El viaje de una familia desplazada

Nicolás Mateo Vivas, Comunicación Social y Periodismo

Los años 90 constituyeron la época más álgida de los secuestros en Colombia. Una madre nos cuenta cómo fue que perdió a su hijo en aquél momento y cómo, después de tanto tiempo, mantiene la esperanza de reencontrarse con él.

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Señora Villarreal, con su hija 20 años después, en su casa en Fontibón, Bogotá.

Eran las seis y media de la mañana, el sol se colaba con brusquedad por las rendijas de las ventanas del cuarto donde dormía doña Marina, una mujer robusta, de cabellos rizados y cortos, que alcanzaban a cubrir algo de su cara quemada por el sol, a causa de trabajar en los cultivos. Era domingo, por lo que esta madre podía descansar sus manos tullidas de recoger granos de café. Como siempre, esperaba con ansias este día para acudir al esperado encuentro con Dios, acompañada de sus cinco hijos. Esta fue la última vez que la familia Villarreal despertó en su casa, ese día fue un adiós sin saberlo, un hasta nunca a las veredas de Alpujarra, Tolima.


Al llegar a la ceremonia, la santidad de la ocasión se veía totalmente desvanecida, y en su lugar solo se escuchaban gritos de desesperación.


—¡Se nos metieron, se nos metieron! —gritaban los labriegos mientras arrastraban a sus hijos a toda velocidad.


La guerra había tocado las puertas del pueblo sin avisar, sin motivo, pero no era la primera vez que la guerrilla venía a hacer su voluntad, arrasando, saqueando, y autoproclamándose como promotores de una causa justa.


Fueron dos horas de disparos, clamor, y terror, que terminaron con todo habitante del pueblo en la plaza central, reunidos como un rebaño asustado de ovejas. Doña Marina abrazaba a sus cinco tesoros con los ojos cerrados, sumida en el mayor temor que puede tener una madre.


—Encomiéndese al señor— susurra entre dientes para no llamar la atención.


Durante veinte minutos hubo un silencio fúnebre, los pasos de los partisanos y el sonido de sus armas tambaleándose eran las únicas señales de vida en todo el poblado. De pronto, ese mutismo colectivo se transformó en histeria.


—¡No, por favor no se lo lleven!— gritaban los padres mientras eran despojados de sus amores, quién sabe hasta cuando, sabiendo que estos serían las nuevas piezas de un conflicto armado incesante y nefasto. En esta toma guerrillera se llevaron a Henry, el primogénito de la familia Villarreal.


Ese día, Marina perdió a su hijo, a sus tierras, tal y como había perdido al hombre que amaba hace varios años. Pasó a ser presa en las calles donde creció por más de dos días, alimentándose de los sacos de papas y mangos que sus vecinos llevaban encima. Al tercer día, las furgonetas de los perpetradores se encendieron, preparando su retirada, llenas de comida, agua y niños, dejando en su lugar un sentimiento de ira y tristeza infinita en el corazón de los lugareños.


El siguiente martes en la mañana esta campesina decidió huir del tormento, subió a sus tres niñas y al varón restante a un pequeño autocamión comerciante, dejando su futuro en manos de su inflexible fe. El estrecho vehículo se bamboleaba estrellando las cargas de café contra sus maltrechos cuerpos, mientras este bajaba el espiral de una montaña, la cual comunicaba a Dolores con la capital del Huila. Durante seis horas de viaje, no se presentaron quejas, preguntas o riñas, solo lágrimas silenciosas, acompañadas de un aroma de desdén e incertidumbre.



Olvido y despojo


El año 2000 fue un año nefasto para los desplazados, aumentando la cifra de expulsados de sus tierras por más de tres mil, siendo el número oficial de 607.563 damnificados según la Red Nacional de Información. En palabras de la profesora Marcela Gonzáles, historiadora egresada de la Universidad de Los Andes, la época más álgida de secuestros en Colombia fue a finales de la década de los años 90, cuando el país llegó a registrar más de 3.500 casos. El año 2000 se alcanzó el pico máximo de damnificados, ya que en esta época había convergencia de varios grupos armados como guerrilla y paramilitares en zonas norteñas del país, a causa de que estaban en plena guerra contra el Estado.


“Si mi hermana no se hubiera mudado a Bogotá unos años antes, no sé qué habría hecho, aunque quieras venir a la capital esta no es amable contigo si no sudas la gota gorda”, dijo Doña Marina.


Ha pasado un año, ella se ha sabido mantener vendiendo tamales de arroz como los que hacía su madre, consiguió un cupo en el colegio público de “La Estela” en Fontibón, localidad de la capital colombiana, para matricular al menor de sus hijos, mientras las tres hermanas la ayudaban a atender el negocio, ya que al principio no tenía dinero para que todos estudiaran a la vez.


“No se preocupe mamá, cuando vayamos al colegio le trabajamos en la tarde, y cuando terminemos los estudios nos conseguimos una casa bonita para todos”, le decía su hija mayor, con la esperanza de que las mandara al colegio más rápido.


Al año siguiente consiguió unos cuadernos de Coca-Cola, que daban por promociones de tapitas, y compró unos uniformes usados que le vendió una vecina. La felicidad de las niñas por estudiar era incontenible, por primera vez en tres años volvía a dibujarse una sonrisa en su rostro.


Consiguió un puesto en arriendo en el centro de Fontibón, un pequeño espacio en el primer piso de una residencia esquinera, con una fachada que apenas tenía una pequeña puerta de entrada, enmarcada con el nombre del anterior negocio, donde abrió un restaurante de comida casera. Este pequeño puesto fue la fuente de sustento de los Villarreal por más de cinco años.


Según el Sistema de Control Interno del Ministerio del Trabajo, en 2000 el 87,4% de los desplazados no recibieron ningún tipo de ayuda gubernamental, la mayoría ni siquiera la solicitó. Andrés Ribero, profesor sociólogo de la Universidad Nacional asegura que en ese tiempo los desplazados no contaban con ningún tipo de información la cual les permitiera acceder a auxilios de alguna índole, y los que accedían a ellos recibían su subsidio mucho tiempo después.


“Venir a Bogotá desde un lugar tan diferente es agobiante al principio, hace demasiado frío todo el tiempo, todo queda muy lejos, y por la noche los carros que pasan hacen que dormir sea una tarea difícil”, cuenta doña Marina.



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Superación, evolución, pero nunca olvido.


Cuando tuve la entrevista con la señora Marina me recibió muy arreglada, con un atuendo formal y una tasa de tinto sobre un pequeño plato con adornos florales. Las paredes de concreto expuesto de su casa estaban adornadas por fotos de sus nietos e imágenes religiosas juntos a dos altares, uno en la sala y otro en su habitación. Actualmente vive en compañía de su hija mayor, en la misma localidad a la que llegaron.


Parecía estar ansiosa por contar su historia, intentando hablar de una manera muy formal, la cual, fue desapareciendo a medida que iba avanzando en su relato. Aún se le escapan gotas de tristeza al recordar a su hijo mayor, puesto que no tiene noticias de él hasta el sol de hoy.


—Sueño con él seguido, sueño con mi casita y el cafetal, no me imagino cómo estará todo por allá, pero la verdad no quiero verlo, me imagino que todo está muy distinto y quiero recordarlo todo cuando era bonito— comenta doña Marina mientras baja la cabeza y toma un largo respiro para no llorar.


Al terminar la entrevista, la serenidad con la que fui recibido vuelve a ella. Toma un sorbo largo de café, y cruza la pierna.


—Aún tengo fe, si mi hijo aparece será un regalo del Señor, solo puedo esperar cosas buenas.


Al despedirse, se nota el desdén en sus ojos, unos ojos que expresan el sentir de lo que la violencia les ha quitado.



● *Algunos nombres y locaciones fueron modificados por seguridad de los implicados*

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