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Si hubiese conocido a don Guillermo

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Sara María Malaver Rodríguez 

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Hace un mes el Estado asumió y reconoció la culpa de la muerte de uno de los periodistas más intrépidos de este país, a quien deberíamos recordar hoy más que nunca en tiempos de crisis para el oficio. 

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El 17 de diciembre de 1986 moría en la clínica de Cajanal, en Bogotá, Guillermo Cano Isaza, tal vez el periodista que más le puso la lupa a la mafia colombiana de los años 80. Don Guillermo engrandeció el periodismo, defendió la esencia de este oficio, luchó junto con su máquina de escribir para narrar las injusticias y se convirtió en la conciencia de este país, diciendo lo que todo el mundo sabía, pero nadie quería escuchar.


Si hubiese conocido a don Guillermo, no bastaría con pedirle consejos para un periodismo que en los últimos años ha estado en crisis; en el que proliferan noticias falsas y por exponer los hechos sin una investigación minuciosa; en el que la veracidad y precisión están en juego y muchas veces la ética al narcotráfico, al poder, a la muerte.


Era imposible creer que, en una época donde reinaban los muertos y la impunidad, alguien detrás de un escritorio desenmascarara lo que asechaba a este país, los tentáculos tenebrosos del narco que se adentraban en lo más profundo de nuestra democracia. Guillermo lo hizo: atacó sin vergüenza a un hombre, en ese entonces desconocido por la opinión pública, que fingía ser el más honorable senador. Pablo Escobar se encontró en su camino a un hombre sin censura, con pruebas, con palabra, con una ardua investigación que lo llevó a ser expuesto por Cano en primera plana de El Espectador.


Si hubiese conocido a don Guillermo, sin duda le habría preguntado por la polarización y el sensacionalismo que asechan fuertemente a este oficio que algún día anhelamos ejercer los estudiantes.


Guillermo se caracterizaba por su independencia, como lo recuerdan sus colegas. Algunos de los profesionales que estuvieron bajo su dirección han recordado que muy pocas veces pretendía imponerle su criterio al reportero, al comentarista o a la editorial. De seguro don Guillermo Cano daría la respuesta perfecta para estos tiempos de sesgos e ideologías extremas. Bien dijo Oscar Alarcón, periodista y allegado de Guillermo, que lo fundamental para su jefe era ofrecer la mayor cantidad de elementos posibles para que el lector pudiera formar su criterio. Esto es lo que tanto necesita este país, y no solo en el periodismo, en nuestra vida en general.


Si hubiese conocido a don Guillermo, le habría preguntado en qué parte del alma de un comunicador social se encuentra la valentía y la osadía que él tuvo para asumir con un poco más de 25 años la dirección del diario más importante del país en los años 50. Como lo dijo alguna vez su buen amigo Gabriel García Márquez: “La experiencia más dura de su vida debió ser la de verse de la noche a la mañana, sin escalones intermedios, de estudiante primíparo a maestro mayor”. Claro que era maestro. Sus colegas así lo definen. Dejó un ejemplo de entereza. Y nosotros, como estudiantes y pronto profesionales, sin lugar a duda deberíamos aplicarlo.


Un claro ejemplo fue el enfrentamiento entre El Espectador y el Grupo Grancolombiano, el principal grupo financiero del país en ese entonces. El diario se convirtió en su principal crítico y, con Cano a la cabeza, pusieron al descubierto una serie de irregularidades de este imperio económico. Efectos de esto fue la retirada de las pautas publicitarias con el periódico a lo que Guillermo Cano respondió en el editorial del 4 de abril de 1982: “No vendemos, no hipotecamos, no cedemos nuestra conciencia ni nuestra dignidad a cambio de un puñado de billetes. Eso no está dentro de nuestros presupuestos”.


Si hubiese conocido a don Guillermo, no hubiese dudado en abrazarlo. En momentos de crisis, la humanidad del informador, cronista, columnista e incluso reportero se pierde y la empatía se vuelve ajena. Cuando se tiene la oportunidad de entrevistar a colegas, amigos e incluso familiares, suele escucharse del ser tan cálido y apasionado que era, no solo por él, sino por su amado equipo Santa Fe, del que vivía enamorado. Su sensibilidad, prudencia y sencillez para dar órdenes, como lo mencionó también Gabo. Su criterio y rectitud para dar la noticia lo convertían en un faro.


Después de 38 años de silencio e impunidad, el gobierno colombiano por fin hizo frente al dolor de doña Ana María Busquets, esposa de don Guillermo, y de sus hijos. El Estado le falló a todos, desconoció su deber de investigar y sentenciar a los responsables, y después de tres décadas alguien se acordó de reconocer y asumir la culpa de su muerte.

Guillermo Cano debería ser la guía y la batuta para todos los que elegimos ejercer este oficio.


Gracias, don Guillermo.

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