Emoción y posverdad en el proceso electoral

Ana Sofía Rubiano Vásquez y Natalia Toscano Jaime, estudiantes de Comunicación Social y Periodismo

Es peligroso elegir al próximo Presidente a punta de emociones. ¿No es mejor que nos convenzan, con argumentos, de que sus propuestas son las que resolverán los problemas del país?

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Opinión

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Daniela Ortegón, estudiante de Comunicación Social y Periodismo

Las emociones están presentes en la mayoría de las decisiones que tomamos en nuestra vida diaria. Desde algo tan sencillo como tomarnos un café porque nos genera felicidad, hasta procesos más complejos como decidir el futuro de una nación votando por aquel candidato que más confianza nos produzca. A lo largo de la historia, los candidatos presidenciales han utilizado diversas estrategias para generar emoción en sus votantes. Por tal razón, demostraremos que, mediante la posverdad, las emociones influyen en la postura de los votantes de cara a las elecciones presidenciales en Colombia 2022.


“Todas las emociones son impulsos para actuar, planes instantáneos para enfrentarnos a la vida que la evolución nos ha inculcado. Impulsos arraigados que nos llevan a actuar”, dice Daniel Goleman, psicólogo experto en inteligencia emocional. Existen diversos tipos de emociones. Entre ellas, están las instrumentales, que buscan influir, o a veces manipular, con el propósito de obtener algo deseado.


La empatía, de otro lado, es la capacidad de ponerse en los zapatos del otro según lo que percibe de su entorno, por lo que es considerada como una forma de cognición social. Si bien esta no se cataloga como una emoción instrumental, es la piedra angular que permite la construcción de una escalera emocional, la cual se intensifica en la medida en que asciende. Junto a la empatía, la compasión nos lleva a tomar una decisión inclinada más por la emoción que por la razón y es fundamental en el ejercicio diario.


Hay quienes ven estimuladas sus emociones, en el contexto de elecciones, cuando aceptan que su voto sea comprado por 50.000 pesos o a cambio de un tamal. A otros les basta con leer un tweet, ver una valla publicitaria o escuchar un discurso político para que, inconscientemente, cambie su intención de voto.


Este proceso es conocido como posverdad, la cual, según Oxford, se produce cuando "los hechos objetivos tienen menos influencia en definir la opinión pública que los que apelan a la emoción y a las creencias personales". Esta es considerada como una falacia argumentativa que apela a la emoción, pues manipula los sentimientos para considerar un razonamiento como válido; por eso es común que se utilice como estrategia política en el proceso democrático. Es más, en un estudio reciente sobre los factores integrales del marketing político, se analizó que el 52% de los electores consideran que las estrategias utilizadas por los jefes de campaña para dirigirse a los adeptos son mediante propagandas, mientras que el 16% se inclinaron por las campañas electorales, encuestas y entrevistas. Esta cifra surgió debido a que la propaganda es considerada por los votantes como una manera de comunicación cuyo principal objetivo es influir en la actitud de la audiencia.


Es por eso que, “en el juego de la política, un argumento razonado no puede igualar a un poderoso mensaje simbólico”, como lo ve Drew Westen, psicoanalista estadounidense. Un claro ejemplo de esto fueron las elecciones del 2016, en las que, en Estados Unidos el candidato presidencial, Donald Trump, logró ganar las encuestas mediante la viralización de bulos en redes sociales y medios de comunicación. Él se encargó de derribar el sentimiento nacionalista al especular que Obama no era estadounidense y también que contaba con el apoyo del Papa Francisco, ganándose la simpatía de cierta población creyente en Estados Unidos. Aunque en este caso no se tomaron en cuenta argumentos objetivos para defender su campaña política, ganó las elecciones, pues se aferró a las emociones como forma de persuasión o incluso de manipulación. En su país, particularmente, se podría considerar que, “la exacerbación de emociones primarias ha beneficiado enormemente a los extremistas de Estados Unidos”, como lo analiza Ignacio Morgado, catedrático de Psicobiología del Instituto de Neurociencia en la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Barcelona.


Sin embargo, en el video “¿Qué puede más, la emoción o la razón?”, se plantea que la razón está en su capacidad para modificar nuestras emociones al permitirnos percibir la realidad de cierta forma. Es más, propone que las emociones surgen de un buen razonamiento, por lo que, siguiendo esta lógica, debería predominar la razón por encima de la emoción. En un contexto electoral como el que se aproxima, es peligroso permitir que nuestro voto vaya a cierto candidato que nos motiva una simple emoción; deberíamos elegir porque estamos convencidos, desde el raciocinio, de que es lo más conveniente.


Pero en la práctica no sucede así, pues el argumento más fuerte es el emocional. En Colombia lo vimos en las elecciones presidenciales de 1970, en las cuales se posicionó como ganador Misael Pastrana Borrero frente al general Gustavo Rojas Pinilla. Este suceso es recordado como un fraude electoral, en el que la prensa tuvo amplias implicaciones pues según Acuña (2014) difundió ideas y contradicciones, generando agitación electoral en defensa u oposición al gobierno. En medio de la estratégica campaña electoral se veían vallas publicitarias con eslóganes como: “Nosotras decidimos, Pastrana gana” y en los periódicos se mostraban caricaturas en las que de manera subliminal tildaban a Rojas Pinilla de manipulador, traidor y déspota. Estas apelaciones a la imagen personal del candidato contribuyeron a que el general perdiera las elecciones, sin tener en cuenta lo que realmente importa en una democracia: la solidez y congruencia de sus propuestas.


Pero esa no fue la única vez que vimos al discurso emocional tener parte en decisiones relevantes en Colombia. En 2016, cuando se celebró el plebiscito para la paz, ganó el “no” cuando se buscaba llegar a un acuerdo con las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia). Para entonces, predominaban mensajes de miedo, guerra y comunismo, lo que causaba un pánico moral entre la multitud (además de angustia e intranquilidad).


El contexto colombiano de hoy en día no es nada diferente. La mayoría de los candidatos a la Presidencia han utilizado estrategias desde la posverdad para llegar a los corazones de los votantes. Como ejemplo, en uno de los debates públicos, Ingrid Betancourt, sin ningún contexto, habló acerca del episodio de depresión que sufrió Gustavo Petro años atrás, poniendo en tela de juicio su capacidad laboral debido a su condición de salud mental. Aunque estuviera convocada a discutir propuestas de gobierno, apeló a los sentimientos de la audiencia como estrategia política, la cual, por lo visto, jugó en contra suya. El pasado 20 de mayo se retiró de la carrera presidencial dado que ocupaba las últimas posiciones en las encuestas.


Sin embargo, hay que decir que Petro no se quedó atrás. En sus redes sociales se muestra un mensaje que dice: “te quiero”. Al igual que el caso anterior, acude a los sentimientos y emociones que puede generar la muestra de afecto hacia las personas. Palabras lindas las dice cualquiera, pero pocos plantean y defienden propuestas fuertes.


Por último, podemos ver una estrategia política en las declaraciones del candidato Federico Gutiérrez en una entrevista con el diario El País, donde decía: “Colombia, si Petro ganara, que no debe ganar, podría llegar a tener elecciones en el futuro, pero como las de Venezuela y las de Nicaragua (…) Su discurso es de odio y lucha de clases. Yo represento todo lo contrario a lo que él representa”.


Esta declaración, al intentar impartir miedo, mediante la comparación entre otros gobiernos que se podrían considerar comunistas y con líderes que no ejercen adecuadamente la democracia, persuade a ciertos ciudadanos generando incertidumbre y angustia acerca del futuro del país.


De esta forma, la razón se ve relegada a un segundo lugar, al igual que las propuestas de los candidatos, lo que prioriza la emoción que generen sus discursos, ya sea miedo, esperanza, seguridad o incertidumbre.