Un líder social obligado a callar

Sara Viviana García Altamiranda, estudiante de Comunicación Social y Periodismo

Reinaldo Manjarrez Muñoz es un político que desde pequeño, sueña con erradicar la pobreza y la falta de oportunidades, pero es una tarea compleja.

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Perfil

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Cortesía: Reinaldo Manjarrez


Reinaldo en la Escuela de Gobierno: Reinaldo Manjarrez como vocero en un proyecto de Desarrollo Local y Paz liderado por la Escuela de Gobierno.

Casi nunca responde las llamadas. Los mensajes de WhatsApp los responde cada ocho horas. Siempre está ocupado. No atiende a desconocidos. Pero cuando creí que mi perfil periodístico estaba perdido me contestó. Nos vimos en su casa, ubicada en el barrio Fredonia de Cartagena de Indias. Me recibió bien vestido, la camiseta amarilla que tenía contrastaba muy bien con su piel morena. En su cuerpo se ven reflejadas horas de ejercicio, una tonificación casi perfecta como la de una escultura. En su muñeca destaca un reloj color dorado, con el que siempre aparece en las fotos de su Instagram. Antes de hacerle alguna pregunta miré el libro que permanecía en sus piernas.


—Es el único libro que conservé de filosofía, el resto los quemé en un saco cuando salí de la cárcel—me dijo concentrando su mirada en sus manos—. Lo hice porque creí que podría ser una forma de olvidar el lugar que me destruyó la vida, pero sé que nunca podré escapar de mis recuerdos.


Reinaldo Manjarrez Muñoz es el último hijo de 12 hermanos, nació en San Juan de Nepomuceno, uno de los municipios pintorescos de los Montes de María, al norte del departamento de Bolívar. Creció en una humilde familia campesina, de allí su gusto por cultivar ñame, yuca y papa. En 1979 decidieron irse a la ciudad costera, para conseguir una mejor calidad de vida, pero lo cierto es que la situación era igual o más difícil de la que vivían en su lugar de origen. A partir de esta situación, “Rey”, como su familia le dice de cariño, empezó a sensibilizarse por el pueblo y se planteó un propósito: enseñarle a la gente que otro mundo sí es posible.


Cuando salió del colegio quiso ser sacerdote, por lo que hizo un seminario de noviciado en la Universidad Bolivariana de Medellín cuando tenía 18 años, pero se arrepintió porque no se sentía cómodo con las limitaciones que le imponía el convento. Así que decidió estudiar Filosofía con énfasis en política en la Universidad de Cartagena, desde allí se empezaron a crear las bases de su carrera como gestor de proyectos sociales y defensor de los derechos humanos. Inició siendo concejero del Concejo Distrital de Juventudes desde 1997 a 2001, luego aspiró para ser presidente de la junta de acción comunal de su barrio, decisión que le costó la libertad.


Reinaldo quería mejorar la vida de sus vecinos, luchó contra la falta de servicios básicos que sufría el barrio. Su inconformidad se hizo tan evidente que lo perfilaron como supuesto guerrillero. Para ese entonces en Colombia se ordenaron unas capturas masivas, por parte del entonces presidente Álvaro Uribe Vélez y el fiscal Camilo Osorio, con el fin de retener a los líderes sociales que estuvieran vinculados con grupos al margen de la ley. El 2 de agosto de 2002, en una redada que hicieron en la ciudad de Cartagena, apresaron a Reinaldo Manjarrez en la terraza de su casa mientras compartía un tinto con su mamá. Fueron unos minutos devastadores: sus padres lloraban, los vecinos rodearon la casa para saber qué estaba ocurriendo. La policía festejaba por la captura de un supuesto guerrillero. El barrio quedó en silencio.


Delia Muñoz, madre del excarcelario, contó que en realidad estaban buscando a una persona conocida como alias ‘El rey’ y lo confundieron con su hijo. Manjarrez fue acusado de ser el jefe de las milicias del departamento de Bolívar del frente 37 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Lo apresaron durante 4 meses, 120 días y 2.920 horas en la cárcel de Ternera, lugar donde son comunes los incendios, las complicaciones de salud, el colapso de los alcantarillados y las extorsiones.


—Yo me cuestionaba el porqué estaba allí. Creía que el infierno solo existía en las historias de Dante Alighieri, pero lo viví –hablaba con la voz entrecortada—. Fue injusto para mí y para mi familia el hecho de que me castigaran por buscar un cambio para las personas más necesitadas.


Todos los domingos sus amigos y familia lo iban a visitar a la cárcel, siempre le recitaban versículos bíblicos para aumentar su fe. “Era muy duro ver a ‘Rey’, siempre empezaba a llorar cuando nos veía. Yo le decía que iba a salir de esa, porque contra la verdad nadie puede discutir”, comentó Ezequiel Buelvas, amigo de la infancia de Reinaldo. Cuando todo parecía perdido, apareció un ángel vestido de traje, el Dr. Ricardo Morales, abogado penalista, quien comenzó a llevar el proceso sin ningún costo, solo a cambio de dos gallinas que le regaló la señora Delia.


—¿Por qué decidió llevar el caso?—le pregunté con insistencia.

—Una amiga de la cárcel me comentó las penurias que estaba pasando el pobre Reinaldito —respondió el Dr. Morales con ternura—. Yo empecé a estudiar su caso y me di cuenta de que había muchas inconsistencias en los documentos brindados por la Fiscalía. A él lo fastidiaron por pura persecución política.


Pasados los 4 meses le dieron libertad condicional. Durante ese tiempo trabajó de la mano con las Naciones Unidas en un proyecto de Desarrollo Local y Paz. En 2005, mientras estaba en dicho proyecto lo volvieron a capturar durante 6 meses para hacerle el juicio y el juez cuarto penal del circuito lo declaró inocente por falta de pruebas, de acuerdo con la sentencia C-047/06. Tuvo que huir a Ecuador por una serie de amenazas que estaba recibiendo; se fue con su exesposa y con su hija Angeli Aluna. Allí comenzó una nueva vida alejada de temas políticos; sin embargo, recibió una llamada de Judith Pinedo, exalcaldesa de Cartagena, ofreciéndole un puesto en la Alcaldía Menor de la localidad Virgen y Turística. Él aceptó.


El líder, amante de Marx y Foucault, volvió a Cartagena para desempeñarse como alcalde menor desde 2008 a 2012. Su esposa muchas veces le dijo que lo mejor era no regresar para preservar la tranquilidad de su familia, pero él insistía en continuar con las labores sociales que había comenzado en su comunidad. El día de su llegada, la madre celebró con un sancocho y una parranda vallenata para que se sintiera otra vez en casa.


—Cuando vi a ‘Rey’ sentí una alegría enorme, creí que ya se iba a jubilar en otro lado. Lamentablemente muchos vecinos no compartieron mi emoción, pero para mí él siempre fue y será la voz de nuestros clamores— comenta Liner Campo, habitante del barrio Fredonia.


Durante el período de su mandato ayudó a minimizar varios problemas ambientales y de inseguridad. Tiempo después aspiró a la Alcaldía Mayor y al Concejo para seguir impactando positivamente a la ciudad, pero ambos intentos fueron fallidos, esto lo desmotivó porque creyó que, a pesar de haberse corroborado su inocencia, se le seguía tildando de guerrillero.


Ahora no quiere aspirar a más candidaturas por elección popular porque se siente cansado. Sin embargo, quiere seguir trabajando por su gente porque siente que su labor aún no está finalizada. “Un líder mira pa’ adelante, porque pa’ atrás asusta”, manifiesta mientras alista sus cosas para asistir a una reunión. El hombre que ayuda a todos sin esperar nada a cambio sigue mostrando su firmeza, aunque la cárcel le haya arrebatado demasiadas metas.