En blanco

Catalina Rubiano Salazar, Comunicación Social y Periodismo

Hay personas que solo se pronuncian por sus intereses individuales, y eso mancha y desvía el foco de los que sí luchan y salen a marchar con un propósito colectivo, real y coherente.

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Foto:
Twitter

Seguramente habrá bastantes columnas de opinión acerca del paro, y también diversidad de puntos de vista frente al tema, y desde el mío, nadie tiene la razón absoluta, pero no ahondaré en eso. Tampoco pretendo aquí explicar por qué la gente sale a marchar, ni descifrar si el paro afecta o no al país económica o políticamente; suficientes publicaciones e información hay de ello. Tal vez esta columna sea un grito de auxilio, o simplemente palabras de desahogo de una estudiante frustrada y abrumada por todo lo que pasa a su alrededor.


Solo para empezar, llevar ya tres (y posiblemente cuatro) semestres de Universidad en la virtualidad es exhaustivo, y una ‘vía de escapatoria’ o de despejar la mente, por no decir distracción, es ver las redes sociales. Pero de un día para otro las plataformas digitales estaban llenas de imágenes, videos, tweets, que parecían sacados de una realidad alterna. Colombia, nuestro país, estaba (y aún está) en llamas. Cientos de usuarios publicando o reposteando información sobre el paro nacional, de cómo asesinaban personas, de la injusticia, de las razones por las que la gente (sobre todo los jóvenes) salían a marchar, de por qué teníamos que alzar la voz como colombianos, y al mismo tiempo otras personas refiriéndose a los marchantes como vándalos, o publicando la frase ‘yo no paro, yo produzco’, o simplemente mostrando su punto de vista de que ‘hay otras formas’.



En resumidas cuentas: infoxicación.


Llegó un punto en que ya no quería ni levantarme de la cama, no por algún sentimiento en específico, sino precisamente por eso… porque no sabía (y hasta ahora aún no sé) cómo, qué sentir ni qué pensar al respecto. Todo para mí era incertidumbre en los primeros días de las marchas, trataba de escuchar las diversas justificaciones (porque no son solo de dos bandos) de por qué sí, por qué no o por qué ‘sí, pero no así’, pero llegué a un punto en que mi mente quedó en blanco, mi cuerpo quedó en blanco, sentía un vacío y hasta miedo de lo que veía que pasaba a mi alrededor.


Nunca he sido ajena a las marchas, pero tampoco había vivido una de cerca, no porque saliera a marchar, sino porque desde la maldita comodidad de mi casa escuchaba cómo se enfrentaban los manifestantes contra la Policía y el ESMAD. Entre los vecinos se enviaban y reenviaban videos que ellos mismos grababan desde sus balcones de lo que pasaba a solo unos metros de su casa o apartamento. Tal vez escuchar cómo lanzaban los gases contra los manifestantes y al mismo tiempo, por medio de los videos, ver cómo las calles que normalmente transito estaban inundadas en cánticos, gritos y violencia fue lo que más me impactó; siempre veía en televisión o por redes sociales lo que era a kilómetros de mis cuatro paredes, pero esta vez lo tenía a menos de una cuadra.


Tal vez en mi masoquismo, o en mi ansia de estar informada como ‘buena’ periodista en formación, seguía viendo y leyendo las publicaciones de ciudadanos de diferentes partes del país de lo que ocurría cada día y noche en sus barrios o ciudades. Porque eso es lo otro, debido a que la gente no sentía (ni veía) que los medios de comunicación más ‘importantes’ del país estaban mostrando su realidad, tomaron la batuta ellos mismos y desde sus celulares daban a conocer al resto de Colombia y al mundo su realidad. Por medio de lives en Instagram grababan todo lo que sucedía en las manifestaciones, hasta en algunos quedó tatuado cómo caían muertos ‘los vándalos’ ante el abuso de fuerza.


La otra parte es escuchar la falta de empatía de algunas personas frente a las injusticias que se evidenciaban y aún se evidencian. No es cuestión de ideología política, ni de qué parte del enfrentamiento estaba, ni mucho menos de “¿quién los manda a salir?”, es cuestión de la dignidad humana y de la violencia de los derechos como ciudadano. Si ya de por sí me sentía desconcertada, leer o escuchar a personas decir “que maten a todos esos imbéciles” sí que era aún más doloroso.


Luego, mientras unos salían a buscar y luchar por un mejor país, estaba yo (y solo unos cuantos estudiantes más) pendiente de cumplir con las obligaciones académicas, preguntándole al profesor si me escuchaba bien al hacer una participación, o simplemente entrar a la clase a tiempo y limitarme a decir ‘buenos días/tardes’, ‘sí, profe, sí vemos su pantalla’ y ‘chao, profe, gracias’. Me sentía como Davivienda: en el lugar equivocado.


Sin embargo, no solo era yo, sino muchos tanto en redes sociales como en las calles, pero me centraré en los de las redes sociales. Si bien la hipocresía no es un tema nuevo, decepciona que con todo lo que está pasando, sigamos en las mismas. ¿Por qué cuando le afecta a usted sí es injusticia, pero cuando le afecta a su contraparte ‘es lo que merece’ o se hace el de la vista gorda? Utilizo el ejemplo que Mariángela Urbina publicó en su Twitter, sobre todo la primera imagen que publicó: 

https://twitter.com/mariangelauc/status/1395846477277274112


Pero, lastimosamente, esto no se presentó solo por parte de usuarios ‘comunes y corrientes’ sino que también por medios de comunicación del país, como Semana:


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Foto:
Revista Semana

¿Cuando es a un miembro de la Policía es verdad, pero cuando es contra una joven civil sí es cuestionado?

Las ganas de querer tergiversar todo para tener la razón es impresionante, sea del “bando” que sea. A pesar de que ya no me he vuelto a sentir en blanco, sí siento desesperanza al ver la falta de empatía, de solidaridad y la hipocresía por parte de la mayoría de las personas que solo comparten o dicen lo que les conviene. En esta situación no hay ni buenos ni malos. Hay personas que solo se pronuncian por sus intereses individuales, y eso, infortunadamente, mancha y desvía el foco de los que sí luchan y salen a marchar con un propósito colectivo, real y coherente.