Renaciendo de las cenizas

Valentina Aristizabal Arenas, Comunicación Social y Periodismo

La avalancha de Armero, en 1985, marcó un hito en su vida. A sus 53 años, se considera una mujer renovada, apasionada por su trabajo y por la familia que construyó.

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Valentina Aristizabal Arenas

Eran las nueve y media de la mañana. Las campanas sonaban y el corazón de Adriana Satizábal latía más fuerte de lo normal. Estaba confundida, desesperada, triste y sin saber qué hacer. Había recibido una noticia que no era capaz de procesar. Con todas sus fuerzas, corrió, gritó y empujó a todos en el pasillo pidiendo esclarecer lo que estaba sucediendo. Sale de su universidad. Corre rápidamente hacia su casa. Coge su teléfono y busca una respuesta de su madre. Llama y no contestan. Llama y es el buzón de voz de nuevo. Entra en pánico y no encuentra a nadie que la ayude.




Adriana Satizábal Rubio nació en Armero, Tolima, el dieciocho de octubre de mil novecientos sesenta y seis. Pasó toda su infancia y adolescencia en su ciudad natal. Recordó con exactitud cada uno de los colegios e instituciones por los que pasó. Además, los lindos momentos que para ella son inolvidables, pues mencionó que, en ese entonces, tenía la fortuna de tener papá y mamá. Su voz se entrecortó, dio un respiro profundo y continuó. Tenía un hermano menor al cual amaba con su corazón y con quien también vivía en su humilde casa en las calles de Armero. Sin embargo, los años pasaron y ella sintió que era hora de salir del pueblo.


Se despidió de su pueblo sin pensar que un día no volvería a verlo. Con valor y coraje tomó sus maletas y emprendió hacia la capital de Caldas, (Manizales).



—En ese momento me dolió dejar a mi familia, pero sabía que tenía que comenzar mi vida profesional y que algún día volvería a trabajar en mi ciudad junto a ellos, dijo Adriana.



Llegó a esta ciudad sola, con miedo, angustiada y sin saber cómo sería su vida fuera de su tierra natal. Empezó a estudiar en la Universidad Autónoma de Manizales lo que desde pequeña le apasionaba, la odontología. Pasaron los primeros meses, ya se había acoplado a su nuevo hogar, un apartamento cerca al Hospital de Caldas, era pequeño pero acogedor y perfecto para vivir. Tenía nuevas amigas con quienes compartía su día a día. Su corazón se aceleraba de la emoción, para ella siempre han sido fundamentales sus amistades, así que no dudó ni un minuto en contar cada uno de los momentos y lugares a los que fue junto a ellas.

—No olvido cada salida y escapada a Chipre, el Cable, el Cerro de oro, la Francia y a todos los lindos lugares de esa ciudad que me acogió tan bien. A mis amigas les agradezco porque me hacían sentir siempre como en casa, menciona Adriana contenta por recordar aquellos años.


En la fotografía se encuentra al lado izquierdo Adriana

junto a dos amigos de su universidad.

Cortesía de: Adriana Satizábal.


Continuamos hablando y me doy cuenta de que ahora su corazón no palpita con la misma velocidad, ni su voz se escucha con la misma fuerza y entusiasmo. Todo iba normal en la vida de Adriana, hasta que, de repente, las cosas cambiaron.


Un miércoles, como cualquier otro, se encontraba de camino a su casa después de ir a la universidad.  Vio en las noticias que una inexplicable ceniza comenzaba a caer en Armero y sus alrededores. No podía describir cómo se sentía, por su cabeza pasaban miles de ideas. Tenía varias preguntas sin respuesta alguna. Estaba fría, angustiada, desesperada. Corrió e inmediatamente llamó a su mamá para asegurarse de que todo estaba bien en casa. Su madre le dijo que se trataba de una simple ceniza y que no estaba pasando nada. Adriana se tranquilizó, se calmó, pues la respuesta de su mamá era lo único que necesitaba para saber que nada malo estaba ocurriendo.


Pasaron los minutos y tanto Adriana como su familia se fueron a dormir. Para ella era una noche igual a las demás, estaba lista para presentar sus exámenes al día siguiente. Eran las seis de la mañana y se levantó para alistarse e irse a su universidad. Estaba tranquila, pues además de estar lista para sus finales, en su cabeza las cenizas y el miedo de anoche habían terminado. Se dirigió a su universidad, cuando llegó se sentía extraña, veía que tanto sus compañeros como sus profesores no paraban de mirarla.



—Todos sabían que yo era “armerita”, por eso me miraban, pero igual ninguno me dijo nada, susurró Adriana.



No sabía qué estaba pasando, ni por qué todas las miradas apuntaban a ella. Esa situación incómoda, sin razón alguna, la llevó inmediatamente a presentir que de pronto la ‘simple ceniza’ no había terminado la noche anterior. Continuó a su salón de clases, presentó su examen y cuando terminó su profesor se acercó a ella y le preguntó con tono voz baja y decaído:



—¿Cómo está Adriana?

—Bien, profesor. ¿Y usted? ¿Por qué habla así?

—¿No ha visto las noticias?

—No, señor. No he tenido tiempo, hoy vine directo a la universidad. - Respondió ella con angustia.

—Vea las noticias -le respondió el profesor y se fue.



En ese preciso momento cuando salió de clase, las pulsaciones de Adriana se aceleraron sin límite, se fue corriendo al lugar más cercano a ver qué estaba pasando, cuando de repente miró y escuchó que el pueblo en el que había crecido y donde se encontraba toda su familia había desaparecido. Comenzó a llorar desesperada, sintió agobio, preocupación, apuro y tristeza. Trató de contactar a su familia por todos los medios posibles. Sin embargo, no pudo recibir ninguna respuesta. Cuando en la mañana todos sus compañeros la miraban, Adriana imaginó de todo, pero nunca que el trece de noviembre de mil novecientos ochenta y cinco su vida cambiaría por completo.


Con impotencia de no saber qué era lo que había pasado con sus papás y su hermano, siguió buscando cualquier manera para poder contactarse con ellos. No había forma de escuchar esta vez a su madre para calmarse de nuevo, tampoco se podía llegar por ningún lado a su pueblo. Pasó una pésima noche, no pudo dormir y solo lloraba anhelando que su madre la llamara y le dijera que todo había sido solo una pesadilla.


Al día siguiente, a la espera de que cualquier medio de comunicación aclarara lo que había sucedido, logró ver en un noticiero la terraza de su casa. Allí se encontraban arrinconados su mamá y su hermano. No sentía más que desesperación al saber que no podía hacer nada para ayudar. Se enteró un tiempo después que a su familia la habían rescatado y llevado hasta Mariquita.


Apenas pudo encontrar la manera de llegar hasta Mariquita se fue en un bus hasta allá. En el transcurso del viaje sentía soledad, dolor, desasosiego y muchos sentimientos más que son difíciles. Pese a ello, nunca olvidó la única esperanza que le quedaba en ese momento, poder reencontrarse con su familia.


Su cuerpo estaba agitado, caliente y ansioso por recibir un abrazo de su mamá. Cuando llegó, pudo encontrarse con una parte de su familia, pues aunque estaban su mamá, papá y hermano, muchos otros familiares no habían sobrevivido a la tragedia.



—Gracias a Dios mis papás y mi hermano estaban vivos. El único que estaba mal de salud era mi papá pues, a causa de la falta de insulina, quedó ciego de por vida.

—¿Y el resto de tu familia? -Le pregunté angustiada buscando obtener una respuesta positiva.

—Ellos y miles de armeritos no aparecieron, quedaron enterrados en la avalancha.



Los días siguientes fueron verdaderamente difíciles para la familia de Adriana, ella tuvo que volver a Manizales a continuar sus estudios. Sus papás y su hermano buscaron una nueva casa en donde vivir en Mariquita. Ahora Adriana no tenía recursos para salir adelante, para pagar su universidad, ni el arriendo de su apartamento. Fue ahí donde me contó de una de las personas más importantes en toda su vida, Rosario Arenas, su mejor amiga, quien la ayudó con sus recursos y le permitió vivir con ella.



—¿Cómo recuerdas esos momentos? Le pregunto a Rosario.

—La verdad fue una situación muy dura, pues mis papás también vivían en Armero y ellos no sobrevivieron. Adriana fue mi mejor compañía en ese tiempo, entendíamos las dos el dolor que sentíamos en esos momentos. No solo era perder a tu familia, también el lugar donde creciste, su cultura y todo lo que vivimos allí.



Pasaron varios meses y otra noticia inesperada llegó a su casa. La salud de su padre había quedado muy afectada por lo sucedido, un día él no pudo aguantar más y falleció. Ahora solo serían su mamá, su hermano y ella.


A pesar de todo lo que ocurrió, Adriana con apoyo de su universidad y de sus amigas logró graduarse en los noventa como odontóloga profesional y fue ahí donde su vida comenzó a tomar un giro diferente y emocionante para ella. Ya terminada su carrera ahora llegaba el momento de empezar su vida laboral. Se fue para Guayabal, Armero, un pueblo cercano en donde nunca pensó pasar el resto de su vida.


Comenzó a trabajar en un consultorio odontológico.  Atendía a varios pacientes cada día y orgullosa de su profesión siempre hacia su mejor labor. Los días transcurrían igual, hasta que una mañana, un nuevo paciente llamó su atención, debido a que nunca antes lo había visto y Guayabal era un pueblo pequeño. Estaba nerviosa, sonrojada y su calor corporal comenzaba a aumentar. Era un hombre alto, moreno y de ojos café llamado Jorge Rodríguez, a quien le habían recomendado Adriana, pues con los meses ella se había convertido en una de las únicas y mejores odontólogas del pueblo. Lo que comenzó con un amor a primera vista y un flechazo inmediato se convirtió en su compañero de vida.


Las horas y los minutos ahora pasaban más rápido, cada día se sentía más enamorada y afortunada de formar una relación. Había empezado, además, su propio consultorio en el centro del pueblo, ahora sería su propia jefe y empezaría junto a su esposo un gran proyecto sumado a la compra de su nueva casa.


Sin embargo, a causa de las secuelas que habían quedado desde el día de la tragedia, su hermano Rafael cayó en la drogadicción y su adicción fue más fuerte que sus ganas de salir adelante. Junto a su mamá intentaron ayudarlo de múltiples maneras, pero nunca las aceptó. De repente, Rafael conoció a una mujer que, según él, sería quien lo sacaría del mundo en que estaba y con quien crearía una linda familia. Todo marchaba bien, llevaban varios meses juntos y su novia había quedado embarazada. Adriana tenía la esperanza de que su hermano volviera a ser el mismo buen hombre con el que creció. No obstante, las drogas retornaron su camino, las cosas se pusieron difíciles y una mañana su hermano apareció muerto en una calle del pueblo.


Tiempo después, cuando su cuñada dio a luz a una niña diagnosticada con leucemia, su única y mejor opción al no poder cuidar su enfermedad, fue dejar en manos de Adriana y Jorge a su hija recién nacida, Marcela.


—Marcela llegó a nuestras vidas a causa de una situación inesperada, la recibimos desde el principio con los brazos abiertos, se convirtió desde ese momento en una gran bendición. Cuenta Jorge nostálgico.


Ahora había una niña que cuidar. Era esa hija que no había podido tener. Comenzó junto a Jorge a crear una hermosa familia, vivían los tres en su humilde casa,  estaban contentos de cuidarla y poder darle una buena vida. Marcela se convirtió tiempo después en una compañía fundamental para Adriana. Los meses siguientes fueron una prueba más para ella, su madre, su motor más grande en la vida, había fallecido de cáncer de seno. Esa mujer por la que daba todo y quien la inspiraba cada día, ya no estaría más en su vida, los momentos junto a ella se acabaron, ahora solo quedarían guardados en su memoria.


Sentía frustración, impotencia, rabia y mal genio. Cuando todo estaba bien, de nuevo una mala noticia llegaba a su vida.



—Mi mamá lo era todo para mí, yo soy hoy quien soy por ella. Dice Adriana con un tono de voz bajo y con dolor.



Continuamos hablando y luego de ese frío e incómodo momento, las palabras se hacían cortas. Solo había algo que podría subirle el ánimo de nuevo. Una noticia que llegó para ella cuando más lo necesitaba.


Varias veces intentó junto a Jorge quedar embarazada; sin embargo, los resultados siempre salían negativos, no había posibilidad alguna de que Adriana pudiera tener en su vientre a una hija. Su salud impedía que ella pudiera concebir y había desistido a este propósito. Pero un milagro llegó de repente. Sin pensarlo y sin darse cuenta Adriana tenía 5 meses de embarazo y una vida nueva por la cual luchar.

Catalina, su hija recién nacida, lo es todo para ella, se convirtió en su inspiración más grande y una nueva razón por la cual esforzarse cada día más, pues quería siempre brindarle lo mejor. Los años pasaron y Catalina crecía sin parar. Es una niña fuerte, inteligente y alegre. Ahora tiene once años y hace todo lo que le apasiona para ser un día igual que su mamá.


Han transcurrido treinta y cinco años desde la avalancha de barro y lava producto de la erupción del volcán Nevado del Ruiz que acabó con la vida de más de 23.000 personas en Armero. Dentro de las víctimas se encontraban familiares de Adriana. Una mujer que se define como amorosa, responsable y trabajadora, quién no le tiene miedo a seguir batallando en medio de las adversidades y aunque a veces quisiera volver a escuchar la voz cálida de su madre diciéndole: “todo está bien”, la motiva saber que un día se podrá encontrar de nuevo con ella, su ángel.

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