El cuento apasionado de Tarantino

Daniel Cruz Martínez, Comunicación Social y Periodismo

'Había una vez en Hollywood ', el último filme del director estadounidense, es una carta de amor dirigida a los nostálgicos de los 60.

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Cuando se estrena una nueva película de Quentin Tarantino, no podemos evitar emocionarnos, pues el director se ha convertido en un ícono dentro de la industria cinematográfica de Hollywood. Ultraviolencia, sangre, tiroteos, sexo, drogas, referencias a la cultura pop, buena música y personajes memorables con diálogos dotados de humor negro son algunos factores que definen el aclamado y particular estilo del cineasta. En agosto del año pasado llegó a los cines su noveno filme Había una vez en Hollywood y, en lo personal, durante sus dos horas y cuarenta minutos de duración, estaba maravillado con el nivel de calidad de este producto audiovisual.


La historia transcurre en el año 1969, en la ciudad de Los Ángeles. Se centra en dos personajes ficticios, Rick Dalton (Leonardo DiCaprio), un actor en decadencia que se ve encasillado únicamente en papeles de villano episódico en series de tv, y Cliff Booth (Brad Pitt), doble de riesgo, chofer y mejor amigo de Rick desde hace ocho años. Un poco más tarde, la película incluye otro personaje que en realidad existió, Sharon Tate (Margot Robbie), una famosa actriz en ascenso, que fue víctima de la masacre propiciada por miembros sectarios de la familia Manson ese mismo año. Los personajes de DiCaprio y Pitt están brillantemente escritos, ya que además de ser entrañables, se logra construir una gran química entre los dos y se contrastan el uno con el otro, siendo una dupla atractiva para el espectador. Lastimosamente, el personaje de Robbie casi no evoluciona, puesto que su aparición se limita a unas cuantas escenas durante el metraje, y son más un homenaje a la actriz real que cualquier otra cosa.


Mientras Cliff conduce el Coupe DeVille amarillo de Rick, la lente de la cámara logra capturar todos los elementos característicos de finales de la época, desde planos generales con excelente composición que muestran coloridos carteles publicitarios anunciando películas de Westerns o series como El Avispón Verde, hasta planos conjuntos de una pandilla de hippies revolucionarios que odian a la policía. Lo anterior, acompañado del sonido de una radio que rara vez deja de sonar, pues se usa como recurso para hacer creativas transiciones de una escena a otra y en la que escuchamos los mejores éxitos del momento, a veces interrumpidos por cortinillas de la emisora o propagandas de alguna serie que pasarán esa noche en la televisión. Es por estos factores que la puesta en escena se siente muy natural y creíble, mostrando al espectador, mediante el montaje, un mundo bien construido, conectado y comunicativo.


La película se destaca fuertemente en los aspectos concretados con anterioridad. Rick es la perfecta y más humana representación de un actor amante de la fama y los excesos que tiene miedo de perderlo todo. El conflicto de la estrella de Hollywood en decadencia que padece este personaje recuerda a la situación de Riggan Thomson, protagonista de Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia), pues, al igual que Rick, es un actor que debe el éxito de su carrera a un icónico rol protagónico que tiene que abandonar y, posteriormente, pasa por una crisis de la que trata de redimirse interpretando un nuevo papel. Por otro lado, Cliff es el clásico though guy, caracterizado por tener un alto sentido de la moral, ser enigmático y bastante confiado. Es un personaje que, a pesar de ser algo que hemos visto antes, logra sobresalir con una excelente actuación por parte de Pitt, que incluso le mereció un Óscar por mejor actor secundario. En cuanto a la puesta en escena, esta es impecable, ya que nos muestra una representación de los Ángeles del 69 lo más precisa posible, y esto no solo se evidencia por el alto nivel de detalle que se encuentra en todos los sets y lugares de la ciudad que adaptaron para la filmación, sino también en el vestuario de cada uno de los personajes y extras. Lo anterior, es gracias al arduo trabajo de la famosa diseñadora Arianne Phillips que, además de colaborar en repetidas ocasiones con Vogue Italia, ha sido nominada en tres ocasiones por la academia en la categoría de mejor diseño de vestuario por su trabajo en Walk the Line, W.E y, por supuesto, Había una vez en Hollywood.


Tarantino quiere plasmar en su cinta el respeto y el amor que siente por toda la cultura de finales de los 60 y, al mismo tiempo, hacer tributo a grandes directores de Spaguetti Western como Sergio Corbucci o Henry Fonda. Por lo tanto, nos ofrece una trama que más bien se siente como un conjunto de anécdotas contadas desde la nostalgia y la añoranza de esa época dorada de Hollywood. Lo anterior, eso sí, con un gran lujo de detalle, personajes carismáticos, una cinematografía excepcional y un acto final en el que se juntan todas las historias de manera brillante.


De lejos, no es la mejor película que el director ha hecho, ya que su ritmo se torna pesado al ser sus escenas demasiado largas. Aun así, es admirable la pasión con la que está realizada, pues además de recordarnos lo que conlleva el trabajo de ser un actor o un doble de riesgo, contiene momentos que la convierten instantáneamente en un clásico moderno. Deberíamos considerarnos afortunados de que una película así llegue a cartelera, porque rompe con una agenda en la que abundan los superhéroes y la acción palomitera.





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