Falta tiempo para el arte

Luisa María Vela Guerrero, Comunicación Social y Periodismo

El cantautor nariñense utiliza la música para enaltecer la memoria, generar cuestionamientos y fomentar el encuentro constante con el territorio.

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Alejandra Mar

Desde el inicio de las manifestaciones en Colombia, el 28 de abril de 2021, el sector artístico ha  manifestado su apoyo al Paro Nacional. Desde el área musical, varios cantantes, músicos y compositores han tomado roles protagónicos dentro de las manifestaciones, ya sea desde su participación como activistas o desde el arte.


Lucio Feuillet es un cantautor colombiano que, a partir de su origen nariñense, plasma en sus canciones la cultura andina sureña y retrata temas diversos como la importancia de las tradiciones, de los rituales, de la memoria histórica, de la reflexión y de la conexión con el pueblo y el territorio. Ha estado muy presente en la coyuntura actual por medio de sus posturas políticas y su música. Sus canciones Sed y Nunca Callar se han convertido en himnos del Paro Nacional.


Conversamos con el artista sobre la situación actual de Colombia, sobre su música y el rol social del arte en medio de las manifestaciones.



Sus canciones Nunca Callar y Sed han sido muy populares entre los manifestantes dentro del contexto del Paro Nacional, ¿qué lo motivó a componerlas?


Creo que ese sentimiento que en esos momentos me atravesaba también era un sentimiento poderosamente colectivo, como pasa muchas veces con la creación artística, y que también retrata el sentimiento de nuestros tiempos, de nuestras comunidades, de nuestros entornos. Particularmente en estas dos canciones sí sentía que estaba retratando unos despertares bien interesantes que se vienen dando, por supuesto en toda Latinoamérica, y que particularmente detonaban en nuestras comunidades aquí en Colombia.


Por ejemplo, Nunca Callar es una canción que arranca sólo con guitarra y voz, como un pensamiento muy chiquito, muy desde los adentros, pero que va creciendo y al final se convierte en una cosa gigante, de vientos y de muchas percusiones.


Eso es lo que estamos viviendo en estos tiempos, que ya este colectivo se vuelve una fuerza imparable de despertares, de exigencias, de dignidad y es lo que tenemos que mantener y es lo que tenemos que valorar, más allá de que se logren cambios o no.



¿Hasta qué punto la música es un acto político?

Creo que todo en sí es un acto político. Por supuesto, el arte tiene que estar de la mano de eso, porque finalmente el arte es una expresión muy profunda de nuestros sentires, de nuestros pensamientos, de lo que anhelamos y de lo que vemos.


El arte puede estar en una obra majestuosa, que te conmueva, que te haga viajar, o también puede estar en un grafiti en la calle con una frase poderosa. Entonces, obviamente es muy importante y creo que es necesario que estos tiempos también se atraviesen desde el arte, porque también tiene ese poder de cuestionarte, conmoverte y de generar un gran documento histórico de lo que está pasando a través de la sensibilidad, a través de eso que a veces uno no entiende muy bien, pero que te puede hacer llorar, que te puede hacer desahogarte o que te puede abrir una ventana para un cambio importante de pensamiento y de accionar.



¿Qué piden los artistas en medio de las manifestaciones?


Más allá de pedir lo que va para nosotros, tenemos un gran compromiso y es acompañar todos los procesos que están pidiendo tantas comunidades que están siendo vulneradas en un país en el que se violan los derechos humanos por minuto, por día, por semana, de manera terrible. Los artistas tenemos un montón de problemas y de dificultades en estos momentos, pero por supuesto que entendemos que hay hermanas y hermanos que la están pasando mucho más difícil, que tienen la violencia a diario en sus territorios.


Hay que pensar en que no existe aquí en Colombia la salud, no existe la educación, que hay una generación que ya no ve oportunidades, no ve formas de andar, de estar bien, de tener una vida digna y que ya lo último que tiene es ir a protestar y manifestarse; que está en una actitud de lucha, de dar hasta la vida por esos cambios, así no les toquen.


Hablando ya de nuestra situación artística, es un país en el que todas estas economías que están vendiendo simplemente hacen que se piense la cultura desde la industrialización. Hoy hay muchos artistas en los pueblos, en las ciudades y en las comunidades que simplemente tienen un don, que no es necesario mercantilizar para que sea importante, todo lo contrario, ya su quehacer artístico es valiosísimo, es muy poderoso y hay que buscar cómo fortalecer esos procesos.


Entonces claro que tenemos muchos vacíos que tenemos que trabajar. Este es un país en el que no hemos tenido tiempo para el arte porque sólo hay armas y guerra, aunque, finalmente, el mismo arte sí ha tenido que encargarse un poco de narrar esa situación e incluso a veces también se ha callado muchísimo porque a mucha gente le incomoda que se hable de eso. Es difícil tratar de resumir todas las cosas que hay que buscar y que hay que cambiar, pero claro que hay que hacerlas y este despertar es apenas un arranque para comenzar a trabajar en pro de que las cosas puedan estar mucho mejor en un futuro.

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En 2020 sucedió el movimiento artístico y político “Un canto por Colombia”, ¿qué ha cambiado desde entonces?


Ese proceso fue muy importante y con el tema de la pandemia muchas personas pensamos que se enfrió y que se acabó, aun cuando venía de manera muy exponencial generando una unión y celebrando todos estos despertares. Pero lo que estamos viendo hoy demuestra que realmente lo que se hizo fue una pequeña pausa y ahora está expandiéndose. Yo veo, por ejemplo, que hay muchas más personas conectadas con esos sentires de la gente. Hay cosas por las por las cuales exigir, por las cuales luchar y creo que todo lo que lo que venía pasando en las marchas del anterior año y lo de Un Canto por Colombia apoya mucho eso.



¿Qué ha cambiado para Lucio como músico desde esa experiencia?


Todos esos procesos también calaron mucho en mi búsqueda personal, en mi oficio, en mis cuestionamientos, en cómo quiero yo pararme en una tarima, en qué quiero decir y en cómo quiero conectar. El estar siempre con un micrófono, con un altavoz o con una canción es una responsabilidad muy bonita y hay que estar muy atentos.  Todo eso me ha hecho estar mucho más consciente de buscar, de indagar, de cuestionar y de analizar.


Lo que verdaderamente yo creo y quiero del oficio artístico es que se preste para la comunidad, para tu barrio, para tu gente, para tu entorno, como un oficio en el que puedas retratar, en el que puedas hablar y en el que puedas cuestionar. Entonces, creo que este tipo de cosas te dan aliento, te dan fuerza y te motivan.


Está bueno cuestionarse y algo que es muy lindo de esto es que también puedas escuchar qué detonan tus ideas, a veces son una ventana que se abre y hay un montón de aristas y de variables ahí y es muy importante tener los oídos muy abiertos para escuchar. Creo que el arte permite mucho eso: permite generar semillas para escucharnos más, para que se expanda el diálogo y para que la inspiración circule; eso es muy importante, porque finalmente nos hacemos fuertes y nos debemos a una comunidad, a lo colectivo que nos arropa, que nos abriga.



¿Cuándo decidió que su arte debía adquirir ese sentido social?


Para mí fue supremamente revelador cuando hice un trabajo de investigación en la universidad y fui a entrevistar a maestros de Nariño de la tradición: músicos que tenían sus oficios en la semana, pero para quienes los domingos era sagrado el ritual del encuentro, del ensayo, del baile y de juntarse a compartir sus creaciones y repertorios.


Cuando yo puedo sentir que alguien me está hablando desde su alma y lo está expresando en arte, ahí es donde yo veo un gran artista y eso fue lo que me pasó a mí cuando entrevisté a los maestros que hacen música para su comunidad y que narran sus costumbres, sus paisajes, que les cantan a sus comidas, acompañan las luchas, los momentos laborales y que también acompañan las fiestas y las ceremonias importantes de sus familias.


Esa claridad me la dio el territorio cuando volví a buscar un poco y a encontrarme más con eso que de pronto ya tenía, pero no entendía muy bien.



Hablando del territorio, su música está muy influenciada por los sonidos y por la cultura del sur ¿qué cree que Colombia puede aprender de Nariño?


Muchísimas cosas. El carnaval, por ejemplo, es una gran escuela; el celebrar el encuentro dentro de un marco artístico, cultural, social; el celebrar el baile, el tomarse las calles para el abrazo o para una manifestación artística es una gran enseñanza que en otras regiones no entienden muy bien. Ahí hay un valle, hay una metáfora y ahí hay un símbolo muy poderoso que debemos entender y que podemos expandir.


Hay que seguir narrando y hay que seguir invitando también, porque finalmente ese territorio, el sur, también hace parte de esta locura llamada Colombia. Que el arte y que nuestras formas de manifestación también sean una invitación al viaje, a venir a conocernos más y todo lo que estamos viviendo.


La situación social está dada por eso, porque no nos conocemos y no hemos buscado en nuestro propio territorio. Por ejemplo, con la minga, hay un desconocimiento, un agente colonizador que nos enseñó que lo valioso era lo que estaba en Estados Unidos y en Europa y nunca vimos todo lo que nos puede enseñar una cultura ancestral de la que también venimos, que ha habitado, ha cuidado y ha sembrado en estos territorios por muchos más años.



¿Cómo seguir cantándole a la esperanza en medio de todas las tragedias que pasan en Colombia?


Yo siempre soy muy esperanzador, trato de sacar una enseñanza así sean cosas muy difíciles, pero me gusta también esa idea de poder retratar la crudeza, la frialdad y creo que está bien e incluso hasta pueden ser canciones que en el fondo pueden generar más impacto que las que te llenan de esperanza y que quizás solo están barriendo encima de algo superficialmente. Esas cuestiones me las he hecho mucho y me gusta la idea de presentar esas dos opciones, o sea, no sólo irse por un lado siempre esperanzador de alegría, sino que este lado crudo y frío de la realidad es bien importante que se cuente. Es un lado que incomoda mucho más, que mucha gente no quiere escuchar.


Es bien importante recibir ese regalo que te da la rabia, la mezquindad y las injusticias, porque hay ahí mucha inspiración; hay que recibir eso y detonarlo con una canción, con una obra, con un mensaje, con un texto, con acciones también, que te permitan retratar y conectarte.



¿Qué estrofa que haya escrito cree que representa más este momento que está viviendo Colombia?


El coro de Nunca Callar: “Fuerza para resistir, libertad para elegir, vida para despertar, para darlo todo y nunca callar”, esos cuatro versos hablan de las resistencias, de la fuerza que se necesita para seguir, para que estos procesos perduren, sean fuertes y generen cambios, generaciones mucho más empáticas y solidarias.


Está el despertar como un camino comunitario para no comernos el cuento que nos han vendido por tantos años, el de la guerra, por ejemplo, que para mucha gente está bien. Es un despertar que tenemos que hacer para que entendamos que el agua, la tierra, la educación, la salud y el bienestar tienen que ser parte de nuestro entorno. No es algo lejano, no es algo que uno ve como imposible, sino que es algo que tenemos que exigir y crear en comunidad, en solidaridad y también desde la diferencia, porque la diferencia nos hace más poderosos.