Reclusas en Bucaramanga, tejiendo la primera oportunidad que nunca han tenido

María José Montoya, Comunicación Social y Periodismo

Para el 58,6% de las mujeres privadas de la libertad, la motivación más frecuente para cometer un delito relacionado con drogas es garantizar el sustento de sus hogares, según ONU.

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Reclusas en Bucaramanga, tejiendo la primera oportunidad que nunca han tenido
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Reclusas de la cárcel de Bucaramanga El Buen Pastor, en el taller de manualidades. Cortesía de Alejandra García, diseñadora de moda, fundadora de ANHCO

“Es como un cementerio de vivos, es un lugar en donde nadie se acuerda de usted, nadie”, afirma Nelly Liseth Sierra Chona, una mujer de 34 años. Sus ojos son oscuros, es de estatura media, cabello rubio y acento santandereano, que se caracteriza por su fuerte entonación. Es madre de Jesús Javier Martínez Sierra y Daniel Esteban Martínez Sierra, de 13 y 12 años respectivamente. Una familia pequeñita, pero llena de mucho amor, que reside en la ciudad de Bucaramanga, en el barrio San Miguel.


Nelly Liseth buscaba la forma de sacar a sus hijos adelante; trabajaba en la central de abastos  empacando alimentos, pero el no tener una profesión, o algún aprendizaje adquirido que le facilitara obtener un sustento económico, era su gran obstáculo.


Era el 27 de noviembre del 2017, el día en que la vida de Nelly Liseth cambiaría por completo, tras una decisión mal tomada y que la llevó a terminar presa. Un lugar oscuro y húmedo, gracias al calor del ambiente, con un olor sofocante y apestoso, del cual no se puede escapar por las cuatro paredes que lo encierran. En ese lugar es donde  toda persona visitante  degusta lo insípido y amargo de la vida, de la soledad y el olvido. Además, de ser el sitio donde la voz de estas mujeres es silenciada, por cuenta de no haber tenido la oportunidad de un buen trabajo.


“Yo estaba durmiendo con mis hijos, cuando escuché que tocaron la puerta. Uno de mis hijos abrió, de inmediato entraron policías de la DIJIN y me apuntaron con el arma. Me dijeron que tenían orden de allanamiento y me detendrían por tráfico de estupefacientes”, recuerda Nelly Liseth por medio de una videollamada de zoom.


Cuando se entra al patio de la cárcel el ruido y los gritos aturden, siendo esta la cordial bienvenida a la nueva integrante. La incomodidad, la rabia, la tristeza y el miedo hacen presencia de inmediato. Al día siguiente Nelly Liseth se despertó asustada, por culpa del fuerte estruendo de la alarma. En ese momento recordó que no estaba en su hogar, estaba en una celda fría, los gritos constantemente se oían y la soledad se hacía notar cada vez más. Con la falta de compañía de sus hijos y el constante encierro que la rodeaba, empezaba a ser víctima de su propio silencio, ese mismo silencio que atrapaba a más mujeres como Nelly Liseth.


El 75% de las mujeres en centros de reclusión por delitos relacionados con drogas habita en barrios de estrato uno y dos, y un 8% adicional vive en barrios de invasión no regularizados o es habitante de calle. La motivación más frecuente para cometer un delito relacionado con drogas, es el no tener cómo solventar las necesidades del hogar para el 58,6% de las mujeres privadas de la libertad. Un 13,3% lo hace porque quiere obtener dinero y el restante por otras motivaciones,  según cifras de las Naciones Unidas, en Colombia.


La cárcel El Buen Pastor de Bucaramanga tiene diferentes espacios. Cuenta con biblioteca, casino y panadería, además de las divisiones que separan a las diferentes reclusas. El patio A es el lugar donde se encuentran las reclusas que han sido condenadas, que fue a donde pasó Nelly Liseth luego de esperar 2 años para poder tener claridad del tiempo de condena que debía cumplir. También está el patio B, donde se encuentran todas las mujeres embarazadas, madres lactantes y funcionarias públicas. Por último, está el patio C donde se encuentran las mujeres sindicadas, pero aunque cuenta con diferentes espacios la cárcel a la fecha del 7 de octubre del 2020 cuenta con 286 reclusas, cifra que sobrepasa la capacidad que ésta tiene de 247 mujeres recluidas, por esta razón hay mucho hacinamiento. Miles de vidas que se encuentran en un mismo lugar, que tienen en común un mismo objetivo: estar en libertad, dejar a un lado la soledad y abandono que se vive día a día.


Nelly Liseth estuvo 2 años y medio en el centro de reclusión. Los primeros días, muy a las 5 de la mañana el fuerte estruendo de la alarma la despertó. En una celda con 45 personas a su alrededor, un lugar frío que hacía las horas eternas de cada día. Con poca ropa, una hora después debía ser llevada al patio con todas las demás reclusas. Nelly Liseth sufrió encarcelada fuertes dolores en los riñones a lo largo de tres meses, por causa de cálculos, que debían ser retirados en una cirugía. Esta nunca se llevó a cabo porque la autoridades la capturaron.


Pasaba el tiempo y no recibía solución para sus constantes dolores. Pedía que la trasladaran al médico pero no recibía respuesta. Gracias a esto, tuvo que tomar medidas drásticas y empezó a cortarse los brazos para que así la tuvieran que llevar al hospital. Luego de varias oportunidades y algunas heridas ocasionadas intencionalmente logró su objetivo y estuvo 15 días hospitalizada, la estaba matando una infección que de no ser por su ingenio estaría en el centro de reclusión con la indicación médica que le recetaba tomar acetaminofén.


Cuando se está recién llegado a la cárcel se debe permanecer diariamente  en el patio por 3 meses. Al cumplir este tiempo, se da la posibilidad de empezar a estudiar; gracias a esto, Nelly Liseth hizo cuarto y quinto grado. Luego de haber estudiado por 1 año, ya tenía la posibilidad de empezar a trabajar en los talleres. Para poder hacer parte de estos, primero se hace el conteo de las reclusas que quieren participar, se les pregunta qué quieren hacer, y seguido de esto empiezan trabajando 8 a 10 mujeres, dependiendo del taller elegido. Pero al final terminan quedando solo 2 o 3, porque no les gusta.


Aunque es una gran oportunidad de no solo mantenerse ocupada y despejar un poco la mente del encierro, la culpa y la desesperación que se vive, algunas mujeres prefieren quedarse sin trabajar y pasar los días en el patio, lo único que llega a ser una motivación es la recompensa que pueden tener, gracias a las labores que desempeñan.


Uno de los beneficios que obtienen las reclusas al trabajar en los talleres y estudiar es la redención de la condena que se les impuso, dependiendo de las horas que trabajen y qye hayan tenido una conducta buena y limpia.

Reclusas en Bucaramanga, tejiendo la primera oportunidad que nunca han tenido
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Reclusas de la cárcel de Bucaramanga El Buen Pastor, en el taller de manualidades. Cortesía de Alejandra García, diseñadora de moda, fundadora de ANHCO

El taller de manualidades fue el elegido por Nelly Liseth, este es dirigido por la Fundación ANHCO, creada por Alejandra García, diseñadora colombiana de modas y su hija Valentina Prieto, quien estudió Fashion Marketing y Comunicación. Ellas toda su vida han trabajado haciendo labor social. Se hizo la unión de las dos cosas que más aman, la moda y la labor social. Fue así como nació ANHCO. Alejandra es quien le enseña a las reclusas a diseñar, a hacer moda de lujo por medio del arte manual. En este espacio las reclusas aprenden a hacer manillas, mochilas, sombreros, diademas, como también estampación, bordado y pintura en tela. Las reclusas pueden escoger el tema que les apasione y a partir de esto recibir una entrada económica dentro de la penitenciaría. El proceso de diseño de las mochilas empieza con la compra de estas a las indígenas Wayuú, es decir ya vienen prefabricadas. Luego son trasladadas a Bucaramanga donde pasan por el proceso de creación y capacitación que desempeñan las reclusas. Se hace el bordado en canutillo que dura 25 días y finalmente van hacia la parte de comercialización en Colombia.


Todas quieren entrar a trabajar para poder pasar al taller de fantasías, en donde hay que pulir con acero, para obtener como resultado llaveros, adornos, prendedores o hebillas para las correas. La razón por la que las reclusas quieren trabajar en ese lugar, es porque ganan mucho dinero a pesar de estar privadas de la libertad, llegan a ganar 500 mil pesos colombianos. Por eso, en los talleres antes de pasar a fantasías no se ve mucho entusiasmo, ni ganas de aprender, solo se trabaja por el pago.


Cuando a Nelly Liseth le dieron la posibilidad de pasar al taller de fantasías ella decidió quedarse en el taller de manualidades, lugar donde permaneció hasta que salió en libertad. En ese taller ocurría toda la magia, se hacía el diseño de las diademas, que se demoran 2 días en terminar, como también, manillas de mostacilla y miyuki. Estas son pequeñas piedras, de múltiples colores, que se caracterizan por el gran acabado que dan gracias a su simetría. Además, a ella le encantaba pintar en tela, de esta forma obtenía pago en la cárcel por medio de las tarjetas de minuto, 3 tarjetas de 5 mil, o 7 de 5 mil eran algunos de los precios en que vendía sus obras de arte en tela y así podía comunicarse con sus hijos.


“A mí, el taller de fantasías, la verdad, no me gustaba. Yo quería aprender un arte, aprender a hacer algo”, expresa Nelly Liseth. Su amor por el arte de las manualidades empezó gracias a los conocimientos que adquirió, convirtiéndose en un gusto tan fuerte, que nada le parecía difícil. La conducta de Nelly Liseth no era la más ejemplar, por esa razón no recibía redención en su condena gracias a su participación en el taller, cosa a la que le daba muy poca importancia, gracias a sus ganas de aprender.


“Las mujeres que están privadas de la libertad, una vez entran al centro de reclusión pierden la esperanza, la fe, se pierden los sueños y la visión de un mejor futuro. Por falta de empleo, educación, por no encontrar otra salida, por tener una mente cerrada, una mentalidad acorde a las vivencias que han tenido en el transcurso de su vida”, menciona Alejandra García, fundadora de la Fundación ANHCO.


El día a día de Nelly Liseth cambió por completo. Con mucho entusiasmo y motivación empieza sus días con el diseño de las manillas en mano dibujados en un cuaderno. Prende su tablet y le sube el volumen a la música. Preferiblemente de género urbano, empieza a tejer los 11 hilos que hacen las manillas y pasando con mucho cuidado la mostacilla o el miyuki se pasa por medio de estos la aguja, que es la que ayuda a mantener firme y a darle forma a las hermosas manillas que diseña.


“Me enseñó a superarme, yo era una persona con otra mentalidad. Hay personas que se dañan la vida por no tener una oportunidad o algo así”, afirma Nelly Liseth, quien ahora se encuentra en libertad, con el gran privilegio de poder trabajar gracias al diseño manual, luego de salir de la penitenciaría Liseth continúa trabajando con ANHCO, la fundación le ayuda con el envío de los materiales, para que de esta manera siga con su labor y pueda obtener un sustento económico para ayudar a su familia.


Esta no es solo la historia de Nelly Liseth, quizá es la historia de miles de mujeres que piensan que no tienen oportunidad de una vida mejor, porque realmente nunca la han tenido. Esta es una de las voces mudas de las reclusas que están en Colombia.