La música que brota entre los frailejones

Juliana Gordillo, estudiante de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de La Sabana

“Vamos a la filarmónica” es el proyecto creado en 2012 por la filarmónica de Bogotá, en donde se le ofrecen clases de música a los niños de cada localidad del Distrito Capital.

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La música que brota entre los frailejones
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Así como las hojas de los frailejones absorben la humedad y la neblina para luego liberarla a través de sus raíces, los instrumentos musicales son quienes absorben los estigmas que han cargado por años los campesinos, para luego liberarlos en melodías que están llenando de nuevos conocimientos a los niños del Páramo más grande del mundo, el Sumapaz.


Bogotá, la capital de Colombia, está dividida en 20 localidades. El páramo de Sumapaz es la número 20. Este extenso territorio cuenta con tres corregimientos: Nazareth, Betania y San Juan. Desde 2016, dentro de San Juan, en la vereda La Unión, el colegio Gimnasio del Campo Juan de La Cruz Varela se convirtió también en el lugar que por medio de la Orquesta Filarmónica de Bogotá enlazaría a los sumapaceños con un gusto hacia la música clásica.


Ruby Rodríguez tiene 45 años. No mide más de 1,60 metros y aun así se ve imponente. Lleva seis años trabajando en el Páramo de Sumapaz como la artista formadora principal de la Orquesta Filarmónica de Bogotá. De miércoles a sábado vive en Funza, un municipio de Cundinamarca, y de domingo a martes vive dentro del colegio Gimnasio del Campo Juan de La Cruz Varela, donde la Secretaría de Educación financió la construcción de una casa para todos los profesores de la institución.


Cristian David Ortiz y Sergio Ramírez son los otros dos profesores que integran el proyecto de la Filarmónica en Sumapaz. Ambos tienen 30 años; nacieron y viven en Bogotá. Ortiz se encarga de enseñar la formación coral y Ramírez de la iniciación musical, que es el aprendizaje de los conceptos musicales básicos, fomentando la capacidad expresiva en los niños. En estas clases, los estudiantes de prescolar a noveno son quienes participan en horario escolar, y de quinto a noveno pueden pertenecer al grupo representativo que practica lunes y martes de 3 pm a 5 pm, luego de que termina la jornada académica.


Para llegar al Juan de la Cruz, los domingos, Ruby sale en su carro desde Funza hasta el sur de Bogotá. En el portal Usme, la localidad donde finaliza lo que se conoce como “la Bogotá urbana”, la esperan Cristian y Sergio.


La carretera que conduce hasta la vereda La Unión posee pocos fragmentos pavimentados; el frío se siente en los huesos y una densa niebla con grandes gotas de lluvia opacan el paisaje. Aproximadamente una hora y media después de haber salido de Usme ya se pueden visualizar los abundantes frailejones, las lagunas cristalinas y las imponentes montañas. Fueron casi seis horas de viaje en un vehículo campero (el ideal para este tipo de vías), tiempo corto en comparación a si se hubiera transportado en un automóvil pequeño, donde el viaje pudo haber tenido una duración de ocho horas.


La Orquesta Filarmónica de Bogotá creó el proyecto de “Vamos a la filarmónica” en 2012, donde se buscaba dar educación musical gratuita a los niños entre 7 y 17 años de la capital colombiana. Actualmente, tiene presencia en 19 de las 20 localidades de Bogotá, donde según el último reporte presentado por la Filarmónica, en 2020, de los 32.344.060.000 (treinta y dos mil trescientos cuarenta y cuatro millones sesenta mil pesos) que hacen parte del presupuesto de inversión, se emplean 20.741.140.544 (veinte millones setecientos cuarenta y un mil quinientos cuarenta y cuatro pesos) para ejecutar el proyecto.


Desde 2016, la profesora Ruby fue la encargada de llevarles a los sumapaceños la propuesta de “Vamos a la filarmónica”, quienes en un principio no se mostraban interesados en el proyecto, pues era una comunidad cansada de que nuevas ideas se presentaran, pero nunca se ejecutaran. Sin embargo, la Filarmónica marcó la diferencia, pues hasta ahora es el único programa que ha tenido un proceso comprometido con la institución, los estudiantes y padres de familia.


La Filarmónica empezó con un vaso y un balón. Eran clases de música sin instrumentos, pues todavía no había sido enviada la dotación sinfónica. Se les enseñaba a los niños que era posible hacer música con todo lo que tuvieran al alcance, y a su vez, se inició un proceso para adecuar el manejo de sus voces.


A mitad de 2018, por fin la dotación de instrumentos proporcionada por la filarmónica llegó al territorio. La Secretaría de Educación se encargó de trasladar 10 clarinetes, 7 flautas traversas, 4 flautas piccolo, 2 oboes, 3 cornos francés, 2 contrabajos, 8 trompetas, 2 violines y 2 pianos organetas para un total de 40 instrumentos.


Cuando llegaron los integrantes de la Secretaría de Educación se encontraron con que la entrada principal del colegio Juan de La Cruz no tiene puertas. Dicha situación generó conflicto entre ellos, pues comentaban que no era un lugar seguro para tener los instrumentos. Sin embargo, solo fue cuestión de compartir un par de horas con la comunidad, para entender que en realidad no había peligro de que fueran robados. –Lo más bonito del Páramo es que aquí todavía se cree en la palabra y en la honestidad- dice Sandra Díaz, encargada de manejar la cafetería escolar.


Entre 3 profesores deben enseñar a los 138 estudiantes que asisten a las clases de música, y en el horario extracurricular, a los 37 niños que están en el grupo representativo, agregando que, a raíz de la pandemia del covid-19, esta labor se ha dificultado. Por protocolos de bioseguridad, los instrumentos no se pueden compartir, así que solo 40 niños tienen acceso a uno de ellos. Por este motivo, los profesores se han enfocado en la formación coral y en utilizar objetos cotidianos para hacer música.


A pesar de la alegría que ha traído la música a la vida de los estudiantes, solo unos cuantos tienen el privilegio de integrar el grupo representativo. —“Los niños terminan clase a las 3 pm, a esa hora salen las rutas hacia las veredas, entonces como luego no hay transporte para que vuelvan a sus casas y los desplazamientos son tan largos, únicamente podemos contar para esos grupos representativos con quienes viven acá en la zona urbana”—dice Ruby Rodríguez.


En el campo, las actividades diarias empiezan desde temprano. Keyner Samid Molina tiene 11 años y todos los días se levanta a las 4 de la mañana. —Lo primero que hago es ordeñar las vacas, luego voy a recoger los huevos y alimento a los animales. Vivo a hora y media del colegio, y para llegar al paradero donde me espera la ruta escolar, tengo que caminar 40 minutos. Interpreto la trompeta y me gustaría estar en el grupo representativo de la Filarmónica, pero vivo muy lejos y llego cansado a la casa.


Los padres de familia han empezado a dejar menos tareas domésticas a sus hijos para que tengan más tiempo para la música, puesto que se ha evidenciado una considerable mejoría académica en los estudiantes que pasan mayor tiempo en la Filarmónica. Juan José Peralta, músico de la Universidad Nacional de Colombia, afirma: “Los niños que tienen educación musical, adquieren muchos beneficios para su vida, como lo es la escucha atenta, mejor desarrollo en la memoria, mayor facilidad para la resolución de problemas, mejora en la motricidad fina, aumento en la creatividad. A la vez, son personas que desarrollan mayor autoconfianza por lo que también mejora su interacción social, y adquieren un mayor sentido de la responsabilidad”.


El grupo selección de Sumapaz ha participado en dos encuentros distritales de Orquestas Sinfónicas; en 2018 estuvieron en Buga en un encuentro nacional de Orquestas infantiles y juveniles y en el 2019 se presentaron en la clausura del Foro Distrital. En las competencias ya los reconocen; los demás saben que llegaron los del Sumapaz por las mejillas rojas y su perfecta presentación personal.


—La Filarmónica ha hecho una labor muy importante en el Sumapaz, pero creo que es importante hablar tanto de la filarmónica como de nuestra música campesina. Siempre he tenido presente que para ser un ser integral debo conocer mi música campesina, pero también entender que hay otras propuestas como la música clásica. Sería maravilloso poder hacer un ensamble entre la filarmónica y la música campesina, pero para ello se debe tener la mente abierta y dejar unos supuestos de superioridad que se tienen entre los géneros musicales—dice Aníbal Montañez, director de la Alcaldía Local de Sumapaz.


Aníbal es una de las personas más respetadas en el páramo. Lleva 25 años allí y fue rector del Juan de la Cruz Varela del año 2006 al 2010. En su dirección se destacó por fomentar la música campesina por medio de festivales y actividades escolares, a la vez que inició un proyecto de emisora escolar en el que se le diera importancia a todos los géneros musicales, emisora que durante mi visita en el Juan de la Cruz no estaba en funcionamiento. Ahora en su labor como director local, es el encargado de transmitir las peticiones de la comunidad educativa ante la Secretaría de Educación. Junto con la profesora Ruby llevan desde el 2019 gestionando la posibilidad de que se implementen rutas en un horario de 5 pm para que más niños puedan hacer parte del grupo representativo de la Filarmónica.


Las dificultades para desplazarse en un territorio tan grande como el Páramo de Sumapaz es una problemática que desalienta a los niños en su búsqueda de vivir nuevas experiencias y tener oportunidades diferentes para su desarrollo, incluso para un proyecto que ya lleva 6 años en la región y le ha dado buenos resultados al colegio y a la comunidad. Esto también incrementa la preocupación de los habitantes, pues concluyen que si no se brinda el suficiente apoyo a un proceso que es dirigido desde una entidad tan importante como lo es la Filarmónica de Bogotá, menos se tendrá en cuenta la música campesina. Así lo evidencia Efrein Torres, guardia de seguridad, agricultor e integrante de un grupo de música campesina. — “Ninguna entidad apoya la música campesina. Se está perdiendo la cultura del campesino y a menos de que alguna empresa o entidad se interese en crear un proyecto que la promueva, se va a acabar”.


Como sucede en la naturaleza, que la llegada de nuevas especies no acabe con las endémicas; que la música siga despertando sueños en los niños de las comunidades rurales, y sirva para construir comunidad sin destruir lo ancestral.

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