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El arte del nunca jamás 

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David Forigua, Comunicación Social y Periodismo

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Parece que todos los días surgen nuevas acusaciones sobre el mal comportamiento de algún importante artista, dejándonos con la controversial tarea de decidir qué hacer con su arte. 

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Unsplash

Es indudable la significativa magnitud social, política y cultural que desde su creación y, consecuente expansión masiva, ha tenido el movimiento #MeToo. Sin embargo, concebido en principio en respuesta a los abusos de poder por parte de influyentes miembros de la élite de la industria del cine y el entretenimiento de Estados Unidos   – meca de las más grandes piezas de arte comercial en el mundo – sus implicaciones, en forma no menos importante, se han vuelto de carácter estético. Aquello, debido a que parece, en parte gracias al constante bombardeo de información al que nos vemos sujetos actualmente, que cada día surgen nuevas acusaciones y revelaciones sobre el mal comportamiento de algún   famoso e importante artista, dejándonos así con la fundamental, pero altamente controversial y debatible tarea de decidir, como sociedad e individuos, qué hacer con su arte.


El más reciente e importante en adentrarnos en esta disputa ha sido el ya fallecido Michael Jackson, que por cuenta del documental “Leaving Neverland” se ha vuelto el centro, una vez más, de acusaciones de abuso sexual infantil, por lo cual, medios de la envergadura de la BBC han decidido censurar sus canciones. Una acción equivocada e innecesaria.


Imagine usted que un día se levanta, prende la radio, el televisor, quizás abre algún periódico o, más seguramente, entra a Twitter y se da cuenta de que la noticia del día es que alrededor del mundo están siendo quemadas sin consideración todas las obras literarias de Jorge Luis Borges,  las pinturas de Picasso, las composiciones de Wagner y casi toda la música de The Beatles, entre muchas otras valiosas y significativas piezas de arte; esto sonaría bastante terrible, ¿no le parece? Podría decir si realmente lo suyo son las expresiones artísticas, que es una verdadera pesadilla sacada de las mentes de Bradbury, Orwell o Huxley, dignas de los mundos distópicos que usted imagina leyendo sus libros.

Aquello, en un sentido metafórico – aunque no me sorprendería que algún día se hiciera realidad, ya que reconozco que la humanidad desconoce de límites en cuanto a tomar malas decisiones colectivas concierne – podría suceder de seguir como ejemplo lo ocurrido con Jackson.


Por muchos sentimientos encontrados que genere y por lamentable que sea decir esto, Borges era un racista, Picasso y Lennon objetivamente misóginos y Wagner antisemita.  Entonces, el asunto no es olvidar y mucho menos perdonar o absolver a artistas por crímenes que hayan cometido o hacer caso omiso de las severas y múltiples acusaciones que puedan tener en su contra.  La problemática empieza cuando debemos ir hacia atrás en la historia y reconocer que mucho arte, e incluso ciencia, deberían dejarse en el olvido porque las acciones de sus autores nos parecen reprochables bajo las normas morales de esta o cualquier época.


El arte ha muerto, proclamó Danto. Ante este nuevo panorama, que es tan solo una  revigorización de una  vieja discusión sobre la relación entre el artista y su obra, estamos de nuevo frente a la importancia de la muerte del autor, tal y como Barthes la imaginó; siguiendo el ejemplo Jackson, no como ese ser físico, humano y por naturaleza imperfecto, sino como aquel que fallece en su arte  y del que sus acciones inmorales no afectan la gran magia de lo que cada uno siente y construye de su obra. A él y sus abusos, hayan ocurrido o no, no debemos permitirles ensuciar una obra que, universal y única, en el momento en que cada uno la escucha, le deja de pertenecer.


No deberíamos mantener la “dictadura del autor” y tras de todo pedirle que sea impoluto en su actuar para poder apreciar las expresiones artísticas que afortunadamente de él nos llegan, pero que se vuelven tan profundamente únicas e individuales para quien las aprecia. Claro, es decisión propia que cada uno, ya sea en ánimo de protesta o porque resulta imposible separar al arte del artista, se cierre a las expresiones estéticas de hombres y mujeres inmorales y dependerá posiblemente de la gravedad de las acciones y de la cercanía que alguien tenga con aquel arte, esa no es la discusión. El centro del debate es que resulta irresponsable la censura, como en la mayoría de los casos lo es, y más cuando se coarta la libertad de poder repensar el arte y disfrutarlo fuera de los horribles contextos en que ocurre.

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