o más tarde, a los 30 o 40 años. Los indígenas pueden recetar el yagé para curar enfermedades físicas y del espíritu; en últimas, para los aborígenes el yagé es una medicina. Esto depende del permiso de los abuelos. El abuelo espiritual y el de la comunidad son quienes deciden en qué momento dar y recibir la bebida.


En la tradición de los indígenas existe gran cuidado y respeto por los ancianos, jamás son abandonados ni dejados de lado y siempre se escucha la opinión de los más viejos. También son escuchados cuando quieren hablar sobre las tradiciones y las costumbres antiguas de plantas, conectadas siempre con aspectos míticos.

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