Es viernes, día de fiesta. En el Colegio La Parada, cerca del Puente Internacional Simón Bolívar, se celebra el día del niño y la música se apodera del recinto. En una esquina, al lado del auditorio, una mujer habla con su hijo. Sonríe, lo reprende, pone su mano en su hombro y le brillan los ojos al verlo. El niño no hace más que esquivar su contacto. No es cariñoso y ella lo sabe.

Maria Isabel Pinilla, de 37 años, llegó hace poco más de año y medio a Villa del Rosario. Es de Caracas, Miranda, Venezuela. A sus 18 años, tuvo su primer hijo, su primer reto. Juan Rivas Pinilla o ‘Juanpis’, como ella lo llama, demoró en dejar los pañales y caminar. Años después, fue diagnosticado con autismo tipo Asperger. Un niño que creció al ritmo de una madre adolescente y que la preparó para recibir, siete años después, a Jesús Octavio Ponce, su segundo hijo, el pequeño de la casa, el tímido.

“Cuando Maduro se metió con mis hijos decidí irme del país”, explica María con seriedad, mientras empuña sus manos. Está indignada. Ella tenía tranquilidad en su vida hasta que “el presidente venezolano decidió cambiar el pénsum de estudio”. Biología, física, química y matemáticas fueron reemplazadas por deportes. Un “sistema educativo represivo y hueco” al que no podía someter a sus hijos.

Así pues, María Isabel decidió partir hacia un país que le asegurara una educación digna a sus pequeños. Ella se vio obligada a migrar, al igual que 28.879 mujeres venezolanas que en agosto de 2016 ingresaron a territorio colombiano, según cifras de Migración Colombia. Para Viviana Manrique, experta en Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario, a estas mujeres, el gobierno bolivariano les vulnera el derecho al trabajo, a la vivienda digna, a la educación y a la salud.

El gobierno colombiano, a través del Ministerio de Educación, desde el cierre de la frontera ordenado el 19 de Agosto de 2015 por el presidente Nicolás Maduro, emitió en septiembre del mismo año una circular solicitando a las entidades territoriales garantizar el derecho fundamental de la educación a los migrantes venezolanos por medio de acciones y modelos educativos flexibles.

Ver circular

María Isabel recuerda que comenzó su recorrido por los colegios de Villa del Rosario y Cúcuta en busca de cupos para sus hijos. En septiembre de 2016, a Jesús lo recibieron como oyente en ColSamaro y le permitieron participar de las clases sin estar matriculado en la institución. Con ‘Juanpis’ la cosa fue distinta, pues no lo recibían por su condición. En este punto, ella hace una pausa en la historia y voltea la cara. Se siente impotente. No quiere recordar el dolor por el rechazo y prefiere aparentar que esto es tema del pasado. No llora. No se lo permite.

Ha cargado esa cruz durante toda su vida. En Venezuela, cuando, a los ocho años,  diagnosticaron a Juan Pablo con la enfermedad, la institución educativa a la que asistía le cerró las puertas. Cuando llegó a Colombia, era tal la necesidad y desespero de María Isabel que, sin tener trabajo, pensó en inscribirlo en una escuela privada, aún sabiendo del elevado costo que le tocaría pagar.

Para el 2017, las nuevas instalaciones del Megacolegio La Parada abrieron sus puertas para acoger a 1.500 alumnos, entre ellos a ‘Juanpis’. Fue ahí donde ella vio la luz. A Juan lo evaluaron con temor. Hoy, en Norte de Santander están inscritos 5.084 niños venezolanos, cinco veces más que en el 2017. El éxodo de venezolanos aumenta con el pasar de los días y la Alcaldía de Villa del Rosario, en cabeza de Pepe Ruiz, está tomando las medidas necesarias para atender esta población.

Mientras camina en busca de sus hijos, María Isabel se emociona y narra lo feliz que está con el colegio. Entre el ruido de los parlantes y el grito de cientos de estudiantes, ella acerca su mano a su boca y chifla. En cuestión de segundos, sus hijos llegan. Para ‘Juanpis’, su madre es valiente porque, gracias a ella, “es el hombre que es y quiere hacerla sentir orgullosa”, mientras que Jesús siempre estará agradecido por llevarlo a estudiar a un lugar “sin tanta guerra como en Venezuela”.

En un futuro, ella se ve en alguna de las principales ciudades del país, con Jesús y Juan Pablo estudiando en las mejores universidades y cumpliendo sus sueños. Con un suspiro y un beso en la frente de cada niño, está segura que el viacrucis que a diario vive, vale la pena. Por ellos, ella hace lo que sea. No fue fácil el camino y este no ha terminado, pero espera llegar a su meta: su felicidad. Sabe que el sacrificio es satisfactorio si todos los días hay una sonrisa en el rostro de sus hijos.

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