Disputas por la memoria

Brandon Stiven Ortiz Calderón, Comunicación Social y Periodismo

Indígenas de la comunidad Missak, del Cauca, realizaron un juicio histórico al conquistador Sebastián de Belalcázar, ubicado en lo alto del Morro del Tulcán en Popayán, que terminó con su derrocamiento. ¿Quiénes tienen derecho a tumbar y poner?

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Las disputas por la memoria en el espacio público no son nuevas en el mundo. ¿Quién debería estar ocupando lugares de altar y tributo? Esa ha sido la pregunta que por décadas se han venido planteando países en la post guerra o incluso en los noventa con la caída de la URSS y el derrumbe de estatuas de Stalin. En los últimos meses, el tema ha vuelto a dar revuelos por decapitaciones a estatuas de Cristóbal Colón en Estados Unidos, de Winston Churchill en Reino Unido o el rey Leopoldo en Bélgica. En Colombia, hasta ahora el dilema se plantea de fondo y podría ocupar un espacio importante en la opinión pública, siendo clave que desde los ámbitos académicos se plantee la necesidad de repensarnos a quién le rendimos tributo en nuestro país.


De entrada, es importante lo que dice Sebastián Vargas Álvarez, director del programa de Historia de la Universidad del Rosario, cuando se refiere a que en estas “representaciones sobre el pasado los historiadores o investigadores no son los únicos que tienen velas en el entierro, sino que diversos actores sociales contienden por lo que ellos interpretan y la manera en que vinculan ese pasado con su presente”, de manera tal que no necesariamente lo que se enseña en las escuelas como historia es lo correcto. Volvamos a Popayán y la estatua de Belalcázar: muy probablemente para las escuelas primarias payaneses nombrar al conquistador español es importante, pero no entran en detalles de las atrocidades y eliminaciones históricas que aplicó sobre comunidades que habitaban el sur de Colombia. Entonces lo primero que quiero plantear dentro de la necesidad de abrir el debate sobre la memoria en los espacios públicos es que es clave escuchar a quienes han vivido directamente las realidades en nuestra nación, y no que sea un espacio de discusión exclusivo de "intelectuales".


Vale la pena también que nos pensemos seriamente los lugares en que se plantan personajes de la historia. Por ejemplo, en el caso de Sebastián de Belalcázar su ubicación era en un punto alto de la ciudad, lo que implica varias cosas: por un lado, las contraposiciones, es decir, quién está por encima de quién o qué está más arriba de; contraposición que representa una clara victoria para el que está en la posición más alta. Tenerlo allí era una bofetada para las comunidades indígenas que fueron arrasadas por este personaje, pues ubicado en lo alto les recordaba que los había acabado y había resultado victorioso aún después de la muerte. La cosa se pone todavía peor, ya que no sólo estaba en la parte más alta de la ciudad, sino que estaba ubicado encima de un cementerio en el que descansaban cuerpos de ancestros indígenas. ¡Tumbarlo debió haberse dado hace mucho! Entonces, en este punto quiero resaltar que los espacios en que se ubiquen las representaciones de la memoria deberían ser perfectamente planificados y pensados.


Así mismo, la preservación de la memoria y la historia es clave. Es decir, si tumbamos o derrocamos estatuas, no puede ser sólo por dejarnos llevar de la efervescencia y la espontaneidad, sino que debemos sentar un debate riguroso sobre lo positivo o negativo que conlleva hacerlo y lo importante que será su caída (de la estatua) para la contribución de la memoria en la historia de los territorios.


Claro está que no sólo debemos basar esas discusiones en torno a monumentos, sino incluso los nombres de ciudades, pueblos o calles. Eso ocurrió en España luego de la dictadura, momento en el que el país completo abrió este debate sobre la apología a Franco y buscó su eliminación del espacio público. En ese mismo sentido, aquí deberíamos pensarnos la imagen de quienes rondan 24/7 en las manos de los ciudadanos, a través de los billetes. ¿Era necesario sacar a Policarpa Salavarrieta o a Jorge Eliécer Gaitán de los billetes? Lo claro es que algunos de los que ocupan ese espacio hoy, como el expresidente Alfonso López Michelsen o Carlos Lleras Restrepo, tienen un pasado que podríamos discutir si era meritorio de estar en un billete o no.


Ahora bien, la iconoclasia no siempre implica tumbar. En palabras del profesor Sebastián Vargas Álvarez, también se pueden “intervenir”, lo que significa que podemos satirizar, pintar o jugar con las estatuas que hoy están en el espacio público. De igual manera, debemos replantearnos la idea de volver a edificar más monumentos o espacios para rendir tributo, pues tal vez el interés colectivo sea distinto del de repetir lo que los victoriosos en el pasado hicieron (levantar estatuas que implican elogios). Incluso, podemos dejar dentro del debate la idea que un amigo me planteó: ¿por qué no hacer una cárcel tipo museo en la que se enjuicie y encarcele a todos aquellos personajes, hoy monumentos o estatuas, que ocupan la memoria en el espacio público y que no lo merecen?


Tenemos una deuda pendiente con nuestros pueblos ancestrales y con las comunidades históricamente vencidas, eliminadas u opacadas, a quienes no podemos seguir invisibilizando y omitiendo, sino a quienes les debemos un capítulo importante en la historia de nuestra nación. El debate está abierto.

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