Cuarto de piropos

Ana María Navarro, Comunicación Social y Periodismo

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Laura Nathalia López, de Comunicación Audiovisual y Multimedios

La primera vez lloré.


Volví a mi casa, me encerré en mi habitación y lloré.


Tenía trece años, no entendía lo que había sucedido, pero me sentía terrible. No hablaba de ello, pero con el tiempo me di cuenta de que era más común de lo que creía.


Al pasar de los años empeoró; ahora ocurría más seguido. No volví a llorar, pero el dolor creció.


Con el tiempo mi vitalidad se fue apagando.


Comencé a desconfiar de todos. Dudaba hasta de mí misma, pensando que era culpa mía. Poco a poco mi identidad se fue desvaneciendo.


Siempre vestí con colores vivos, con faldas, pantalonetas y blusas sin mangas; así me sentía cómoda.


Algunas veces mi madre me preguntaba sobre el porqué del cambio. ¿Cómo le explico que por culpa de esa ropa me han lastimado?



Nunca entendí la razón por la que lo hacían. Pero eso ya no importa.


Ellos me han convertido en lo que soy ahora. Y pienso hacerlos pagar.


—Levántate, basura. Vinieron por ti.


Abro la puerta y saco al hombre de la habitación de un tirón. Hay una chica esperándome sentada en una de las sillas del pasillo.


—Es todo tuyo —miro a la chica, señalándole a la persona tirada en el suelo con la cabeza antes de volver a la habitación.


Cierro la puerta y pongo mi atención en los cuerpos tirados en el piso.


—¡Silencio, todos! Al próximo que escuche decir un piropo, le pego un tiro.

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