Pasillo 13

Valentina Pérez Abril, Comunicación Corporativa

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Viernes 13, un poco después de las seis de la tarde. Me doy el ligero baño de agua helada, preparo mi uniforme remendado hasta los talones. Minutos después, salgo y tomo el bus 04-13, el cual me lleva directamente a la parada con destino hospital San Benito. Una mañana peculiar donde siento el inhóspito ambiente con típico olor a guantes y suero, el chillido del viento retumbando en las ventanas, el frío apoderándose de mi cuerpo y el silencio eterno entre los pasillos. Preparo los materiales de aseo y me dirijo al piso asignado, esta vez el ala C 26 del piso 13. Apenas se abre el ascensor, percibo una extraña sensación en mi pecho, pero no es dolor. Comienzo trapeando pasillo en pasillo, escucho la música escalofriante de los pitos de las máquinas, el llanto profundo de algunos pacientes, las ruedas de las camillas rozando con el piso y el estruendoso sonido de las gotas de lluvia golpeando el techo. Sí, me toca el piso de los pacientes más delicados de todo el hospital; sin embargo, solo una paciente ha pasado por esta carrera entre pasillos para ganarle a la muerte. Veo cómo llevan a esa señora con prisa a la habitación 33-13, mientras los doctores se miran con preocupación y desespero. Mi lado chismoso no me deja en paz, así que me arrimo a aquella habitación y siento una tensión muy fuerte, pero no allí, sino en mí. Abro la puerta, veo enfermeras correr por gasas, doctores haciendo compresiones sobre el pecho de la pobre como si no hubiera un mañana, mientras otro doctor le pasa corriente con esas grandes paletas metálicas para que su corazón vuelva a latir — ¡despejen!, nada…—. Esta vez el turno nocturno no es tan malo como lo imaginé en la mañana, al pensar que la estaría pasando mal por ser mi cumpleaños.


La paciente sigue con vida y, por ende, continúo con mi trabajo de trapo. Son casi las diez de la noche y el piso queda en silencio absoluto de nuevo. Mi aburrimiento vuelve aparecer y comienzo a cantar mi canción de despecho en la cabeza, mientras limpio las puertas de cada habitación. En esas, percibo un pequeño susurro, así que paro de moverme aunque no lo escucho nuevamente, entonces, sigo con mi rumba. Luego de un tiempo, vuelvo a oírlo, me doy cuenta que viene de la habitación, 33-13, la misma de la señora que casi se la lleva “Chuchito”. No sé si entrar o quedarme afuera como si nada. Justo en este momento, las enfermeras cambian de turno, somos el sonido estremecedor y yo. Decido tener los guantes bien puestos y entrar a averiguar qué carajos sucede y acabar con el misterio. Nuevamente siento esa tensión de unas horas atrás, como si algo hiciera parte de mí en ese lugar. Entro hasta casi tocar la cama y veo a la señora estática, sí, paso los límites de entrada para asegurarme de que no esté despierta. Sé que está mal lo que hago, me devuelvo a lo mío. Al dar el primer paso, siento un agarrón en mi muñeca derecha y un jalón fuerte casi me tumba al piso. Me doy cuenta que la señora abre los ojos y noto su mirada profunda gracias a la ligera luz que entraba por la puerta entreabierta. Con la piel de gallina y mi cuerpo temblando de los nervios, dirijo mi rostro al suyo y me susurra al oído: “Feliz cumpleaños, Jazmín”. De inmediato, el silencio absoluto se corta y las máquinas empiezan a sonar alborotadamente. Quedo paralizada después de su comentario, tanto que las enfermeras pasan sobre mí con ansias y desespero para ver qué ocurre. Camino somnolienta y confundida con un pito en la cabeza hacia la salida. Observo cómo intentan reanimarla y fallan. Más pensativa que nunca y sobre todo en esa conexión con la señora, me siento en una silla blanca Rimax hasta finalizar mi turno. Al pararme, miro detalladamente el número de habitación y descubro que el número 13 acompaña mi cumpleaños, los buses, el piso y la habitación. Al encontrarme con mi compañera, le cuento acerca de lo sucedido, y ella me dice que aquella mujer que murió el día de hoy tenía un parecido a mí; además, al escuchar que la paciente se llamaba Jazmín, se asustó pensando que era yo. ¿Será que estoy loca?, ¿qué tiene que ver ella conmigo?, ¿será que vi mi muerte pasar?... no lo sé.