Armero: un paraíso sepultado por el olvido

Erika Tatiana Toledo Rojas, estudiante de Comunicación Social y Periodismo

Desde la tragedia de Armero en 1985, sus sobrevivientes aún viven bajo la espera de una indemnización estatal.

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Armero: un paraíso sepultado por el olvido
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Esta es una de las piedras que obstruyó el rio Lagunilla y causó la desaparición de Amero. Actualmente, se usa como símbolo de homenaje a las víctimas de la tragedia. Foto por: Érika Toledo

Antes de llegar a Armero, recorrí una carretera rodeada de campos de arroz bajo un túnel de árboles que se enredaban entre ellos hasta crear una sombra refrescante para el abrazador calor del Tolima. El atardecer, las montañas y la brisa eran un paisaje cautivante que quedó marcado en mi memoria. Después de pasar por los arrozales, alcancé a ver un cartel inmenso con las fotos de los niños perdidos, aunque la mayoría son imágenes grises y sin rostros que reemplazan las fotos extraviadas. Había llegado, pero ese día no lo visitaría porque mi destino estaba más adelante.


Guayabal se ubica a 8,8 km de Armero y es el municipio donde viven la mayoría de los sobrevivientes de la ciudad desaparecida y, desde ahí, han vivido bajo el limbo de la

indiferencia durante unos 36 años y situaciones críticas como la pobreza y la escasez después de afrontar la avalancha por la erupción del Nevado del Ruíz. A pesar de que se destinaron recursos para la recuperación del pueblo y sus damnificados, algunos se perdieron por el camino y solo llegaron pocos. Del mismo modo, los territorios y lotes que ocuparon los armeritas hasta el 13 de noviembre de 1985 no han sido restituidos de ninguna manera.


Durante mi visita, conocí a Eduardo Nizo Rojas, apodado también como Bigotes, quien ha luchado con firmeza y rigor por su comunidad y la recuperación del pueblo desde hace tres décadas. Es un hombre ilustrado que trabaja como escritor, tiene 82 años, es apolítico y armerita tolimense de corazón. Él perdió 83 familiares en la avalancha. Antes de empezar a hablar con él, fue insistente en que, todo aquello que contara, debería ser divulgado porque la justicia y la reparación solo ha quedado en promesas incumplidas.


Duro. Eso es muy duro. El día que yo muera descanso. — Dijo con su mirada perdida y su voz entrecortada. — Toda mi familia, un gran capital que mi padre dejó. Ahoritica estamos en pleito con el Estado. Ya ganamos el pleito de segunda instancia y vamos para el tercero. A mí me tienen que pagar 17 lotes que tengo allá. Nadie nos comprende, salvo alguien que haya vivido lo mismo que yo viví. Ni al peor enemigo mío le deseo eso (…) Uribe Vélez nos engañó con esta frase: “El mejor homenaje que se le puede dar a las víctimas de Armero es erradicar la pobreza”.


Bigotes afirma que los recursos han sido malgastados en actividades que no pretenden indemnizar a las víctimas. Por ejemplo, Mauricio Cuellar Arias, ex alcalde de Guayabal, entregó 17 millones de pesos para el ordenamiento y la limpieza de Armero. No obstante, no se realizaron ninguno de esos arreglos en el terreno. Las ruinas, los símbolos del desastre, han sido olvidadas por la gobernación.

Armero: un paraíso sepultado por el olvido
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El cementerio es un sitio alejado del centro del pueblo y ha sido utilizado para actividades delictivas. Además, las tumbas han sido saqueadas. Foto por: Érika Toledo

Entre los documentos de demandas y denuncias impuestas por las víctimas, se resalta la preocupación por sus condiciones de vida, dado que no han sido vinculados a programas sociales gubernamentales para atenderlos en aspectos económicos, educativos y ni siquiera para brindarles ayuda psicológica a causa de las situaciones a las que han sido expuestos. Asimismo, las autoridades departamentales y municipales no han invertido el dinero suficiente para el progreso económico del actual municipio. Dentro de Guayabal, no se han creado programas para el acceso al empleo y la atención médica no sobrepasa más que un puesto de salud.


Los terrenos y los suburbios del área urbana destruida todavía no han sido restituidos a sus verdaderos dueños, los armeritas, y al contrario han sido ocupados por empresas privadas. De acuerdo con los firmantes, este acto es un irrespeto a la memoria de la ciudad porque se han dañado los jardines y tumbas que construyeron para sus familiares fallecidos y desaparecidos.


También conocí a Venicio Veracruz. Un hombre de 72 años que todavía conserva la fuerza y la vitalidad de un joven. Es fotógrafo, padre y sobreviviente de la tragedia.

A nosotros no nos dieron instrucciones de nada de volcanes. Por ahí nos dijeron que posiblemente, si llegara a llover mucho, que el pueblo se podría inundar, pero solo los barrios que quedaban a la orilla de la acequia pequeña que crearon para los riegos de arroz. Pero en ningún momento dijeron que el volcán iba a hacer erupción.


La tarde del 13 de noviembre, el cura principal pronunció un discurso de consuelo en la plaza central para los residentes, les aseguró que había ido al Nevado del Ruíz y que todo estaba normal. Con su megáfono en mano y su voz catedrática, repitió exhaustivamente que no ocurriría nada, entonces los armeritas confiaron en sus palabras y volvieron a la rutina; sin embargo, cerca de las 5 p.m. empezó a caer ceniza.


Estaba lloviendo esa noche cuando Venicio fue al cine. Él recuerda que las calles estaban en silencio. Después de llegar a su casa, su esposa Libia sirvió la cena mientras él escuchaba el noticiero. Luego, terminó su comida y se fue a descansar al cuarto. En la habitación, había dos camas y, en una de ellas, su esposa amamantaba a su hija de nueve meses y, en la otra, él se recostó a leer mientras sus dos hijos descansaban a su lado. A las 11 p. m., la familia de Venicio dormía hasta que escucharon unos fuertes golpes que caían sobre el techo. Parecía granizo, pero el impacto era cada vez más impetuoso y atroz.


Veracruz se levantó para encender la luz y, en su intento de presionar el interruptor, fue lanzado hacia el techo. En ese instante, escuchó la voz de su esposa.


— ¡Los niños! — esas fueron las últimas palabras de Libia antes de que la avalancha arrasara su casa.


Estuvo tres días deshidratado esperando algún rescate desde los techos de las casas hundidas por el lodo ardiente y los escombros, rodeado de un campo desierto. No obstante, esta ayuda nunca llegó o él no la vio.


Después de un largo tiempo de recuperación, viajó a Bogotá. Duró nueve meses recorriendo canales de televisión con el fin de encontrar un indicio del paradero de su esposa y sus hijos. Durante su estadía, vivió en escasez enfrentando situaciones desagradables, entre ellas, su visita a la Cruz Roja. Él estaba furioso e indignado por el desastre y la negligencia del Estado y las organizaciones de rescate frente a todo lo sucedido en Armero, entonces organizó un grupo de casi 500 personas para manifestarse en la sede de la 68.


Cuando ingresó a las instalaciones, observó unas cajas que guardaban una gran cantidad de comida vencida provocando que su ira aumentara porque, desde que llegó a Bogotá, él junto a los demás armeritas estaban aguantando hambre. Mientras tanto, el director llegó a la sala y furioso empezó a regañarlo por haber entrado a la sede sin permiso y sin papeles.


Me sorprendió que su relato fluía sin esfuerzo, como si hubiera guardado sus palabras esperando a que alguien las escuchara y las atesorara. Venicio es un hombre creyente debido a que su fe ha sido la medicina que curó la herida que dejó la tragedia y, sobre todo, la desaparición de su familia, dándole fuerza para seguir adelante.


Antes de visitar el Parque de la Vida, pensaba que las ruinas formaban un pueblo fantasma que hasta podría resultar terrorífico. En efecto, sí es un pueblo fantasma, pero por las memorias de la gente causando que la presencia de lo que alguna vez fue Armero se sienta cercana. Era sorprendente escuchar cómo las personas recordaban la ubicación de sus casas y los comercios junto a sus anécdotas como si el pueblo todavía siguiera vivo. Deseé observar el paisaje con sus ojos y ver su antiguo resplandor en lugar de solo ver un lugar devorado por la naturaleza y el abandono.


El calor era sofocante. Mientras caminaba, recordé las palabras de Bigotes sobre el pasado de Armero, conocido como la Ciudad Blanca por sus campos de algodón y arroz. Un municipio próspero y atractivo para los inversionistas extranjeros pasó al olvido por su desdicha, al igual que sus víctimas.