La ruana cundiboyacense, una tradición que se está devaluando

Yenifer Tatiana Gutiérrez Pinzón, estudiante de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de La Sabana

La prenda campesina, 4 puntas, es una de las más reconocidas y emblemáticas en Colombia. Sin embargo, las personas encargadas de confeccionar este producto se están dedicando a otros trabajos.

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La ruana cundiboyacense, una tradición que se está devaluando
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Trabajo de esquilado de la oveja. Foto por Tatiana Gutiérrez Pinzón

Las noches frías del altiplano cundiboyacense se acompañan con una taza de agua de panela caliente con queso y una abrigada ruana, conocida como abrigo 4 puntas. Es una manta cuadrada o rectangular sin mangas y con un orificio en el centro, por el que pasa la cabeza. La ruana, además de ser una prenda tradicional campesina e importante para los ciudadanos, es también una prenda polifacética que se ha ganado un lugar en las grandes pasarelas del mundo.


Los campesinos son las personas que más visten esta prenda, debido a que la mayor parte de sus labores se desarrollan en lugares fríos y en horas de la madrugada, cuando hasta ahora está amaneciendo y el canto de los gallos está próximo a escucharse. “Una de sus funciones es cubrir a las personas del frío y, por esta razón, son comúnmente encontradas en zonas frías y páramos”, dijo José Castañeda, confeccionista de ruanas.


Estaba en la vereda pueblo viejo, del municipio de Chocontá, buscando a una de las hilanderas, en medio de las vías destapadas, del aullido de los perros y de la neblina. Allí, vi la casa de una familia campesina y humilde; tanto los padres como sus hijos, de aproximadamente 8 y 10 años, tenían puesta una ruana. Me acerqué a ellos, me ofrecieron un tinto y les comencé a preguntar acerca del significado de la ruana para ellos. Don Juan de Jesús, padre de familia, sube sus dos cejas, mira a sus hijos, coge su ruana y me dice: “Sumercé, la ruana para nosotros es otra herramienta más de trabajo, cuando salimos con mi hijo menor a ordeñar las vaquitas, a las 5 de la mañana, lo primero que nos ponemos es la ruana y las botas. La ruana es una berraquera para los fríos tan jediondos que hacen por acá”.


En Colombia existe una fiesta creada en el año 2001 en honor a la ruana. Esta celebración se desarrolla en el pueblo de Nobsa, un municipio artesano, con aproximadamente 16.000 habitantes, cuyo clima es templado. Es un lugar muy tranquilo. Alrededor del parque principal hay unos cuantos árboles que brindan una sombra tenue, ideal para sentarse, descansar y escuchar el sonido de los pájaros que alzan su vuelo. Sus calles hacen alusión a la importancia que tiene la ruana para ellos, hay murales pintados y locales que exhiben sus productos en los andenes.


El lunes 20 de septiembre, con un clima aproximado de 20 grados centígrados, llegué a Nobsa con el objetivo de buscar a personas expertas en la elaboración de la ruana y reforzar mis conocimientos acerca del proceso de confección de esta. El nombre de don Julio Ramón lo escuchaba constantemente. En las primeras dos entrevistas que realicé a algunos comerciantes, los dos nombraron a este distinguido personaje, así que pregunté en dónde lo podía encontrar. Dirigiéndome a su casa, que era retirada del centro del pueblo, llegué al negocio y fábrica del reconocido Julio Ramón Cristancho. Un hombre con poco cabello, de 54 años, con piel trigueña y un bigote que resalta en su rostro, vestido con una camiseta blanca con franjas naranjas y un jean azul oscuro, me recibió con amabilidad y dispuesto a responder algunas de mis inquietudes.


El Día Mundial de la Ruanase festeja a finales de junio y comienzos del mes de julio. En esta fecha se llevan a cabo diferentes concursos, como la ruana tejida en el menor tiempo, la ruana más colorida, la ruana con más accesorios, entre otros. En el año 2008, para conmemorar esta celebración, Julio Ramón Cristancho, artesano tradicional, hizo la ruana más grande del mundo. “Gastamos con mi equipo de trabajo 2 meses haciéndola. Medía 35 metros de largo por 20 metros de ancho. Era una ruana gigante, fue una experiencia muy gratificante y un reto que logramos sacar adelante”, con una sonrisa en su rostro, contó Julio Ramón Cristancho.


El proceso que conlleva hacer una ruana cundiboyacense, de lana de oveja, es largo y agotador. “El procedimiento comienza cuando se esquila la oveja, luego se lava la lana que se obtuvo. Cuando está seca, se comienza a desenredar cada fibra sin que se quiebre y se procede a hilar. Después, se pasa a los telares, se realiza el urdido, que consiste en colocar todos los hilos paralelamente y hacer el montaje de los hilos en el telar; enseguida se desmonta la ruana del telar y se realizan los acabados, como el cardado, y, posteriormente, se empaca para ser comercializada”, aseguró el confeccionista William Becerra.


Cuando me contaba acerca del proceso de esquilar la oveja, me causó curiosidad saber cómo se hacía eso. Entonces, más adelante, me dirigí al matadero del municipio de Chocontá, en busca del esquilador, don Orlando. Con sus botas, guantes negros y una máquina eléctrica, similar a una cortadora de pelo, me llevó al corral en donde habían 5 ovejas. Les dio comida y, de manera repentina, agarró a una de ellas con fuerza, prendió su máquina y comenzó a quitarle toda la lana. “Es un trabajo difícil y más cuando los animales son agresivos. Me puedo gastar de 40 minutos, hasta 3 horas, esquilando a la oveja. Todo depende del animal”, me iba contando él, mientras esquilaba la oveja, cansado y con sudor en su frente.


Uno de los pasos que requiere de más esfuerzo, después del esquilado, y en el que se gasta más tiempo, es en el paso de hilar. Se requiere de paciencia y destreza; la mayoría de personas que hacen este trabajo, son mujeres campesinas que aprendieron de sus madres o abuelas. Cuando hice una de las entrevistas, don Miguel Fonseca me nombró a dos señoras que hacían el trabajo de hilar. En el momento en que llegué a la casa de una de ellas, me recibió una de sus nietas y me llevó a la sala. Allí, estaba la señora Adela Moreno, sentada en una mecedora, con una madeja de lana envuelta en su brazo y un palo de madera, parecido al molinillo con el que se bate el chocolate. Después, me enteré de que este palo se llama huso.

La ruana cundiboyacense, una tradición que se está devaluando
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Julio Ramón Cristancho, creador de la ruana más grande del mundo y artesano tradicional. Trabajando en su telar y confeccionando una ruana blanca para ser comercializada. Foto por Tatiana Gutiérrez Pinzón.

“Llevo en este oficio más de 60 años, mi mamá nos enseñó a mis hermanas y a mí a hilar lana desde los 10 años. En la finca siempre teníamos ovejas y trabajamos con la lana porque era nuestro ingreso económico. Hilar es una tradición de nuestros ancestros”, cuenta Adela Moreno, hilandera del municipio de Chocontá.


Hilar lana de oveja es un trabajo agotador, y el menos remunerado en el proceso de elaboración de la ruana. La transformación de este producto natural tiene un proceso largo porque se debe esperar cerca de un año para que la lana madure y crezca en las ovejas, luego se esquilan los animales y se vende la lana virgen, que cuesta entre 15.000 y 35.000 pesos por libra. Además, los costos para alimentar a los animales cada día suben.


El 15 de septiembre, en horas de la tarde, viajé al municipio de Villapinzón, para encontrarme con la señora Mariela Rojas, hilandera y campesina. Primero, ella me mostró el famoso huso, luego sacó de una bolsa un trozo de lana, muy enredado y con una contextura carrasposa, comenzó a desenredar la lana, más adelante, se sentó y la comenzó a enrollar en su brazo derecho. Tomó el huso y enhebró la lana. Después comenzó a darle vueltas al huso mientras, con su otra mano, iba pasando la lana haciendo que quedara delgada. Cuando ella hacía este trabajo, le pregunté acerca de la devaluación de su trabajo. Doña Mariela cambió su tono de voz, dejó el huso y la lana sobre la mesa y disgustada me dijo: “Mire, señorita, las ovejas se esquilan solo una vez al año; ahí empieza el proceso de producción de la lana. Luego de que se esquilan, esperamos de 8 a 20 días para lavar la lana; cuando está seca y limpia, se empieza a hilar. Yo me siento, pongo mi novela y comienzo a hacerle; en eso uno se gasta de 10 a 15  días y, después, viene esta gente y le dan a uno unas chichiguas”.


Esto ha hecho que muchos artesanos dejen este trabajo y sean obligados a dedicarse a otros oficios, como albañiles, amas de casa, auxiliares de cocina, que son más rentables para cubrir sus gastos económicos. Además, la llegada de productos sintéticos importados de otros países, como China, han afectado la economía de la ruana de lana de oveja porque estos materiales llegan a un precio más económico. “En promedio, una ruana de lana blanca, que es la más económica, está costando entre 150 a 250 mil pesos, y a mí me pagan por una libra de lana 20.000 pesos. Para tejer una ruana de adulto no se gastan más de 2 libras”, subrayó Adela Moreno.


—Yo les enseñé a mis hijos y a mis nietos a hilar la lana desde pequeños, ahora los jóvenes no ven rentable trabajar este oficio. —Mientras hablaba su voz se entrecortaba y con sus manos arrugadas se limpiaba unas cuantas lágrimas—. —En el momento que me muera, esta tradición de hilar, en mi familia, no seguirá y así será con el resto de ancianas como yo, quienes somos las que hacemos este oficio —recalcó Mariela Rojas, campesina e hilandera.


Aunque la ruana es una prenda emblemática para el país, su importancia y el valor simbólico se ha venido perdiendo. “Hace 30 años los campesinos accedían al efectivo a través de la venta de los hilados y podían comprar lo que sus fincas no producían”, cuenta Miguel Fonseca, quien recuerda que para una familia campesina significaba mucho porque gracias a este trabajo les daban estudio a sus hijos; pero, luego, empezaron los famosos productos chinos e hicieron que muchas de nuestras artesanas quebraran.


La ruana sigue siendo un producto apetecido por muchas personas; pero, en su mayoría, por extranjeros. Al señor Julio Ramón Castañeda, el creador de la ruana más grande del mundo, le piden constantemente pedidos hasta de 1.500 ruanas de lana de oveja para ser exportados a otros países, como España, Perú y Ecuador. No obstante, las personas que se están beneficiando y se llevan el “protagonismo” con esta labor son los comerciantes.


Cuando llegué a mi casa, después de hacer las entrevistas, me quedó la duda de si la ruana era emblemática solamente para los campesinos. Entonces, encendí mi computador y encontré que, en el siglo XX, este abrigo no era utilizado por los campesinos; al contrario, las personas que tenían una ruana y la vestían eran los gobernantes y ciudadanos de poder. “Esta prenda hacía presencia en los salones de moda más importantes a nivel mundial”, así lo afirmaba la reconocida periodista y presentadora de la televisión colombiana y ya fallecida, Gloria Valencia de Castaño.