De vuelta del inframundo

Laura Bedoya Díaz, Comunicación Social y Periodismo

Alberto López de Mesa deambuló 15 años en el Bronx por adicción al bazuco y hoy vuelve a palpar el inestable borde de la sobriedad en los teatros.

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¿Conoce usted a el creador de los pingüinos de Bonice, a uno de los colaboradores de la famosa campaña contra las enfermedades de transmisión sexual en los 90’s llamada “Sin preservativo, ni pío”, al creador de numerosas obras de títeres como “El último árbol”, al columnista de El Espectador conocido por generar controversia y a un exhabitante de calle que fue candidato a la Cámara de Representantes de Bogotá? Estamos hablando de la misma persona, Alberto López de Mesa.

Samario de nacimiento, pero bogotano por destreza, es este arquitecto de la Universidad Nacional. Un personaje que, sin lugar a dudas, aprendió de la vida en las calles y que hoy, después de casi 15 años, vuelve a palpar el inestable borde de la sobriedad.

Al llegar a un pequeño teatro ubicado en el centro de la capital donde se ensaya la obra “Joaquín y el agua”, veo al maestro, como lo llaman los demás titiriteros. Está recostado en una de las sillas del lugar. ¿Estará dormido?, pienso, pero lo cierto es que nota que he llegado. Me hace una señal de saludo levantando la cabeza, pero sigue en lo suyo: duerme a medias mientras los otros ensayan. A ratos ojea una que otra acción de los titiriteros y vuelve a caer.

Alberto llevaba una vida de distinciones y éxitos, pero por descuidos de la vida llegó a vivir en las calles más temidas de la ciudad de Bogotá. “No me acuerdo de la primera vez que consumí cocaína, pero sí me acuerdo de la primera vez que consumí bazuco”, dice él, aclarando que la palabra debería ser escrita con “s” y no con “z” porque el bazuco viene de base. Fue en una de las tantas fiestas que se organizaban en el entorno de la publicidad. Se acabó la cocaína a la una de la mañana y uno de sus amigos dijo que tenía algo más fuerte: bazuco. Desde ahí, e incluso desde antes, él empezó a abrir un espacio para el consumo de distintas drogas. “Yo consumía con inocencia”, dice él.

Después de algunos minutos sentada, en los que Alberto sigue soñoliento mientras se ensaya la historia de “Joaquín y el agua”, este señor de tez morena y barba blanca se levanta. “Hoy no es mi mejor día, estoy muy adolorido” me dice, mientras yo me cambio de silla para sentarme a su lado. A pesar de su situación de salud, de sus pocas fuerzas al caminar y de su tos constante, Alberto está en el teatro para sacar adelante esta obra que escribió hace siete años y que tanto hoy como en su pasado deja un importante legado de cuidado ambiental en las familias y niños que se sientan frente al teatrino.

Este hombre cambia y entrecruza sus piernas al ritmo en el que inicia una nueva idea. Cuenta las dos veces en la que la vida le jugó sucio sin echar paso atrás. La primera fue cuando gastó todo lo de la matrícula de su hija Paloma en drogas, dejando el dinero del pregrado, que sería destinado a la Universidad de Los Andes, en las ollas de la capital. “Uno es muy estúpido”, dice el columnista de El Espectador mientras pasa la mano derecha por su cara con poca delicadeza. La segunda vez, cuenta Alberto nombrando cada detalle, fue cuando toda su carrera y su prestigio se fueron al piso por un cargo de asesinato que le imputaron, llevándolo un año tras las rejas. “Mataron al jíbaro en mi cara”. Alza los brazos y abre los ojos pausando su respiración. “Yo me quedé quieto”. “Fue un hecho doloroso para él”, dice Hernán Cortés, uno de los tantos colegas que, por más de 40 años, ha permanecido en la vida de López de Mesa.

En Bogotá hay 9.538 habitantes de calle. De ellos, el 38,3% ha llegado a esas circunstancias por problemas con sustancias psicoactivas y el 32,7% por conflictos o dificultades familiares, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE). Alberto López de Mesa cayó en las drogas por lo primero y no había podido mantenerse sobrio por lo segundo. Hernán Cortés cuenta que, como amigo cercano, sabe cuándo él está bien y cuándo está mal y dice que ha sido cuestión de familia, de afectos y desafectos que retornaban a Alberto al inframundo.

Terminado el ensayo de la obra, Alberto se dispone a hacerle las aclaraciones pertinentes a los titiriteros. “¿Cómo le pareció, maestro?”, pregunta uno de ellos. Alberto les dice que está bien, pero que hay cosas por mejorar, a la vez que les explica cómo diferenciar las voces entre los personajes y cómo levantar más los títeres para un mejor ángulo de vista. Aunque hacía muchos años no veía una obra de este género, con “Joaquín y el agua” pude volver a sentir, como cuando era pequeña, que un muñeco tenía vida.

El creador de los famosos pingüinos de Bonice pasó por muchos centros de rehabilitación, pero solo por supervivencia. “Yo soy malo para dormir en la calle”, dice cambiando la posición de sus piernas y añade: “los centros de rehabilitación son negocios, son chimbadas. Mientras que la persona no tenga un apoyo afectivo y una estabilidad, es muy difícil rehabilitarse”. Tose y aclara: “el afecto y la inclusión social es la mejor terapia”.

No obstante, frunciendo el ceño y tocándose constantemente la nariz, el compositor dice, detenidamente y alzando la voz un poco más de lo normal, que el 28 de mayo de 2016 él iba decidido a consumir y una cuadra antes de llegar al Bronx vio como de camiones bajaban numerosos policías y empezaban a desalojar el lugar. Recuerda tanto aquel día que hace una pausa para aclararme que estaba vestido de azul. “Nunca había visto tanto policía junto, me tocó irme”.

Según Alberto, un habitante de calle necesita, por lo menos, 10 o 15 papeletas de bazuco diarias. El bazuco, dice, no es solo para pobres, porque cada papeleta está entre 4000 y 6000 pesos. “La mayoría de estas personas optan por el rebusque para subsistir entre calles”.

Después de unos avisos parroquiales sobre las presentaciones que se avecinan y algunas cosas que faltan por hacer, el maestro se monta en el escenario con cierto esfuerzo, ya que tiene una leve discapacidad en su pierna derecha. Le indica a uno de los titiriteros de forma práctica qué puede hacer para mejorar la narrativa de aquella obra. “Él es muy pulido, exigente y pulcro. Le gusta que las cosas le salgan bien” dice, Hernán.

Este escritor de cuentos, canciones y obras está “maluco”. Pálido, les explica a sus pupilos. No puede durar mucho tiempo hablando porque empieza a toser. “Es muy descuidado. Me preocupa su salud”, dice Liliana Moreno, una vieja amiga de antaño con la que tuvo una relación sentimental.

Liliana dice que la calle le enseñó a este hombre un poco de humildad. Lo tilda, con un poco de timidez y pausa en lo que emite, de ser en su pasado “un poco picado, pero es un gran hombre”. Alberto, después de 15 años en las calles, contactó a Liliana para volver a hacer nuevos proyectos con títeres, labor que ella ya había dejado hace algún tiempo. Ella, con una leve sonrisa, con su cabeza reposada en sus brazos y con una pausa entre sus palabras me dice “él me volvió a recordar que yo era titiritera, me recordó qué era lo que me gustaba”.

Ahora, Alberto sigue su vida de “rebusque”, pero en el teatrino. Su columna en El Espectador, un nuevo libro en el cual fue coautor llamado “La vida desde las calles” y una esperanza de iniciar a trabajar en IDIPRON (Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud) dando clases a habitantes de calle y demás, son su sustento. Este personaje ya no recorre las calles del Bronx, sino los pasillos de teatros de Bogotá.

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