Memorias del horror

Germán Enciso Flórez y Joselin Cuartas Barrios, Comunicación Social y Periodismo

La exposición 'El Testigo', de Jesús Abad Colorado, es una muestra de más de 500 cuadros en la que se reúnen memorias del conflicto armado colombiano.

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De forma cruda y directa, Jesús Abad Colorado abofetea a su público como solo una madre es capaz de hacerlo, reprendiendo a un hijo que ha sido indiferente a un conflicto armado de más de medio siglo. Así, su exposición “El Testigo” es una recopilación exhaustiva de emociones y momentos que han sido arrebatados del cruel paso del tiempo, una muestra de más de 500 cuadros que se mezcla con la escultura y la poesía en un espectáculo dividido en cuatro estaciones, revelando, de forma no lineal, la historia de un duelo que sigue lamentando el desafecto entre hermanos.


Aunque al principio resulte perturbador encontrarse con imágenes vivas de cadáveres, mejillas inundadas y miradas vacías, las fotografías expuestas demandan que la sacra distancia entre obra y espectador se acorte, ocasionando que el sentimiento de tocar, para conectar en lo físico y sentir la realidad de lo expuesto, sea casi que incontenible. Una impotencia infinita por el estado limitado a lo contemplativo causa que se desborde un llanto mudo para no perturbar el silencio del recorrido.


Una exposición que para nada es una oda a la guerra, sino todo lo contrario. Esta es una exposición que devuelve el rostro a una lucha deshumanizada en las cifras; una exposición que exige encontrar las miradas perdidas de los retratados para intimar en el horror; una exposición que exige ser vista sin los brazos cruzados ni el ceño fruncido. Esta obra es un testimonio de que, en estas épocas tan convulsas y angustiosas, da esperanzas sobre el porvenir, pero sin dejar de gritar en sangre la ruina de una lucha plagada de sinrazón y con el rostro dibujado por el fusil más ruidoso.


El blanco y negro

La manera en que encuadra Jesús Abad resalta la dignidad de los afectados, pero es el blanco y negro lo que potencializa el reconocimiento de lo humano en sus fotos, pues debido a la ausencia de color -en la mayoría de su obra- la atención es centrada en las pieles ajadas, las manos venosas y cansadas, los cabellos desordenados y las texturas de los escombros dejados tras la guerra.


El uso del blanco y negro muestra un crudo respeto que exalta las formas del pesar y resiliencia en un aura de realismo mágico, maravillando con la muestra de banderas ondeando en medio de ríos explosivos, ataúdes cargados por incontables manos como si los muertos fuéramos todos e, incluso, con un ritual mortuorio de los indígenas nasa en medio de un trigal. La (re)construcción de las historias con este recurso estético logra colgar un eterno presente en las paredes del Claustro de San Agustín; se sienten los fantasmas emanando de cada pieza, reclamando reconocimiento después de tan sórdida y apática profanación de sus vidas.


Esta construcción es una opción consciente que, según Ramón Iriarte, fotógrafo documental, “homogeneiza a los cuerpos que hacen parte de un momento único con importancia social, enfoca los rostros y deja en segundo plano los fondos”. La empatía y recepción de una guerra lejana a la ciudad es el objetivo en este documento histórico que retrata de forma digna y sin morbo la naturalidad de figuras en conflicto con su entorno y su desconsuelo.


Recurso textual

Si bien es cierto que Jesús Colorado ha sido afectado por la guerra y, además, demuestra un compromiso profundo con su obra, la constante aparición de un “Yo” en su discurso (complemento textual de la exposición) deja un sinsabor por ser una interrupción un tanto egocéntrica e innecesaria. Virgina Wolf escribió alguna vez en su libro Tres Guineas que no se debe suponer un “nosotros” cuando el tema es la mirada al dolor de los demás.

No obstante, es cierto que hay quienes han atravesado por la desesperación y el pesimismo y suelen comprar un boleto de ida y rápido regreso al infierno de los tormentos por la noble causa de lograr una imagen más fiel de su dolor; sin embargo, esta exploración reflexiva, en el ejercicio de fotografiar, se da en terreno ajeno, en el cual, como Hitchcock lo proponía en su película La Ventana Indiscreta, el lente es un objeto transgresor de la intimidad que debe introducirse con humildad y respeto, lo mismo pasa con las palabras: si se ha de contar la historia de cómo todo un país ha llorado, asesinado, enterrado, finalizado y recordado en la violencia de su pasado, se ha de hacer con sumo respeto, humildad y veracidad.


Dos patrias

“Esta es una muestra inclemente y rigurosa de la realidad sobre la otra mitad de país que no conocemos”, manifiesta Luis Castillo, asistente a la exposición de Jesús Abad. Y es que, después de recorrer los pasillos del Claustro de San Agustín, solo queda la impresión de estar viviendo en dos patrias distintas. Una en la que las fiestas, los carnavales y la comida reflejan la alegría y riqueza cultural que parece identificarnos; mientras que, desde el otro lado, nos acecha el rastro de una historia que algunos han querido negar; la historia de un país que se ha desangrado, un país que también duele.


Esta exposición es, asimismo, un llamado a reconocer que todo este dolor y tragedia hacen parte de lo que somos. Porque Colombia no es un país que solamente se goza y se vive en felicidad, también es un país que respira a través de la herida.


Sobre aquella dualidad caótica, falta mucho que contar. Pero, por ahora, queda abierta la invitación a que busquemos esas verdades y esos secretos que oculta nuestra tierra; después de todo, somos nosotros quienes deberíamos rescatar la historia del país en que vivimos.


“Él retrató la realidad”, expresa la periodista Daniela Afanador, “nos hizo ver algo que necesitábamos ver sí o sí que, probablemente, en los medios de comunicación no se veía siempre”. Daniela no se equivoca al hacer esta afirmación; las respuestas a tantas interrogantes sobre el conflicto solemos buscarlas en los medios y ni siquiera estos han sido capaces de mostrarnos la verdad sobre lo que ha ocurrido durante décadas en nuestro país.


Obras como la de Jesús Abad Colorado son solo una parte de lo que se puede descubrir si escudriñamos nuestro pasado y, a su vez, una forma de rendirle honor a las víctimas, como el constante recuerdo de las ruinas dejadas tras el Muro de Berlín que no permiten olvidar las desgracias de la guerra.


El Claustro de San Agustín se convirtió en el lugar de convergencia para dos mitades de país. Basta con ver los comentarios que consignaron los espectadores en un libro abierto que se dispuso en la exposición. Allí se rompió el silencio que reinaba y, en letras, quedaron plasmadas la indignación, la empatía, la impotencia y la compasión de quienes dejaron caer la venda de sus ojos ante la obra de Jesús Abad.

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