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Ricardo Rosales salió del colegio para entrar al campo de juego

Ambar Vanessa Cantor Díaz

De jugar como portero en las canchas de su colegio, para no lesionarse, pasó a jugar como lateral derecho en Millonarios FC y tiene contrato hasta 2024.

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Ambar Vanessa Cantor Díaz

Hay carteles con frases e ilustraciones animando al equipo pegados en las mallas de la cancha; la hinchada está a la espera de ver a sus ídolos. No importa el clima ni la hora, ellos esperan pacientemente bajo la lluvia. La gente quiere ingresar al plantel donde entrena el equipo profesional. Se molestan un poco al ver que 'Chiquillo', después de realizar su ronda habitual, abre el portón azul gigante y me da paso. El hombre risueño de 1,81cm y de tez morena lleva puesto el uniforme del club y me saluda relajado. Después de dos intentos, ’”Richi’” me concede unos minutos para hablar.

—“Juegue como si no hubiera nadie, juegue como usted lo hace en su cuadra, sin timidez, sin miedo” —, le dijo Nixón Pachecho, más conocido como 'Chespi', el utilero del equipo, a ’” Richi’”. Domingo 18 de abril de 2021, después de la oración, la música es su ritual en el camerino antes de un partido, la música lo motiva, lo llena de energía, calma sus nervios y su ansiedad. En la cancha del Estadio El Campín, de Bogotá, a Ricardo lo inundó un mar de emociones y se dejó ganar de la angustia por un momento. Su corazón latía con fuerza, sus manos sudaban y, por unos segundos, se perdió en sus pensamientos. Fueron tantas las sensaciones que corrían por su cuerpo que se le olvidó recibir el balón; fue un instante donde se sintió en otro mundo, el mundo al que él pertenece.

Ricardo Enrique Rosales Martínez nació el 31 de enero de 2001 en Alto Bosque, Cartagena. En el 2017, entró a estudiar en el Colegio Distrital Prado Veraniego, ubicado en Suba, en la ciudad de Bogotá. Llevar el estudio junto con el fútbol no fue solo difícil, se convirtió en una crisis. Con dos entrenamientos diarios y los deberes académicos, el tiempo no le daba para alimentarse y descansar adecuadamente. Un colegio pequeño de la localidad, pero para Ricardo, un obstáculo gigante.

—Sentí que mi carrera iba a mejorar cuando salí del colegio. —Me confiesa con felicidad. No puede ocultar su sonrisa.

El cartagenero se inspira en una mujer valiente y guerrera. No duda un segundo en responderme, sus ojos negros se iluminan y aparece una gran sonrisa. La primera persona que se le viene a la cabeza es su mamá, Verónica Martínez. Es su mayor motivación y la admira como a nadie en el mundo. La preocupación de su madre, al enviar a su hijo a un colegio de Bogotá, era enorme. Ella solo pensaba en el peligro que corría su hijo, expuesto a peleas y sobre todo, al microtráfico; que es tan común en los colegios distritales.

—Mi mamá nos ha sacado adelante a mi hermano y a mí. Ella es la cabeza del hogar— afirma orgulloso.

El profesor de la Liga de Fútbol de Bogotá, Felipe Santos, jugó un papel importante en la vida de ’”Richi’”, al llegar a la ciudad. El muchacho dejó a su familia en Cartagena y se mudó a la capital para cumplir su sueño. A pesar de que se siente muy agradecido por su estudio, el apoyo del entrenador, tanto profesional como emocionalmente, fue primordial. Lo ayudó a distribuir el tiempo para entrenar y estudiar a la vez.

En los descansos no le gustaba jugar fútbol, le disgustaba estar expuesto a recibir algún golpe que se convirtiera en una lesión y afectara su carrera profesional.

—Cuando jugaba fútbol en el colegio era el portero. — Me confiesa Ricardo.

Los malos comentarios y los problemas disciplinarios nunca faltaron. A pesar de que fue un buen estudiante, las dificultades iniciaron debido a su constante inasistencia a clase. No sería nada nuevo para él, ya que actualmente como profesional, los obstáculos son constantes en su carrera.

—¿Por qué cerraste tus redes sociales?— le pregunto. De fondo, la multitud insiste en entrar a la Sede Deportiva de Millonarios.

—Porque recibí muchas críticas y malos comentarios debido a que en un partido no me fue bien. Fue muy duro porque no estaba acostumbrado a que tanta gente me mirara. Yo sólo acepté lo que decían y no presté atención. —Me dice mientras observa su dedo índice derecho envuelto en gasa, o lo que queda de él. Días atrás se lo aplastó una pesa de 20 kg en el gimnasio.—Sí me afectó, hasta amenazas recibí, no es tan fácil, la gente es muy apasionada en este deporte y nunca falta el que se toma esto muy a pecho.

La cancha Alameda La Victoria, ubicada en la Ciudad Heroica, Cartagena, fue el escenario donde de pequeño, Ricardo jugó con su balón. Los planes del fin de semana, junto a su hermano menor, Mauricio, era jugar fútbol desde las 8 de la mañana hasta las 5 de la tarde. En la casa de los Rosales había un palo de limón, ambos solían jugar béisbol con una escoba y limones. Era uno de sus pasatiempos favoritos. Su padre, Alberto Rosales, quién encaminó a Ricardo a esta profesión, le narraba los partidos cuando su hijo era bebé.

La humildad de ’”Richi’” resalta en toda la conversación. No es de esos futbolistas que matan con miradas por encima del hombro. Su risa, su leve bamboleo y las manos entre los bolsillos que delataban sus nervios días atrás cuando lo vi, habían desaparecido.

Ricardo lleva seis años formándose en la cantera del equipo azul. La disciplina de Rosales lo llevó a quedar campeón con la Selección Bogotá en los Juegos Nacionales Bolívar 2019, que se disputó en Magangué y a jugar la Copa Libertadores sub-20 en Paraguay en el año 2020. Aquellas victorias lo ayudaron a firmar un contrato con el equipo profesional de Millonarios.

Actualmente, Rosales se destaca en su equipo por su espíritu de alegría y lo divertido que es en los entrenamientos.

—En la pandemia compartimos mucho. Hacía los entrenamientos divertidos, incluso por zoom. —Afirma el preparador físico de Ricardo, Óscar Vázquez.

La liberación de dejar atrás aquel obstáculo que le impedía formarse como profesional llegó en 2019 cuando Ricardo se graduó del colegio. Su mayor sueño se cumplió cuando se dedicó totalmente al fútbol.