La práctica forense en Bogotá, profesiones clave, pero desconocidas

Juan Camilo Zubieta García, estudiante de Comunicación Social y Periodismo

Los profesionales forenses buscan proteger a los inocentes, ayudar a emitir veredictos justos y reconstruir los hechos de la escena del crimen para impartir justicia desde diferentes disciplinas.

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La práctica forense en Bogotá, profesiones clave, pero desconocidas
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Juan Camilo Zubieta García,

Luis Andrés Colmenares habría cumplido 32 años en mayo de este año. Sin embargo, el joven costeño encontró la muerte en el Parque El Virrey de Bogotá, la noche del 31 de octubre de 2010 en medio de acontecimientos confusos, testigos falsos, teorías sin esclarecer y presuntos culpables, hoy absueltos y libres. Se trata del caso forense más mediático de los últimos años en Colombia, al que incluso Netflix le produjo una miniserie. Pero como el de Colmenares son cientos los hechos violentos similares que se registran a diario en Bogotá, casos que algunas veces se resuelven, pero la mayoría de las veces quedan impunes. Según el periodista John Torres, 7 de cada 10 delitos quedan impunes en la capital, una ciudad en la que se presentan 14 homicidios diarios por cada 100.000 habitantes.


En medio de este panorama, existen personas que dedican su vida a que este porcentaje se incline hacia el descubrimiento de la verdad, individuos que, desde sus profesiones –algunas poco conocidas– enfrentan la muerte todos los días, conviven con ella, y aúnan esfuerzos contra la impunidad. Ellos son los profesionales forenses, que no solo persiguen criminales mientras intentan esclarecer la verdad en cada suceso, sino que buscan también proteger a los inocentes, ayudar a emitir veredictos justos y reconstruir los hechos de la escena del crimen para impartir justicia desde diferentes disciplinas.


La medicina legal y forense, por ejemplo, se encarga de las autopsias para determinar la causas y circunstancias de una muerte. Asimismo, cubre áreas como la serología y toxicología forense, aplicadas al análisis de drogas en la escena del crimen. La odontología y antropología forense ayudan a la identificación de los cadáveres. La entomología forense determina la fecha, hora y circunstancias de una muerte. La informática forense ayuda a detectar datos relevantes para analizar ataques informáticos, robos de información, extracción de datos de móviles, extracción de emails o chats y localización de celulares por GPS. Y la criminalística, junto con la balística, analiza la implicación de las armas de fuego. Todas estas disciplinas apoyan al sistema legal al aportar datos que pretenden ser irrefutables en el análisis de evidencias físicas, y en Bogotá existen numerosos expertos en cada una de estas disciplinas, profesionales indispensables en una ciudad con una tasa tan alta de criminalidad, pero son tan necesarios como desconocidos.


El panorama forense en Bogotá


Yefrin Garavito es director de investigaciones especiales de la Unidad de Investigación Criminal de la Defensa, una entidad privada asesora y consultora en áreas como las ciencias forenses y la investigación criminal. Desde pequeño, siempre pensó en ayudar a las personas. Quería ser policía, pero los caminos de la vida lo llevaron a enfocarse en la investigación criminal. Cada día pueden llegar a su escritorio entre 10 y 15 casos de homicidios de toda índole. “A veces tenemos mucha más práctica forense nosotros que otros países en donde el delito es mínimo. Hay países donde los policías judiciales atienden un homicidio una vez al año. Y si bien es cierto tenemos mucha práctica, no damos abasto con la cantidad de casos que tenemos en el país”, afirma.


De acuerdo con un estudio realizado por el Global Iniciative Against Transnational Organized Crime, Colombia ocupa el segundo lugar en el índice de criminalidad mundial, solo detrás de la República Democrática del Congo, convirtiéndose en el país de Latinoamérica con más actividad delictiva. Por esta razón Colombia tiene funcionarios con mucho bagaje y experiencia en los procesos, pero la dificultad es la cantidad y los pocos funcionarios para atenderlos. De esos 10 casos que Garavito recibe a diario, el 70% quedan en la impunidad, en gran medida por la falta de personal. De tal modo, han surgido entidades privadas como la Unidad de Investigación Criminal de la Defensa, con el fin de apoyar procesos penales, civiles, administrativos, disciplinarios y forenses, pero hacen falta muchas más para el grado de criminalidad de la ciudad.


Garavito explica que en Colombia la práctica forense tiene mucho campo de acción. La práctica forense son las técnicas y rudimentos que deben acreditarse por el profesional o agente jurídico en su actividad profesional ante los órganos jurisdiccionales. Desde el punto de vista del Estado, están las entidades de Policía Judicial como la SIJIN, la DIJIN, el CTI y entidades de Policía Judicial de carácter especial, como la Procuraduría, la Contraloría, el INPEC, las autoridades de tránsito y las superintendencias. También, en el ámbito privado existe un gran campo para esta práctica: en aseguradoras, entidades de investigación privada y en entidades de salud.


En cuanto a la formación en ciencias forenses, existen varias instituciones educativas en las ciudades capitales del país que ofrecen carreras universitarias en Criminología y Estudios Forenses como la Universidad Sergio Arboleda, Areandina, Universidad Manuela Beltrán, entre otras. De igual manera hay cursos y diplomados en fotografía forense, medicina forense, peritaje, balística e informática forense impartidos tanto por instituciones privadas como por entes como la Policía nacional.


Las escenas del crimen y los cadáveres hablan. Lo que pasa es que nosotros a veces no estamos preparados para escucharlos o para entender qué es lo que nos dicen” afirma Luis Alejandro Callejas, profesor de periodismo forense de la Universidad de La Sabana, citando al filósofo Paul Kirk. Y las escenas pueden hablar de muchas formas. “Hay estudios forenses económicos, por ejemplo, hay forenses de sistemas, psiquiatras forenses, médicos forenses, expertos en balística, odontólogos, antropólogos y periodistas forenses”. En la Unidad de Investigación Criminal de la Defensa, por ejemplo, se prestan servicios de psicología forense, investigación digital forense, contaduría y auditoría forense, grafología y documentología.


Una charla diaria con la muerte


“Yo veo muchas series como La ley y el orden, CSI y Chicago PD, donde muestran casos muy difíciles de resolver, pero me gusta, le abre a uno mucho la mente frente a los procesos”, comenta María Paula Amórtegui, egresada de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de La Sabana y ex alumna del profesor Callejas en la clase de Periodismo Forense. “Decidí cursar la materia, que era electiva, pero ya tenía ese gusto desde antes. El profesor nos dijo que sí o sí teníamos que buscar historias para los 3 cortes. Entonces yo me fui para Paloquemao. Llegué a una oficina en el

tercer piso del complejo judicial, sede de la Fiscalía. Era como la segunda semana de clases. Me fui para allá y estuve toda la mañana buscando historias”. María Paula estuvo dos meses yendo todos los martes a la oficina del fiscal para conseguir qué contar, pero cada vez que iba y ahondaba más en el tema sentía la dificultad de esta profesión. “Uno puede no creer en las energías, pero en Paloquemao eso se siente. Uf, es pesadísimo, es muy pesado, por ejemplo, en esa oficina. Cuando yo hablaba con el fiscal, había un caso que en ese momento estaba llevando sobre el homicidio de una muchacha de mi edad y al leerlo me afectó mucho”.


Amórtegui cuenta que se llamaba Diana Marcela. Tenía de 19 años cuando empezó a trabajar en una empresa de repuestos de automóviles como secretaria, porque necesitaba ahorrar para pagar el semestre de Contaduría Pública. Un día llegó un vendedor de filtros de vehículos a ofrecer sus productos y al conocer a Diana se enamoró de ella. El hombre se llamaba César. Empezaron a salir, sin embargo, él era 20 años mayor y estaba casado. Y aunque había empezado el proceso de divorcio, decidió ocultarle a Diana esa información. Empezó a enamorarla hasta que decidieron irse a vivir juntos a una casa en Chía.


Después de 3 años de relación, tuvieron su primer hijo. Pero César cambió de repente y empezó a maltratar físicamente a Diana y a su bebé. No la dejaba ir a la Universidad y la encerraba junto con su hijo, y dejó de darles dinero para la manutención. Un día, la joven decidió irse de la casa y regresó con el niño donde su madre en la localidad de San Cristóbal en Bogotá. César la buscó para pedirle perdón y ella decidió evadirlo, porque se enteró de su otra relación sentimental.


Diana ya tenía 24 años y una tarde su pareja la citó en un colegio de la localidad, cerca de la casa de su madre. La convenció de asistir a la cita asegurándole que iba a pagarle los meses que le debía de la manutención del niño. Ella llegó al lugar y se quedó esperando. Después de un rato, un joven vestido de estudiante de colegio le propinó dos disparos, uno en la cabeza y otro en el estómago. Diana murió instantáneamente en el lugar. César fue a casa de la madre de Diana y se llevó al menor. La abuela buscó recuperar la custodia. En los dos años y medio que duró la disputa legal, César maltrató al niño, física y psicológicamente, entonces cuando la madre de la joven asesinada logró recuperarlo, el niño ya estaba seriamente afectado. El caso terminó con una sentencia de casa por cárcel para César, y la periodista, María Paula Amórtegui, lo recuerda hasta el día de hoy.


Yo creo que lo más importante del periodismo forense es no meterle corazón, verlo desde el lado objetivo. Ese caso me enseñó eso. Es esencial meterse en el rol de periodista, porque sí puede afectar tu vida diaria, hasta tener pesadillas. A mí, al principio, me pasó eso, y tuve que dejarlo”. A lo que se refiere Amórtegui es a que se trata de buscar la verdad, pero sin involucrarse emocionalmente. “Uno empieza a leer los testimonios de las personas y se crea la película en la cabeza. En Bogotá pasan a diario historias así, entonces es duro pensar en todos los muertos”. Y es por eso que, en un país tan violento como Colombia, la profesión forense todos los días es necesaria.


La fotografía que resolvió un caso


“Me acuerdo mucho de la primera clase con Callejas”, recuerda la estudiante. En la primera sesión de su asignatura de periodismo forense en el 2017, el profesor exhibió las fotografías forenses de un caso del 2010 especialmente perturbador: “El Asesino de la Soga”. Se dice que ha sido el mayor asesino en serie de Colombia. Lo hacía de una manera única, tanto así que aún no hay explicación de por qué cometía los asesinatos de esa manera. Agarraba a sus víctimas, las reducía y después las amarraba por el cuello con un nudo corredizo para que la misma cuerda bajara. Los ponía en posición de flexión de piernas con la espalda contra un árbol. La soga, desde el cuello, pasaba por detrás del árbol, luego la amarraba a las manos, y esa misma cuerda pasaba hasta los tobillos de las víctimas. Cuando la víctima despertaba y se iba cansando por la posición en la que se encontraba, iba bajando la posición de la cadera, el cuerpo se iba cayendo y esto hacía que la cintura y los pies de la víctima fueran halando la cuerda hasta que el nudo se cerrara y los ahorcaba.


“Por eso el asesino siempre ha dicho que él no mató a nadie, porque técnicamente no lo hizo. La muerte la producían las propias víctimas cuando el peso de su cuerpo iba cerrando la cuerda. Una muerte horrible”, comenta Callejas. Pero las fotos en las escenas del crimen les permitieron a los investigadores establecer el patrón y capturar al responsable. Determinaron que los amarres eran iguales, que las posiciones en las que eran encontrados los cuerpos también respondían al mismo patrón. Como explica Belisario Valbuena, psicólogo forense, el análisis de las fotografías pudo determinar que en ninguno de los casos hubo abuso sexual. También, el perfilador criminal Edwin Olaya, que trabajó en el caso, resalta la importancia de hacer un perfil del delincuente, que en cierta medida es una fotografía también, no solo de su físico sino de su manera de proceder. En este orden de ideas, las fotos son, en gran parte, las que permiten a la Policía determinar la hipótesis de un asesino serial, su modus operandi y sobre todo el área donde se realizan los crímenes para finalmente capturar al asesino. En el caso del hombre de la soga, en diciembre de 2012 operaba en los departamentos de Cesar, Santander, La Guajira, Norte de Santander y Magdalena.


Para Yefrin Garavito, la fotografía es una de las herramientas más importantes para documentar un lugar de los hechos y los elementos probatorios. “La fotografía forense judicial inmortaliza el lugar tal como lo encontramos, así como los elementos de prueba para llevárselos a cualquier tomador de decisiones independientemente de que el investigador forense siga o no siga en el caso. La fotografía perdura años, entonces es importante y fundamental. Es uno de los ejes transversales de la investigación criminal”.


De acuerdo con el profesor Alejandro Callejas, las fotografías se convierten en prueba. Es lo que queda de esa escena del crimen. No es un tema artístico, asegura, sino un tema técnico. Y las fotografías son las que después son analizadas por los investigadores que, con ellas, hacen una primera lectura de la zona del crimen. Las fotos se convierten en material probatorio. “Unas buenas fotos de una escena del crimen, que permitan comparar hechos, la trayectoria de los proyectiles, desde dónde dispararon son fundamentales. Con ellas, perdura esa escena en el tiempo, para que pueda hacerse luego el levantamiento del cadáver. También se hacen videos, que se convierten en la única manera de mantener viva esa escena”, explica Callejas.


La práctica forense hacia el futuro


En Colombia la práctica forense está en constante evolución. Garavito explica que uno de esos avances es la fijación fotográfica y videográfica del lugar de los hechos en segundos, mediante un sistema de reconstrucción en 3D con escáneres. Además, en informática forense se han visto mejoras muy significativas en software y hardware para detectar robos de información, extracción de datos de móviles, extracción de emails o chats y la localización de móvil por GPS. Sin embargo, estos avances aumentan al mismo tiempo que los actos delictivos. Por ejemplo, en Bogotá, en el último año, la ciudad registró la cifra más alta de homicidios desde 2017, especialmente por la pandemia y el desempleo que ha causado. Según el balance entregado por el general Eliecer Camacho, comandante de la Policía Metropolitana de Bogotá, durante el año 2021 hubo 1.126 asesinatos, 88 casos más que en 2020, 74 más que en 2019 y 62 más que los ocurridos en 2018.


Las instituciones siguen formando profesionales forenses que puedan contribuir a que se haga justicia en los miles de casos delictivos que se presentan en Bogotá. Sin embargo, hacen falta más profesionales, pues siguen siendo pocos los que ejercen estas prácticas. Por ejemplo, según Colombia Plural, solo existen en Colombia 53 antropólogos forenses para identificar los 5000 cuerpos en promedio que dejan los homicidios anuales en Bogotá. Es claro que hacen falta más profesionales, pues siguen siendo pocos los que ejercen estas prácticas. Lo ideal es que no se necesiten casos mediáticos como el de Luis Andrés Colmenares para que la gente se interese por la práctica forense. Y mientras las series de crímenes sin resolver siguen siendo las más vistas en las distintas plataformas de distribución de contenidos, el número de profesionales forenses sigue siendo insuficiente. La gente prefiere resolver los crímenes desde el otro lado del televisor, porque eso siempre será más fácil que conversar con la muerte todos los días.

La práctica forense en Bogotá, profesiones clave, pero desconocidas
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