El silencio de la música en Bogotá

David Suárez P., Comunicación Social y Periodismo

En la capital existen más de 4 mil bandas que día a día luchan por lanzar sus carreras al estrellato, a pesar de que podría parecer que ni el público ni la Alcaldía son sus principales aliados.

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“La música es una forma de expresión muy hermosa y muy completa”, aseguró Juan Pablo Rodríguez, estudiante de música de la Universidad El Bosque y guitarrista y vocalista de la banda de metal ‘Human Conspiracy’.

No hay mucho que agregar al comentario de Rodríguez. No hace falta ser artista, dominar a la perfección los instrumentos o ser un melómano para compartir el pensamiento del joven bogotano de 20 años, pues como afirma Andrea Arcos Vargas, en su tesis de grado de la Pontificia Universidad Javeriana, “la música puede considerarse hoy en día como la expresión artística y la forma de comunicación con mayor impacto en el mundo entero”.

No es en vano que en diciembre de 2017 el Registro Mercantil de la Cámara de Comercio afirmara la existencia de 1.765 empresas dedicadas a la música en la capital del país, generando 10.011 empleos y $836.766 millones de pesos. De la misma forma, Laura Perilla, baterista de la banda de rock alternativo ‘Electric Mistakes’ recordó una convocatoria musical, hace un par de años, para un festival en la que el número de bandas presentadas superaba las 4.000.

No obstante, las gigantescas cifras anteriores son contrarrestadas con las dificultades que tienen los artistas para destacar, tanto en el medio como en la capital. La artista colombiana, para ejemplificar lo mencionado, expuso el caso de “Diamante Eléctrico”, banda colombiana ganadora de 2 premios Grammy Latino. “Hay gente que no tiene ni idea que aquí hay más bandas de rock aparte de Aterciopelados y está Diamante Eléctrico que tiene mucho reconocimiento a nivel internacional y les tocó irse a establecer a México porqué aquí la gente ‘ni idea’”, comentó.

Así como “Diamante Eléctrico”, infinidad de bandas y solistas se han visto perjudicados por el poco reconocimiento que reciben por parte del público. Ante esto, Rodríguez dijo: “Siempre hace falta más apoyo del consumidor, que deje de estar tan metido en Netflix todos los días en su cuarto y vaya más a conciertos, a teatros y apoye más la cultura”.

“Hace falta que la gente se interese”, afirmó Perilla. “La gente no quiere buscar, conocer ni salir a conciertos. Solo quiere oír lo que le ponen fácilmente en televisión y en radio”, sentenció.

Sumado a lo anterior, cabe mencionar que el fenómeno mediático musical no es nuevo, ni exclusivo en Colombia, e incluso ha empeorado en los últimos años gracias a la tecnología y a las plataformas de streaming.

El informe mundial de la música, desarrollado por la Federación Internacional de la Industria Fonográfica –IFPI, por sus siglas en inglés–, reportó en 2016 que un año antes aumentó en un 93% el consumo de música mediante streaming y decayeron un 4,5% los ingresos por medio de ventas físicas. Por su parte, el informe de 2019, que sintetiza las cifras del 2018, afirmó que las ganancias de los artistas gracias a los servicios de streaming subieron un 32,9%, mientras que la retribución a las ventas físicas descendió el 10,1%.

Marco Llinas, vicepresidente de la Cámara de Comercio de Bogotá, en el artículo del periódico digital La Republica titulado ‘La industria musical en Colombia mueve más de $830.000 millones’, aseguró: “54,72% de los espectáculos en vivo que se realizan en el país se llevan a cabo en Bogotá, lo que ubica a la capital en el primer lugar entre las ciudades locales”. No obstante, el mismo artículo expone que, en 2016, tan solo el 25% de la población colombiana asistió a conciertos, recitales o presentaciones en vivo.

En la opinión de Rodríguez, para contrarrestar lo anterior “hace falta educación en los colegios, donde de verdad se genere un amor y un interés al arte”. Además, “lo que hace falta para salir adelante en la música en Bogotá es un poco más de sentido de pertenencia, cuidar nosotros como ciudadanos lo que tenemos”, afirmó Tania Sua, egresada de Música de la Universidad El Bosque.

“Aquí en Colombia la gente prefiere ir a cenar a lugares caros que ir a apoyar una banda nacional o tomarse un café en el ‘Hard Rock’ o en el ‘Ozzy Bar’, que son ambientes donde uno puede cenar con su familia y escuchar una banda”, declaró Rodríguez. “Es complicado porque ni la televisión, ni los colegios, ni la cultura han ayudado a crecer la industria de la música”, finalizó.

Tonos altos, oídos sordos

Probablemente, la decepción de los músicos entrevistados por el poco apoyo recibido, expuesta en los párrafos previos –que representa un sentimiento general en los artistas del medio–, se debe, entre otras cosas, a los estereotipos que existen para todos aquellos que deciden vivir del arte. Sin importar el género musical que cada banda o solista interpreten o el instrumento que acompañe a cada individuo, el apoyo del público muchas veces decrece por pensamientos errados, nacidos de rumores o costumbres ajenas a las bogotanas, que califican y juzgan al artista sin antes escucharlo.

Acerca de este tema, Juan Pablo Rodríguez comentó: “siempre que me ven en la calle y les digo que soy músico creen que toco pop o cualquier otro género que no sea metal porque mi apariencia no es la de un metalero”. De la misma forma, y de manera curiosa, “el estereotipo de que un metalero tiene que estar con chaqueta de cuero y con el pelo largo es algo que ninguno de los integrantes de la banda tiene”, afirmó.

Ante la pregunta: ¿cómo hacer para romper estereotipos? Ciertamente no existe una respuesta única y es innecesario decir que es un cuestionamiento complejo, por ende, es correcto asegurar que cada artista lidia con ellos de manera diferente y acertada mientras se ajusten a los parámetros morales del respeto.

Para Laura Perilla “hay que ser crítico con lo que está pasando social, cultural y políticamente en todo lado. Tener una visión, un criterio, una opinión frente a eso y siempre ser uno mismo”. Continuando con la idea de la capitalina de 29 años, el artista debe ser capaz de expresar ante su público quién es, lo que piensa, siente y hace, pues es la forma de lograr la interacción necesaria para expandir los conceptos del pueblo hacia los músicos.

Por su parte, Sua aseveró que antes de preocuparse por qué piensan los demás es primordial valorar el trabajo de cada músico bien sea en cuanto a una composición, una presentación o una reunión. “Lo primero es –yo– ser seria con la música, valorar lo que hago, poner un precio a lo que hago y siempre dar lo mejor de mí”.

Ambas declaraciones, si bien pueden ser poco compatibles en varios aspectos, fortalecen una idea: la identidad. “Lo primero que necesita un músico para romper estereotipos sociales es ser diferente”, manifestó Perilla. Dichas diferencias, en cuanto al entorno musical, cumplen con la función, principalmente, de impregnar de una singularidad capaz de crear rasgos característicos que identifiquen a una banda donde estén.

Hora del rock… ¿o no?

Teniendo en cuenta lo anterior, para un músico no hay mejor forma de crear una identidad característica que exponiéndola ante el público y, para ello, apartando los requerimientos técnicos de una presentación, se requiere de un escenario.


“Realmente aquí en Bogotá presentarse en cualquier lugar es algo relativamente fácil, lo que es complicado es la remuneración económica. Lamentablemente, hay muchos productores que se dedican a estafar a las bandas”, declaró el guitarrista de ‘Human Conspiracy’.

La Alcaldía Mayor de Bogotá, por su parte, realiza convocatorias y festivales en lugares públicos en los que les permiten a las bandas presentarse, siendo ‘Rock al Parque’, festival gratuito de rock más grande de América Latina, la más famosa de todas.

“Fenómenos tan masivos como Rock al Parque o Salsa al Parque, que pudieran clasificarse en primera instancia como música masiva comercial (rock, salsa), han sido enfocados de tal manera que realmente pueden entenderse como formas de dar a apoyo a géneros musicales que en general han estado ausentes en las políticas culturales del país”, aseveró el informe ‘Estado del Arte del área de música en Bogotá D.C.’ de 2009, elaborado por el Grupo de Investigación Cuestionarte bajo el sello de la Alcaldía Mayor de Bogotá D.C. y la Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte.

No obstante, ‘Rock al Parque’ se ha convertido en la tierra prometida para los artistas gracias al complejo y arduo filtro por el que debe pasar cada candidato. “Las bandas son evaluadas por resto de cosas. No cualquiera puede pasar allá”, dijo Rodríguez. La agrupación a la que pertenece, la cual lleva conformada 4 años, no ha logrado aún presentarse en el festival de la capital debido a que “nos falta un álbum, presentarnos fuera de Bogotá y un video musical, el cual saldrá dentro de un mes”.

Es aquí donde se crea una paradoja: ‘Rock al Parque’ es la forma más grande y mejor estructurada de la Alcaldía de Bogotá para apoyar a los artistas de la ciudad, sin embargo, este está condicionado a un nivel medio de fama y reconocimiento que no será fácilmente adquirido sin un apoyo previo.

Lo anterior, denota un claro abandono hacia los artistas, quienes deben, por sus propios medios, asentarse, mantenerse y conseguir un ‘status’ para que así, y sólo así, reciban el apoyo que necesitaron desde un inicio.

Un ejemplo de esto es ‘Electric Mistakes’. El quinteto, que inició y se mantuvo durante mucho tiempo como un dúo, ha lanzado 2 discos durante su carrera. El último de ellos se presentó al público en marzo del 2019 y fue producido durante, más o menos, dos años, costándole a la banda de Perilla alrededor de 15 millones de pesos.

Así, la música se transforma y pasa de ser el sueño de los artistas a una lucha por la supervivencia de un medio movido por lo económico, manejado por un público poco interesado y desprotegido por las entidades que, en teoría, deberían soportarlo.

Finalmente, termina cobrando valor el trabajo independiente de los artistas, la búsqueda de oportunidades por sus propios medios y gracias a sus propios recursos, su intensidad en la petición de espacios para presentarse y su paciencia para aguantar un recorrido incierto de años, décadas o tal vez interminable, en el que su música se mantiene en silencio.

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