Voces inocentes

Karen Guzmán Rodríguez, Comunicación Social y Periodismo

Hagamos algo para proteger a nuestros niños. Mientras la Caperucita Roja es solo un cuento infantil, en Colombia, al menos 15.408 menores fueron violados por infames lobos feroces.

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15.408 casos de violaciones a menores de edad fueron registrados el año pasado. Y el drama no para. Niños abusados por sus profesores o engañados por sus propios familiares, son los sucesos más recientes presentados en el Meta y en Medellín; proxenetas, violadores que denigran la integridad de nuestros infantes y destruyen la vida de quienes son el futuro de nuestro país. Este es el reflejo de una sociedad enferma en la que los chiquitines son quienes terminan pagando las consecuencias de esta severa crisis social.


La infancia es la etapa fundamental para la formación de cada niño, es el momento en el que la inocencia y la pureza están a flor de piel. Un niño es como un capullo, frágil y delicado, que se debe cuidar. Lamentablemente, como decía Jean-Jacques Rousseau, “el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”, pero más que corromperlo, lo destruye. Un menor abusado sexualmente no vuelve a ser el mismo, su integridad ha sido destruida y no hay forma de repararla.

La escritora Zenaida Bacardi decía en uno de sus poemas que el niño es como un barro suave en el cual se puede grabar lo que quiera, pero esas marcas se quedan en la piel, esas cicatrices se marcan en el corazón y no se borran nunca. Entonces nosotros, ¿qué estamos grabando en nuestros infantes? ¿Dolor, violencia, crueldad? Porque el abuso sexual no solo se trata de la penetración sino, también, toda forma de toqueteo, exhibicionismo, masturbación, etc., que daña irremediablemente la dignidad, la libertad y la salud física y mental de los pequeños.

El abuso sexual infantil puede considerarse como un asesinato, porque termina afectando la parte física y psicológica de los menores. Es un asesinato silencioso que afecta todas las áreas de la personalidad, tanto así, que muchas de las víctimas contemplan el suicidio, se autolesionan o no encuentran una manera de continuar con su vida. Los recuerdos quedan impregnados en su mente. Niños que terminan siendo infelices, porque, como lo menciona el escritor Howard Lovecraft: “infeliz aquel al que los recuerdos de la infancia solo le traigan miedo y tristeza”.

Lo más lamentable es que no existe lugar seguro para los niños, pues sus posibles agresores pueden estar en cualquier lugar. No existe un prototipo para el agresor infantil, puede ser un total desconocido o la persona más cercana al pequeño, un “enmascarado”, y como decía, el filósofo latino, Séneca: “el peor enemigo es el que está encubierto”.


No podemos hacernos, entonces, los de la vista gorda ante estos desagradables sucesos. Depende de nosotros como país, como sociedad, como seres humanos tomar una acción frente a esto, porque quizá hoy le suceda a un pequeño lejano a usted, pero mañana puede ser su hijo, hermano o primo quien puede caer en las manos de algún miserable que se aprovecha de la inocencia de nuestros chiquillos.

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