Un mundo no tan diferente

Óscar Eduardo Olaya Bello, Comunicación Social y Periodismo

Cada 24 de junio, en cientos de pueblos y comunidades indígenas de la zona del antiguo imperio Inca, los habitantes se reúnen con un solo propósito: llevar a cabo el Inti Raimy o Fiesta del Sol.

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Cada 24 de junio, en cientos de pueblos y comunidades indígenas de la zona del antiguo imperio Inca, los habitantes se reúnen con un solo propósito: llevar a cabo el Inti Raimy o Fiesta del Sol. La más importante de las tradiciones incas aún existentes se ha convertido en un atractivo turístico para nacionales y extranjeros, en la que, además de mantener el rito y celebrar en honor de Inti o el dios Sol, integra a todas las personas de cada comunidad sin importar si son nativos o no.

Esta prominente y majestuosa celebración se lleva a cabo en el solsticio de invierno, el momento del año en que el Sol alcanza su mayor altura en el cielo. En esta época, el Sol se aleja y, por consiguiente, el frío aumenta. Los incas le pedían al Sol que volviera por medio de desfiles, bailes, cantos y sacrificios, con los cuales daban testimonio al dios Inti de la total entrega de sus hijos, con sumisión y respeto.

El 24 de junio de 2016, las calles se iluminaron una vez más para rendir homenaje al dios Inti, a quien los antiguos incas consideraban su padre natural, por lo que a él obedecían su existencia y le realizaban bastantes ofrendas. Hablar de este acontecimiento en la actualidad implica reconocer sus tradiciones más arraigadas en los trajes verdes, dorados, naranjas, sangre toro, fucsia y rosados. Además, banquetes de lujo, música autóctona y representaciones históricas.


Emily Gudiño Piarpuzan es estudiante de Fisioterapia en la Universidad de La Sabana. Cursa tercer semestre y proviene del Resguardo Indígena De Pastas Aldana en el departamento de Nariño, al suroccidente de Colombia. Este municipio ha sido uno de los múltiples escenarios de nuestro país en los que se conmemora esta ceremonia. Emily todavía recuerda el 2016, año en que fue espectadora por última vez del Inti Raimy en compañía de su mamá y sus abuelos.

De los 7.000 habitantes del municipio, en esa ocasión asistieron más de 1.000. La representación inicia frente a una imitación del Coricancha, un templo inca ubicado en Cuzco, Perú.  Luego, una persona realiza una invocación al Sol y se da inicio al desfile por las principales calles del poblado. En él, los participantes personifican a los suyos. Este era el nombre que los incas destinaron para identificar las cuatro grandes divisiones del imperio. En las comparsas, los hombres se visten como sus antepasados, con una especie de poncho llamado onka que era tejido en lana de alpaca y encima de esta prenda usan una capa tejida que se llama yacolla. También, propio de las clases altas, los hombres utilizan un taparrabo entre las piernas, el cual significa la virilidad del portador y, claro, no podemos dejar de resaltar el uso de gran cantidad de accesorios como peines elaborados con espinas, orejeras y alfileres de cobre, plata y oro.

Luego, participantes y espectadores se reúnen en una plaza pública y finalizan el acto con presentaciones teatrales y danzas autóctonas de cada resguardo indígena. En el pasado más radical, finalizaban el rito con el sacrificio de una alpaca, pero hasta donde pudimos averiguar, esta tendencia desapareció hace varias décadas.


Esta tradición es de las pocas que han perdurado en el tiempo y que hace parte de lo que Emily Gudiño es como persona. Sus padres y abuelos nacieron en Aldana, Nariño, así que fueron inmediatamente registrados en este resguardo. Por el contrario, Emily nació en Ipiales y no fue inscrita en esa comunidad indígena, pero eso no ha sido un impedimento para que ella se siga considerando un miembro más de esa comunidad.


En enero de 2016, se trasladó a vivir a Chía para iniciar una faceta que revolucionó por completo su visión del mundo. Comenzó a estudiar Fisioterapia en la Universidad de La Sabana y, de esta forma, inició su adaptación en dicho municipio al norte de Bogotá, en el que vive desde primer semestre.


El idioma nunca fue un impedimento porque, según ella, es prácticamente el mismo. Pero lo que sí reconoce es que el acento es la principal diferencia. Todos hemos tenido un amigo que proviene del sur del país y pasa exactamente lo mismo con las personas de la Costa o de Antioquia, es fácil reconocer su acento porque simplemente es diferente, así que ella no pasa desapercibida en las clases ni en su casa de Chía.


Emily considera que su proceso de adaptación ha sido muy bueno a pesar de las dificultades. El resguardo indígena al cual pertenece no tiene costumbres tan alejadas de lo que hace la sociedad actual. Han tenido un proceso de aprendizaje del mundo y han adoptado muchas prácticas económicas; en la agricultura, por ejemplo, han implementado la utilización de tractores, químicos y fungicidas. Así que antes de la universidad, solo estaba un poco alejada del medio digital, algo que usualmente pasa en municipios tan pequeños y rurales como Aldana. Pero lo que sí tiene claro es que ella no es diferente simplemente por venir de una comunidad indígena, sino que sus costumbres son propias de la población del sur del país.


Algunas palabras tienen connotación diferente en el centro de Colombia, pero eso tampoco ha sido impedimento para ella.
Lo que muchos de nosotros no tenemos en cuenta es la soledad que acompaña a los estudiantes como Emily, ya que ella ha vivido sola por casi tres semestres. Estar lejos de su familia es frustrante para ella, pero tampoco considera que sea el fin del mundo. Emily ha tenido que aprender a hacer todo sola, a ser responsable y a levantarse sin ayuda.


Antes de finalizar este tercer semestre académico, planea abrirse más con la gente. Es tímida, pero no intencionalmente. Quiere centrase en el estudio y graduarse lo más pronto posible. Emily Gudiño Piarpuzan nos ayuda a querer más una sociedad en las diferencias no deben ser un impedimento, sino una oportunidad para aprender los unos de los otros y así, acabar con la injusticia social.

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