Los héroes del desperdicio

María José Rojas González, Comunicación Social y Periodismo

Los recicladores recorren por más de 10 horas las calles bogotanas buscando, entre los desechos y la basura, su sustento diario.

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Cuando era niña y venía de misa con mis padres, recuerdo haber visto a un grupo de hombres escarbando dentro de las bolsas de basura afuera de la casa. Estaba un poco asustada e impresionada: “¿qué era lo que ellos buscaban con sus manos desnudas, sin guantes, dentro de los desechos?” No pregunté nada. Con el paso de los años, esa intriga aumentó. Entendí que eran recicladores de basura. O bueno, no debo decir “entendí” porque fue hasta hace poco, cuando decidí acompañar a un grupo de recicladores bogotanos en su recorrido nocturno, que realmente comprendí lo que ese oficio implica.


Calle 127. 9:30 p. m.


Era mitad de marzo, época de lluvia. Esperaba al frente de la Clínica Reina Sofía cuando en dos zorros, con cartones que llegaban hasta cuatro metros de altura, llegaron Wendy Sánchez, Liliana Calderón y Alejandro Arcos, quienes, al igual que 22.000 personas más, según cifras del Ministerio de Vivienda, son recicladores de oficio. Aquella noche, acompañada de un viento frío que penetraba nuestros sacos de algodón y de una suave llovizna que humedecía las calles de la ciudad, estaba apenas iniciando.


“Bueno, hágale y subimos el zorro”, dijo Wendy, una joven de 21 años, aproximadamente 1 metro 55 centímetros de altura y piel morena.


Entre Wendy, Alejandro y yo, empujamos la carretilla de Sánchez por el puente de la calle 127 para atravesar la Autopista Norte. Liliana (de 19 años, ojos almendrados color miel y pestañas largas) se quedó cuidando el otro zorro, ya que, según contaron ellos, de vez en cuando hay ladrones o indigentes que intentan robarlos. El joven, esposo de Liliana desde hace año y medio, de 26 años, sonriente y cuerpo chico (no tan chico como creía), se ubicó delante y, mientras halaba de las dos manijas de madera, nosotras corríamos detrás, empujando. Es similar a la acción de impulsar un carro varado.


Wendy, madre de una niña de 3 años, se adelantó con su carretilla y empezó a bajar el puente. Nosotros repetimos la misma tarea, pero esta vez con el zorro de la pareja: Alejandro haló y Liliana y yo, empujamos. La lluvia empezó a caer más fuerte, entonces nos detuvimos. Cubrimos el zorro con un plástico para que los materiales no se mojaran, pues algunos de los compradores no los reciben si están húmedos. Ambos, sabiendo cómo era el clima en este mes, llevaban impermeables. Liliana me intentó compartir el de ella, pero era imposible, así que seguimos empujando hasta que nos logramos cubrir del agua.


Me impresionó su energía a tales horas de la noche, pues llevaban trabajando, sin descanso alguno, por más de 6 horas. Aquel día, como de costumbre, Wendy salió de su casa, ubicada en la localidad de Kennedy, al sur de la capital, al medio día. Después de 55 minutos de recorrer la ciudad en SITP, la joven llegó a la bodega ‘Papeles el Norte’ en Ciudad Jardín (calle 129 con carrera 54), en donde recogió el zorro para ir en busca de materiales reciclables por la carrera 19 hasta la rotonda de la calle 100.


Al igual que Sánchez, la pareja de casados, quienes se conocieron en Granada, Cundinamarca (tierra natal de los dos), inició su día de trabajo a las 2 de la tarde cuando llegó a la misma bodega, en donde estaba Wendy, a recoger su carretilla (fue en aquel lugar donde los tres jóvenes se hicieron amigos). Liliana y Alejandro, quienes viven en Soacha, un municipio al sur oeste de Bogotá, hicieron su recorrido en compañía de Wendy, deteniéndose en cada esquina donde encontraron bolsas de basura.


“Uno abre la bolsa y saca botellas, bolsas de plástico, cartón, cobre… lo que sirve para que se recicle”, contó Liliana, quien ayuda a su esposo eventualmente en el trabajo, pues es madre de dos menores de 2 y 4 años.


Bajo el puente (calle 127 con Autopsita Norte). 10:30 p. m.


Cuando llegamos, había 10 recicladores más con sus zorros seleccionando el material recogido durante la tarde. Uno de ellos era Humberto Arango, un hombre de 47 años-reciclador desde hace 17-, con el ojo izquierdo de vidrio y cuerpo delgado. Afirmó que antes era maestro de obra, pero se aburrió porque, según él, la gente “era muy jodida y quería todo regalado”. Un amigo, que era reciclador, le dijo que se fuera para el norte de la ciudad a vender materiales y así fue; ahora trabaja tres días a la semana: lunes, miércoles y viernes.


Los jóvenes empezaron a desocupar sus carretillas; botellas de jugo del Valle, papel periódico, cajas de cartón de televisores y cereales fueron solo algunos de los materiales que habían recolectado horas atrás. Abrieron varias bolsas plásticas negras, en cada una de esas iba un material: plástico, cartón, vidrio, entre otros. Los recicladores pueden tardar hasta 5 horas en clasificar los materiales, todo depende de lo que hayan recogido.


“Lo duro es lo de la comida”, dijo Alejandro, quien trabaja de lunes a sábado, desde hace tres meses. Un tío (que lleva 27 años en el oficio) le dio la idea de este trabajo después de que lo despidieran como mesero en un restaurante de la ciudad.


Al contrario de Alejandro y Liliana, Wendy desde siempre ha estado vinculada al reciclaje como profesión, pues viene de su familia; sus padres y abuelos fueron recicladores. “De hecho, me traían de pequeña para que los acompañara, pero pues yo estudiaba. Cuando terminé el colegio, hace 5 años, me puse juiciosa con este trabajo”, aseguró la joven, quien sonrió a pesar del frío que hacía en Bogotá.


Según la Alcaldía Mayor de Bogotá, en la ciudad existen 9.104 recicladores carnetizados, es decir que el 59% restante son recicladores independientes, como aquellos con los que me encontraba debajo del puente. Según contaron, ellos mismos se distribuyen las zonas, no tienen cooperativa ni hacen parte de alguna asociación. Trabajan bajo la libre competencia, lo cual significa, de acuerdo con el artículo titulado ‘Recicladores bogotanos nos contaron por qué protestaron contra Peñalosa’ en el portal ¡Pacifista!, “que no cuentan con prestaciones, ni con posibilidad de jubilarse o alguna garantía laboral”. Intrigada, les pregunté por toda esa información que salía en las noticias acerca del apoyo a los recicladores en la ciudad. “Eso es mentira. En las noticias hay muchas mentiras”, afirmó Wendy un poco molesta.

Ya habían pasado más de dos horas y ellos continuaban ordenando los materiales. A pesar de que la lluvia aumentaba y las calles de Bogotá se iban desocupando, no parecían tenerle miedo a nada. “Vea”, dijo Humberto mientras señalaba a dos policías que iban en una moto pasando frente a nosotros, “ellos son los que nos cuidan”. Las jóvenes contaron lo mismo. Según ellas, la mayoría de los policías no solo está pendiente, sino que también los apoya y, a veces, los acompaña durante el recorrido.


Mientras conversaba con otro grupo de recicladores, noté que todos fueron haciendo silencio. Me di la vuelta y vi a un hombre, de aproximadamente 30 años, con la cara y manos un poco sucias y el pelo bastante enredado: era un habitante de calle. Él balbuceaba mientras chupaba algo de su dedo pulgar. Se acercó a cada zorro y miró por encima. Nadie decía nada. De repente, Humberto dijo: “¿Qué pasó, mano?” y se lo quedó mirando. Sentí miedo, todos estaban quietos como estatuas. Los ojos del hombre se dirigieron hacia el piso y se fue del lugar. En ese momento confirmé aquello que había escuchado sobre los recicladores: ellos se cuidan entre sí.


Me dirigí hacia el hombre que había sido el héroe momentos atrás. Dijo que no había que tenerle miedo a nadie. Después, sacó un pedazo de cartón sucio (con algo que parecía ser comida) de su carretilla. Humberto expresó que ese era el problema que afectaba a los recicladores: los ciudadanos no sabemos diferenciar la basura de los materiales, todo lo metemos en una sola bolsa y, así, es casi imposible reciclar.  En las bolsas negras (las que se llevan los camiones de basura) deben ir los residuos de alimentos, mientras que en las blancas, los papeles, vidrios, plásticos y demás materiales aprovechables. “Yo voy a abrir una bolsa blanca y encuentro papel blanco, pero de baño”, contó Humberto, quien empezó a trabajar a las 3 de la tarde buscando entre la basura del Centro Comercial Unicentro materiales reciclables. Este mismo inconformismo lo expresaron Wendy, Liliana y Alejandro.


“Si quiere, mamita, venga con nosotros”, me propuso Humberto. Hacía referencia al ir a la bodega en Ciudad Jardín para ir a vender sus materiales. Ya era de madrugada, estaba cansada y agotada. Sin embargo, ellos lucían más despiertos que nunca… hacían chistes y se reían.


Ciudad Jardín Norte. 3:00 a. m.


Después de caminar 40 minutos a 5 grados centígrados, llegamos a la bodega en donde los recicladores venden sus materiales. Aproximadamente 35 personas había aquella noche. La paga es por peso. En un día bueno, pueden ganar entre 100,000 y 150,000 pesos, mientras que en un día malo entre 70,000 y 80,000 pesos.


Alejandro afirmó que este es un trabajo rentable a pesar de que la ciudad es complicada. Los carros, según contó, son los que más se fastidian al verlos trabajar. “Nos gritan y nos insultan…es por eso de las clases sociales”, dijo el joven, quien le saca provecho a cualquier tiempo de sobra que tiene para acostarse encima del cartón o de cualquier material que encuentre y dormir un rato.


De acuerdo con un artículo de El Tiempo, Bogotá genera, a diario, 6.300 toneladas de desechos. Sin embargo, solo el 15% de estos son reciclados (a pesar de que se pudiera aprovechar hasta el 70%). Personas como Wendy, Alejandro o Humberto son solo algunos de los recicladores que ayudan con esta causa y, además, viven de esto. El vender materiales reciclables es su única fuente de ingresos.


Avenida Suba. 5:50 a. m.


Después de vender sus materiales, nos dirigimos hacia un paradero de SITP en la calle 128. Mientras esperábamos al E17, me di cuenta de que estaban felices; había sido una buena jornada. Para ellos, el día estaba llegando a su fin. “Llego antes de que entre mi hija al jardín, la saludo y me acuesto un ratico a dormir”, expresó Alejandro mientras sonreía.


Llegó el bus y les dije adiós. Adiós a aquellos que cargan con una mala reputación por buscar entre lo que para nosotros no es más que basura, su sustento diario. Adiós a aquellos que soportan las granizadas extremas y el calor infernal en Bogotá para darle algo de comer a sus familias. Adiós a aquellos superhéroes nocturnos que limpian nuestra ciudad sin que si quiera lo notemos…

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